Opinión

La encíclica de Lagos y la feligresía laguista

Eso es Ricardo Lagos. Es un personaje sin duda importante, pero un sujeto con contradicciones, con impulsos, con reflexiones contundentes y también con deseos de seguir hasta el paroxismo tratando de demostrar que se parece a esa construcción que ciertos medios de derecha y los hijos tontos del concertacionismo (me refiero a esos que creen que hoy hay que actuar con el miedo de los 90) hicieron de él.

Después de conocida la encíclica papal del expresidente Ricardo Lagos, sus feligreses, aquellos que ven en él la encarnación de la sensatez concertacionista, lo aplaudieron, lo felicitaron, se emocionaron y hasta dijeron que no había nada más grande que él.

Para su feligresía- una antigua y otra más bien nueva- Lagos está por sobre el bien y el mal y su carta pretendió demostrarlo al darle viabilidad política a una Constitución como la del 80 que, independientemente del estéril debate sobre su legitimidad o ilegitimidad, está en descomposición y merece ser reemplazada para abrir una válvula de escape hacia otro estado político.

Según el otrora mandatario, a lo mejor se podría recurrir a cambiarle cosas esenciales al texto que nos ha regido por décadas; sin embargo, saliendo del tono de Gran Otro, don Ricardo se daría cuenta, como lo hizo al reformar el texto y democratizarlo en el 2005, que cosas tan esenciales como la sustitución del Estado subsidiario por el Estado social de derechos no se puede debido a que lo primero constituye la institucionalidad nacional, al punto de no salir explícitamente. No tengo la menor duda de que, en el fondo, eso él lo sabe, pero las ganas de querer estar por sobre todo y todos juega una mala pasada.

Quienes miramos al personaje con respeto crítico y evitando caer en las caricaturas sobre su figura del lado que sea, deberíamos tener clarísimo que nunca fue el izquierdista recalcitrante que en la derecha y en cierto concertacionismo autoflagelante creyeron que era debido a que sus lazos con el Partido Socialista se estrecharon a fines de los 70, cuando la colectividad estaba en plena reformulación ideológica en la clandestinidad tras el golpe. Pero tampoco debemos creer en esa especie de estructura pesada y simbólica que los nuevos adherentes del creador del PPD quieren hacer de él.

Aunque a algunos esto les puede causar un dolor inmenso, Lagos es mucho más errático de lo que se piensa, y eso no es necesariamente malo. Sus pataletas, después del primer gobierno de Bachelet cuando vio que la Concertación no se cuadraría tras él para una candidatura (principalmente por el proceso de descomposición en el que se encontraba el conglomerado), hicieron que el abanderado que enfrentara a Sebastián Piñera fuera un Eduardo Frei debilitado y sin ninguna pasión de ningún tipo tras él y su opción. Para qué hablar de cuando se presentó en 2017 en un ambiente totalmente distinto, tratando de no ser quien era para reunir tras de sí a un electorado de centroizquierda más disperso de lo que alguna vez enfrentó.

Eso es Ricardo Lagos. Es un personaje sin duda importante, pero un sujeto con contradicciones, con impulsos, con reflexiones contundentes y también con deseos de seguir hasta el paroxismo tratando de demostrar que se parece a esa construcción que ciertos medios de derecha y los hijos tontos del concertacionismo (me refiero a esos que creen que hoy hay que actuar con el miedo de los 90) hicieron de él.

Como dijimos al comienzo, su carta parece más bien una encíclica en que los papas opinan no sólo sobre el devenir de los católicos sino de la humanidad entera; está escrita la pluma de alguien que mira con preocupación sobrehumana y distante lo que sucede allá en la tierra, cuando lo cierto es que está ahí, abajo, esperando el reconocimiento que la historia, a la larga, claramente le dará por los momentos en los que le tocó ser protagonista.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.

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