La transición chilena explicada por Zalo Reyes
Nuestro Zalo se comió una cebolla «diciéndonos» que era una manzana, dejando distintas sensaciones en el imaginario popular. Y aunque después vinieron las excusas, el montaje clasista dio lugar a varias polémicas sobre un Chile tramposo y embustero, emplazado por la revuelta del 2019.
Hay una inolvidable escena en el control mediático que implementaron los gobiernos de la transición chilena. Corría el año 1995, y el neoliberalismo aún no terminaba de instalarse bajo las licitaciones de Ricardo Lagos. En ese periodo fuimos testigos de un chascarro inimaginable que sucedió en el programa «Había una vez» de Canal 7 («el autoproclamado canal público»), que puso a prueba la capacidad hipnótica de aquellos formatos elitarios que domesticaban el chile dócil.
El hipnotizador, en este caso Tony Kamo, fue capaz de conducir hacia su voluntad al hipnotizado: Zalo de conchalí fue el emblema del rebaño popular. La droga del momento era la hipnosis elitaria para administrar los pactos de consumo y la disciplina laboral. Fue así como una noche vulgar Zalo Reyes, el popular gorrión de Conchalí, en pleno «horario prime», se comió la cebolla de Tony Kamo haciéndonos creer que era una manzana. Aquí se ponían en juego los simulacros tan frecuentados por la elite Concertacionista y sus «gerentes salvajes».
Y sí, nuestro Zalo se comió una cebolla «diciéndonos» que era una manzana, dejando distintas sensaciones en el imaginario popular. Y aunque después vinieron las excusas, el montaje clasista dio lugar a varias polémicas sobre un Chile tramposo y embustero, emplazado por la revuelta del 2019. Pero sin duda la anécdota va más allá de un mero montaje televisivo y ubica a los estelares de la época como “vanguardias comunicacionales” -que por estos días han insistido con nuevos formatos, desde el meloso Julito Cesar hasta el cinismo de Sergio Lagos.
Lo que ocurrió aquella noche nos permite leer el síntoma de nuestra transición pactada: la eficiencia del simulacro elitario inoculando los sueños del mundo popular. Luego de 30 años cabría poner en relación el «oasis chileno» -aunque también nos hablaron de milagro, de ingleses y Jaguares de América Latina- con una cebolla en una escena cuya perversión fue muy decisiva.
«Todos fuimos Zalo Reyes, con derecho a créditos, aeropuertos, camionetas patonas, pero de infinita sumisión». ¡Todos fuimos felices y sodomizados ¡Tony Kamo fue sin duda la anécdota de las impunidades transicionales que modulaban la vida cotidiana de una ciudadanía fragmentada y configurada desde el espectáculo!.
Pero está anécdota tan penosa, tan morbosamente elitaria, fue parte de los recursos comunicacionales de la posdictadura. El control del orden visual y los mitos mediáticos jugaron un rol determinante. Y así, la cebolla de la olla flaca y la manzana pecaminosa fue el deleite de los grupos oligárquicos. Tal ritual, al igual que muchos otros, deben ser inscritos en un tiempo que aún se resiste a marchar, a juzgar por los reportajes interesados de «los periodistas de Vitacura» (Maca Pizarro, Rincón, Matamala como un Bernardo de la Maza post-perestoika) sobre la revuelta plebeya (18/0)-.
En aquel tiempo los estelares se convirtieron en una vigilancia de la vida cotidiana que hizo del estelar un «lugar turístico» -para evitar la disidencia política- abriendo el orden visual hacia un campo de acuerdos, consagrando una modernización complaciente, viscosa y adultera. El matinal apostó por la configuración de grupos medios glotones en consumo, carnavalescos en tarjetas de crédito, insípidos en los traumas de la memoria, cancelando las posibilidades del movimiento popular. Qué duda cabe.
La performance del espectáculo transicional no fue más que un mecanismo orientado a la producción de la «trampa visual» donde el chascarro en «horario premium» era un recurso primordial en el imaginario de los grupos medios. Ya lo sabemos, la transición ludópata nos habló siempre de manzanas, pero solo hubo cebollas ante los gritos de la plebe.
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