Opinión

La ruina es la democracia

La ruina no ocurre como un accidente

a un monumento ayer intacto.

En el comienzo está la ruina.

(J. Derrida. Memorias de ciego, 1990)

En el ideario griego la idea de espacio era entendida no solo como el anillo sagrado donde el arte, la belleza y la política quedarían estampadas y dispuestas a la eternidad, sino que igualmente eran el perímetro absoluto donde la guerra y sus efectos quedarían archivados. Se trataba de activar un mecanismo de memoria respecto de lo que queda para ser apreciado por un porvenir indeterminado. O de una suerte de “almacenamiento de zonas” que deberían quedar ahí, quietas; rocas ígneas que le revelaran a una posteridad posible la intuición de su antigua grandiosidad.

Dicho de otra forma, los griegos buscaban expandir una suerte de performance atemporal que vendría, en cualquier momento, a inseminarse en las memorias colectivas como el recuerdo de “lo que tuvo lugar”. Por eso la idea de “ruina” no era, en ningún caso, el estereotipo folclórico de una decadencia, sino la constatación extensiva de que algo pasó; de que el instante de la destrucción fue y que, entonces, eso que llamaban inmortalidad, también se expresaba en las ciudades arrasadas, en los asesinatos masivos, en la profanación de los lugares sagrados.

Esto es lo expresa, por ejemplo, el “Juramento de Platea”, que se redacta tras la segunda batalla persa en el 479 a.C. Según el relato de Plutarco, en esta batalla Atenas quedó “arruinada” por el ejército de Jerjes I, y fue entonces cuando los griegos tomaron la decisión de no reedificar ni la Acrópolis ni ningún templo destruido con el fin de que todo el mundo vivo, el que vendría después de éste y así, tuviera la posibilidad de escrutar “la crueldad persa hacia el pueblo griego”. En el juramento, el legislador espartano Licurgo deja por escrito que: “[…] Y de los templos destruidos por los bárbaros no reconstruiré ni uno solo, sino que los dejaré para la posteridad como recuerdo de la impiedad de los bárbaros”.

Ahora ¿en nombre y en defensa de qué se hizo este juramento? Pues de la democracia (estaba en su siglo de oro); democracia que más allá de su “máscara apolínea”, al decir de Nietzsche en El origen de la tragedia, debía disponerse, en algún momento de su propio devenir, como una potencia indescartable y serial de ruinas. En otras palabras, la democracia, para conservarse requiere ser testimonio en tanto “resto” o suplemento originario. Sería como plantear que siempre, desde el principio de los principios, la democracia está no expuesta, sino que destinada a ser un relato absolutamente distinto de sí misma.

Y esta sería la idea lo “ruinoso”: no la decadencia, no la fealdad, no la proliferación de lo amorfo o la culminación de una degradación, sino que la metamorfosis inevitable de la representación de una virtud en la consagración de una huella; la ruina como inscripción de una totalidad desastrada que habla a través de su aparente decadentismo pero que, sin embargo, es lo que le es propio, es decir: ser ruina que desde el comienzo –y como todo en la historia humana– tiende no a la destrucción, sino a la desmantelación de su forma arquetípica o a su gramática filosófica. No todo tiende naturalmente al caos como en la física cuántica o en la termodinámica.

¿Cómo pensar todo esto en el mundo contemporáneo? ¿De qué manera abrirse a la idea de que la democracia nunca tuvo un proyecto salvo ser su propia ruina en el corazón, tal vez, de su momento de mayor esplendor? ¿Es la democracia en ruinas su fin o una cesura que le es constitutiva? ¿Representan Trump, Netanyahu, Putin –y el etcétera de peones que los secundan– la ruina de la democracia?

No, el ascenso de lo que es posible llamar neoimperialismos no actúan, hablan o serpentean en torno a la ruina de la democracia porque, como ya se ha dicho, la ruina es un vector de la democracia en cuanto tal; hay democracia en las huellas de la democracia porque estas dan fe, como en el Juramento de Platea, de que alguna vez ésta existió y que persiste, aunque reproduzca sin cesar fallas sistémicas y se organice en torno a un mercado que la gestiona. Mas los fascismos del siglo XXI no persiguen dar testimonio de la ruina, sino que, de plano, pretenden extinguirlo todo, hacer desaparecer cualquier asomo de democracia en nombre de la democracia misma.

Y esta sería la aporía democrática (o el fundamento no-democrático de la democracia): Nada puede ser más antidemocrático que las prédicas contemporáneas que disparan en su nombre, alzando coros de libertad mientras perpetran masacres, celebrando carnavales de muerte y bailando danzas tanáticas con la música de un Apocalypse now como fondo.

Si con algo acaba el genocidio contra el pueblo palestino, por dar un “ejemplo” –un terrible y espantoso ejemplo– es con la idea de autodeterminación y recuperación de su propia identidad asociada, como todo pueblo, a su tierra que, sabemos, le ha sido usurpada. En principio por “demócratas” gerenciales (tratado de Yalta) y después por la mano derechamente criminal del sionismo que, al día de hoy, ronronea bajo el brazo protector de Estados Unidos.

No, el neoimperialismo no deja la democracia en ruinas. La ruina es la democracia; siempre fue su destino y hay porvenir en ese resto energético que abre hacia una espera en la esperanza. Los criminales electos, en la actualidad, quieren borrar todo rastro (como lo quisieron hacer los nazis con los campos de concentración que no alcanzaron a destruir por completo dejando el testimonio del horror, de las “inmundas orgías del odio”, como escribía el poeta Paul Claudel a propósito de Auschwitz), no dejar atisbo de que el mundo fue, alguna vez y aunque imperfecto, una democracia en ruinas.

La democracia nunca será plena, pero la ruina no es su amenaza mortal sino su elemento. Lo que está en riesgo cierto es su desaparición total y una nueva forma de orden global monitoreado por distintos ultrones tiránicos que no sabrán de huellas, ni de restos, ni de marcas de lo que fue la democracia porque en ellos solo hay pulso bombástico y flujo de Napalm.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.

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