domingo, julio 21, 2024

La re-pactación: Piñera y el fuego neoliberal

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“A veces hay que ser en cierta forma anacrónico para pensar lo contemporáneo” (J. Derrida).

En Chile el neoliberalismo, se dice, fue instalado “a sangre y fuego”. Hoy, casi 50 años después, el fuego vuelve ser testigo y agente: el notario flambeante de un repacto.

El fuego ritualiza, desde siempre; le adhiere algo esotérico a un nacimiento, a una fundación, a una génesis. En torno a él se aglutina la alquimia necesaria para que una simbología se transforme en precepto y devenga régimen y alabanza. Igualmente, el fuego espiritualiza, “compone” un alma y repleta de sentido lo que sea que se pretenda (o no) encender, y es en su núcleo sensacional que una historia comienza a insinuarse.

Y esto, parafraseando a Cortázar, porque todos los fuegos el fuego. Es decir, no importa qué intensidad, qué densidad, cuál sea su matiz o decoloración, si es el fuego de un pequeño brasero o el de un incendio trágico e implacable, da lo mismo, todos los fuegos van en búsqueda de un solo fuego; uno que aniquile o que reviva. Es vida y muerte, aleph o fin de saga; trayecto por el que se desplazan todas las metáforas que, justo, incendian al universo, al mundo, a un país, a “Villa Independencia”. Todos los fuegos el fuego porque ya sea que pensemos en una pasión, un brote ideológico o un legado, el fuego estuvo ahí, jamás se extinguió, nunca desapareció y no ha sido sino el eterno pulso de toda creación y toda destrucción. Por eso todos los fuegos el fuego, por eso todos los fuegos al mismo fuego.

La inquisición, por dar solo un ejemplo, es un asesinato, evidente, pero también es la búsqueda delirante de una purificación; un fin de mundo y el nacimiento a otro: la termodinámica teológico-política de un sistema matemáticamente ecualizado a partir del fuego sagrado y jubiloso que en su quema-todo guarda algo, O al decir de Blanchot, el fuego guardaría […] el secreto del antiguo miedo ¿Qué secreto? ¿cuál antiguo miedo?

El secreto de la con-signación, de la reunión de signos como señala Derrida en La arqueología de lo frívolo; un reunir, escoger o filtrar arbitrariamente los elementos necesarios para que lo que sea que emerja obtenga su rótulo espiritual y alcance entonces relevancia cultural, impacto político, vertebración sociológica. Y el antiguo miedo, tan preciso, tan esquemático y revelador de que sin fuego, sin el pacto flameante no hay norma posible, ni códigos, ni prescripciones subjetivamente compartidas ni desate de las hegemonías; el antiguo miedo que inmemorialmente da cuerda al espiral de la estructura y soporta al sistema.

Ahora citemos a Freud en ese magnífico breve texto de 1932 que titula “Sobre la conquista del fuego” y en el que escribe: […] la obtención del fuego tuvo por condición previa una renuncia instintual, y esto […] expresa sin ambages el rencor que la humanidad instintiva hubo de sentir contra el héroe […] –se refiere a Prometeo, particularmente, quien roba el fuego a los dioses–.

El fuego indicaría en la lectura freudiana un abdicar de las pulsiones, domesticar el desborde del yo y disponerse al monitoreo de la cultura y la gestión normativa. En este sentido, el fuego es la gramática de una contingencia y de una adecuación. Por más salvaje que sea su desmadre y caótica que pueda parecer su genealogía, gobierna y propone la escena que, en adelante y con-signando, será la regla y el conjunto mitológico compartido en torno al cual se reunirán los miembros de una comunidad.

Queremos decir, al final, que los incendios que han arrasado a Chile (de un modo descomunalmente trágico, perturbador y morboso) y la simultánea muerte de Sebastián Piñera, debería decirnos algo. Si el fuego es el complot espiritual que transforma en sagrado cualquier acontecimiento, pues la muerte de Piñera tuvo su propio fuego y purifica un legado.

Entramos aquí a la zona del sacrificio, también tan asociado al fuego, en el que la martirización opera como dispositivo articulador del relato de una dominación y una subordinación sistémica.

Piñera es un mártir neoliberal cuya repentina muerte sintetiza una mezcla de elementos: agua, fuego, aire. Las consecuencias las resentiremos; consecuencias que, apoyadas en una sensualista exageración mediática, hacen del ex – presidente un cuerpo ad-hoc para la canonización del patrono-patrón y custodio del libre mercado que obtuvo su pasaje a la inmortalidad mientras Chile se despellejaba al ritmo de un crepitar incesante e infernal.

A veces la historia en su aleatorio devenir construye guiones perfectos, y en este caso nuestro Prometeo neoliberal –que le robó hasta el fuego a los dioses– fue capaz de abrirse paso a una posteridad con el azar a su favor, como siempre en su vida, en la política y en la empresa.

Todo en el corazón de un país ardiente y pirómano; país intoxicado de lava, magma y mercado que vio en Piñera el sacrificio de un mártir y la reactivación de una promesa firmada, hace 50 años, en la obsolescencia de todas nuestras esperanzas.

Javier Agüero Águila
Javier Agüero Águila
Doctor en Filosofía. Académico Universidad Católica del Maule.

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