La importancia histórica de Boric
Gabriel Boric es parte de esa tradición y camina entre la continuidad y el cambio. Si bien adhiere a las políticas identitarias y a muchas de las mañas retóricas de su generación, también convive con un camino más largo y, por lo mismo, ha sido el único que ha podido realmente unir al progresismo. Lo que tiene que hacer ahora es lograr que esa unión resista los embates de la historia en tiempo real.
Foto: Agencia Uno
Gabriel Boric, el presidente más joven de la historia de Chile, tiene muchas misiones por delante luego de que reciba la banda presidencial de parte de Sebastián Piñera. No son momentos fáciles, ni mucho menos simples, aunque, siendo sinceros y saliendo de los clichés periodísticos, nunca lo han sido. El trayecto vital de un país tiene siempre sus complejidades, sus grietas, en diversos niveles e intensidades.
Pero, convengamos, este es particularmente complejo: no hay un terreno claro sobre el que gobernar y las certezas institucionales del pasado son vestigios o reflujos que se han convertido en obstáculos en vez de plataformas para lograr avances y nuevas certezas.
¿Por qué sucede eso? No sólo porque las instituciones están desprestigiadas, como les gusta repetir a quienes están sumergidos en el periodismo informativo, sino porque el entramado político que las sostenía ya no existe; el relato no le hace sentido a nadie. Ya que cualquier forma de organización política no funciona sin ese relato.
Por lo tanto, hoy la misión es construir uno nuevo. Y esto no se hace sólo con una nueva Constitución; también se edifica con un gobierno que sea capaz de delinear un terreno en el que se encauce la coyuntura nacional. Más cuando estamos en medio de una nueva transición.
Pero eso no es todo. Boric, como líder de una coalición que nace a la vida política hace bastante poco, debe también lograr que ésta sea garante de gobernabilidad y hacer lo posible para que las contradicciones, las peleas y polémicas puedan solucionarse o conducirse inteligentemente, sin que signifique un quiebre importante.
Pero no es sólo una misión de quien dirigirá los destinos del país los próximos cuatro años, pues también lo es de quienes forman parte de su sector. Si bien las opiniones críticas nunca deben ser acalladas, quienes tienen interés en que un proyecto de tales dimensiones funcione deben dejar de lado el infantilismo retórico y las ganas de ser aplaudido en las redes sociales.
Jadue y lo que podríamos llamar el “jaduismo” deben entender la seriedad que significa gobernar. Por más que el alcalde de Recoleta quiera creer que la política, siempre, en toda instancia, consiste en decir lo que uno piensa, lo cierto es que no. Ejercerla requiere más sofisticación. Ir siempre con la verdad por delante, pero no por eso decir la primera cosa que se le viene a la cabeza.
Lo que viene es más importante incluso de lo que muchos creen. Es el momento preciso para llevar a cabo un proceso de continuidad y cambio. ¿Por qué continuidad? Porque las fuerzas que llegarán a La Moneda este viernes tienen una larga historia de encuentros y desencuentros; una tradición política que, aunque a veces se vea desfigurada por las nuevas formas y lenguajes que ha tomado cierto progresismo, está ahí.
Gabriel Boric es parte de esa tradición y camina entre la continuidad y el cambio. Si bien adhiere a las políticas identitarias y a muchas de las mañas retóricas de su generación, también convive con un camino más largo y, por lo mismo, ha sido el único que ha podido realmente unir al progresismo. Lo que tiene que hacer ahora es lograr que esa unión resista los embates de la historia en tiempo real.
Es una tarea de todos los actores involucrados que el nuevo presidente pueda resolver ciertas problemáticas que aquejan a Chile por la intensidad en que el liberalismo tardío penetró en nuestra sociedad. Hoy estamos entre una disyuntiva bastante fundamental y hasta moral: seguir llorando las derrotas o triunfar inteligentemente.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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