La ordinariez de apellidarse Ruiz Tagle
La ordinariez de apellidarse Ruiz Tagle
Hasta hace poco pensaba que lo más desagradable del verano eran las altas temperaturas y sus efectos en el comportamiento de la población chilena. En un país tan reprimido como este, el calor desata los deseos más perversos de la gallada, que con lo que puede se las ingenia para sobrellevar la canícula. La gente se pone más bulliciosa, ladina, alcohólica y cochina que de costumbre. ¡Que barbaridad más grande disfrutar del paisaje lacustre a orillas del Llanquihue y ser interrumpida en mi contemplación, por un zorrón atravesando las aguas como desaforado arriba de una lancha escuchando Alberto Plaza a todo volumen!
Eso creía hasta la noche del jueves. Sin embargo, la rutina de Arturo Ruiz Tagle, humorista de pacotilla y actorcito de cuarta, a quien agradezco no tener el disgusto de conocer personalmente, dejó la vara alta en lo que respecta al pésimo gusto. ¿Es que acaso en las organizaciones de los festivales no saben que sujetos como ese son capaces de provocar cualquier cosa, menos risa? ¡Habiendo tanto talento repartido por los recovecos de esta larga y angosta faja de tierra, contratan a esa clase de badulaques! Igual que el avinagrado y latero de Ernesto Belloni en Parral, pensé, después de haber visto el lamentable espectáculo que ofreció Ruiz Tagle en la Costanera de Puerto Montt a la altura del Club de yates cómo número humorístico del Festival Capital 2026.
Sintonizamos el canal TVR por recomendación de la mucama del hotel en el que me estaba alojando con mi marido. La señora de origen mapuche, que por cierto, prepara un enguindado delicioso –más rico y barato que el de la Tere Undurraga–, me vio aburrida como ostra sin más panorama que quejarme en voz alta de lo descuidada que esta esa ciudad desde que asumió el actual alcalde: un tipo que además de arribista y con aspecto de gerente recauchado, tuvo el descaro de viajar a Israel en julio de 2025 para asistir de medio pollo a una Conferencia Internacional, que nada tiene que ver con sus obligaciones en la Municipalidad donde debería haberse encontrado trabajando, en lugar de prestarse como monigote con fines proselitistas a favor del lavado de imagen a los genocidas, que más encima suelen visitar el sur de Chile disfrazados de turistas a dejar la escoba con sus malas costumbres en Parques Nacionales.
Abrumados de despotricar contra esos pelafustanes que producen incendios y maltratan al personal de servicio creyéndose superiores al resto de los mortales, encendimos el televisor y quedé descolocada por la obscenidad. En la pantalla figuraba el humorista con el pelo largo y seboso, con patillas gruesas, vistiendo una guirnalda plástica que imitaba vegetación silvestre a modo de falda sobre sus piernas desnudas con las nalgas peludas, en el torso un corpóreo que simulaba musculatura tonificada para esconder su prominente barriga y como cintillo un trozo de las mismas plantas de mentira que bien podría haber pedido prestada en una fuente de soda con inspiración polinésica. Probablemente, quiso disfrazarse de Adán. Pero en lugar del mito bíblico relativo al primer varón de la historia de la humanidad, lo que parecía Arturo Ruiz Tagle era un cavernícola.
Es inentendible el esfuerzo que invirtió en ese vestuario para terminar disfrazado de cromañón, ¡si al natural vaya que lo es! Antes de que comenzara a contar chistes, ya daba lástima; se veía decadente, feo, patético, y especulo, con un insoportable olor a testículos trasnochados que el pobre público tuvo que tolerar. Harto dejadito de la mano de Dios, comenzó su show, creyéndose Adán, pero dando más asco que baño químico de fonda en fiestas patrias. La gente no se merece que le hagan tanto daño en sus vacaciones.
