La historia y los monstruos
En El libro de los pasajes (1983), Walter Benjamin escribía que “Nada que haya acontecido alguna vez ha de darse por perdido para la historia”. Esto es, pensamos, que la historia no está a salvo de sí misma y que todo puede devenir repetición. Ni lo glorioso o lo infausto, ni la promesa o la traición, ni la comedida o la tragedia pueden estar absueltas de volver a ser, de igual modo, en otro tiempo, resguardándose en alguna contingencia.
La frase es intensa y, sin duda, para alguien que había padecido los horrores del nazismo, nunca estuvo vacía de sentido hacia el porvenir y de implicarse, a la vez, como advertencia para las generaciones futuras que jamás deberían sentirse a salvo de nada, porque lo que ocurre ya ocurrió.
La historia no se fagocita a sí misma, no se hace desaparecer sino que vuelve, una y otra vez, con otros nombres y otros rostros distribuyendo significados en distintas épocas y reproduciéndose con la potencia del instante en el que alcanza su realización –siempre– política; entonces discursiva, simbólica y poseedora de un lenguaje que le viene de su momento situacional, pero, se insiste, nada puede darse por perdido como lo sostiene Benjamin y los horrores, los monstruos, también, están encapsulados en este fractal del tiempo. La historia, aunque muta, se repite en clave presente, de un inmensurable e incodificable “ahora”.
Este ha sido, también, el pulso de la democracia, el arkhé de su propia intensidad, lo ígneo en su estructura de régimen o, bien, como lo político mismo. Por más que el demos aparezca como su trama principal, como el acento de una declaración, el largo relato de la democracia ha sido, justo, su diégesis, es decir, su total contradictorio, que en tramos definitivos de su propia constitución ha permitido la aniquilación de todo aquello que habría sido su plan original vertebrado en la idea de representación. La democracia destruye al demos y así se injuria a sí misma, se auto-tacha no obstante reproduce, sin vacilaciones ni espaciamientos, sus fundamentos.
No se vive gracias a la democracia sino a pesar de ella y esto, al fin, es la democracia. Y en este exceso de cacofonía, de necesario “conceptismo”, es que se habilitan preguntas, serias y terribles preguntas que nos indican que hoy, en Chile, la historia no está absuelta, en su presente, de su pasado y lo que deambula en el aparataje de sus métodos (de igual forma libre) son los monstruos que verbalizan su odio refugiándose en todo el tinglado de procedimientos que la democracia les permite y autoriza.
Quizás Jacques Rancière sea el más preciso para referirse a esta cuestión cuando señala que el sistema de representación “[…] se sostiene y encuentra un modo de reconciliarse con las anomalías y los monstruos que secreta» (En quel temps vivons-nous ?, 2017).
Entonces la democracia no es el formato político que acaba con los monstruos que la amenazan, sino que es ella la partera de lo monstruoso. En otras palabras, la democracia misma no llega a la historia para terminar con el horror, sino que es la fuerza que los incuba y los libera.
Y vemos monstruos y monstruos. Más monstruos paridos por la democracia que son capaces de traer de vuelta un pasado densamente cargado de terror. Y se canta la estrofa ominosa del himno nacional “Nuestros hombres valientes soldados […]” (ayer en el cierre de campaña de Kayser). Y con ellos toda una masa, hombres y mujeres que se han resuelto a sacar las cenizas de Pinochet del columbario donde dormían pero siempre al acecho, nunca en la nada; cenizas que esperaban por espiritualizarse en un fantasma político y que hoy habla a través de sus ventrílocuos/as; masa que se extasía en el jubileo orgiástico del delirio transitivo porque su General, su mártir oncólogo del marxismo nunca se asiló sino que habitaba ahí, en el silencio de sus deudos, en la continencia de quienes lo seguían amando sobre todo. Entendiendo lo abominable como la justicia de época que le llevaba, por cierto, y porque “estábamos en guerra”, todo el horror que puede tensarse y salir de la boca y manos de un hombre.
Espectro venerado, inveterado, sin tiempo; nuestro valiente soldado-Dios que hoy encuentra nuevos mesías capaces de bombear al mundo ese amor que por décadas fue acallado a causa de esa tropa de “parásitos” zurdos que les habían arrebatado la verdadera la novela de Chile.
Y Krassnoff, ese lugarteniente del sadismo que pateaba mujeres embarazadas en el suelo, vuelve a soñar con su libertad.
Y no hay nada más que esperar, por ahora, que los monstruos –que siempre han estado entre nosotros– clamen victoriosos el regreso de su santo fantasma asesino; que coreen su nombre envuelto en una suerte de misticismo colectivo… y las persecuciones: un otro “Nocturno de Chile” (R. Bolaño).
Todo mientras las señoras de bien van a la peluquería diariamente acicalando su razón cínica y despreciando, con una risotada fuera del mundo, la dignidad de los pobres, “la noche de los proletarios”: esa ciénaga plebeya a la que se le acabó la fiesta que nunca tuvo, pero en la que, ingenua, creyó y creyó, una y otra vez, ya sea con “el retorno de la alegría”, con “los tiempos mejores” o con la “refundación” colegida de una Revuelta innombrable.
No despertamos, solo abrimos los ojos por un breve instante. Ahora, lo que toca, es habitar en la furia del autoritarismo, persistir frente a las purgas y resistir imaginando. La suerte no fue echada, sino construida.
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