Ir por lana y salir trasquilado
No me queda claro si lo que quiso hacer fue dar jugo a propósito para generar polémica barata, insultar al público gratuitamente o hacer propaganda política en una época donde es innecesario, porque a todas luces, no era su intención hacer reír; y si es que lo fue, su rutina fue cualquier cosa menos humorística. Ni siquiera logró enganchar con la gente cuando recurrió a la voz de “Arturito”, su personaje que gozó de éxito a principios de los 2000; allí si entraba en gracia esa extraña mezcolanza entre el sonido infantil, los chistes subidos de tono y los garabatos recatados para despertar la risa fácil en medio de una TV excesivamente solemne. Con justa razón lo abuchearon de principio a fin. Lo más curioso, es que en lugar de reaccionar haciendo un giro en su rutina para satisfacer a la gente desde la empatía, como haría un buen humorista, Ruiz Tagle se dedicó a instigar a la audiencia pidiendo de frentón que lo siguieran pifiando. Lo encuentro horripilante, sadomasoquista y bochornoso.
Hacer el gesto técnico de menearse los genitales con insidia hacia los espectadores –conocido popularmente como “hacer el Pato Yañez”, que atroz– y tratarlos de comunistas como si eso fuera un insulto, no es chistoso; es aberrante y da cuenta de un narcisismo completamente desbordado: no le cabe en la cabeza que la gente lo encuentre fome y tiene que inventar que si no se ríen, es porque son comunistas y no su show insoportablemente aburrido. Los únicos que reían y aplaudían, sin muchas ganas, eran los que estaban parados más cerca del escenario como “palos blancos” invitados por el alcalde. ¡Que gallo más indecente, por Dios!
Podría haberse retirado, con dignidad y estoicismo, pero no. Que hombre más maleducado y despreciable. Un fantoche cualquiera. Aprovechó la ocasión para hacerse la víctima, como ese diputado del Partido Republicano que parece artesanía de pomaire por no aplicarse bloqueador solar como corresponde a estas alturas del cambio climático:
“Yo he recibido hasta amenazas de muerte, fíjate… amenazas de muerte por mis chistes. Estos mismos que me trataban antes de homofóbico, transofóbico(sic)… ¿Cómo voy a ser homofóbico yo si soy actor de teatro? Si fuera homofóbico me quedaría sin amigos”.
Lo que sin duda queda claro es que Ruiz Tagle trató de “hacerse el choro” con el público puertomontino, pero evidentemente le salió el tiro por la culata: se lo comieron con limón. Era tal su nerviosismo ante la pifiadera que poco de lo que decía se le entendió, salvo su afán inexplicable por disgustar a la gran mayoría de los asistentes con comentarios fuera de lugar, sacados de charlas motivacionales para azuzar votantes oligofrénicos de extrema derecha, que ni siquiera asistieron al festival.
Así es su hipocresía congénita. Afirman que les fastidia que el humor agarre ribetes políticos cuando las críticas son a su sector, pero cuando ejercen el poder hacen que los humoristas se transformen en activistas de la decadencia y la mentira. Me recuerdan a un fragmento de 2666, última novela de Roberto Bolaño impregnada de agotamiento, cadáveres e intrigas. Uno de los personajes, el profesor chileno Óscar Amalfitano, reflexiona sobre un curioso fenómeno de su patria: dice que en Chile los escritores parecen políticos y los políticos parecen escritores. Yo agregaría que ahora los políticos quieren ser aplaudidos como humoristas y los humoristas desean ser odiados como los políticos.
Nadie entendió nada. Ahora estoy convencida que lo peor del verano no es este calor infernal, es la resurrección de estos esbirros decadentes que deberían ir a parar embalsamados a la colección de un museo antropológico en lugar de torturar a la gente con esos chistes aburridos y actitudes vulgares. Si quieren invitar humoristas con apellido de abolengo, por último podrían invitar a esa chica tan dije, Paloma Larraín, que tiene ese personaje bien cómico, La Sole, “tu coach motivacional de las buenas costumbres y la patria”, con ese monólogo tan divertido que me identifica tanto; “El peso de la alcurnia” se titula. Ha sido todo un éxito de taquilla, para desternillarse de la risa. No como ese tal Ruiz Tagle. Lo lamento por mis amigas con ese apellido, deben estar de muerte. Si fuera ellas, les juro que el lunes a primera hora voy al registro civil a cambiármelo. Que vergüenza más grande compartir familia con ese troglodita.
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