lunes, julio 15, 2024

La democracia en punto cero

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Si la protesta, la movilización o la revuelta termina profundizando la injusticia denunciada, el problema está en la democracia. Más específicamente, en el diseño democrático.

La democracia en punto cero: no importa lo que se haga para manifestar el rechazo a un orden injusto, al parecer quienes se terminan por beneficiar son los más ricos a pesar de la protesta. Así ocurre cuando todo movimiento termina animando las piezas que permiten ensanchar el terreno de jugada de las posiciones de la elite política y económica. La democracia en su diseño procedimental y de consenso favorece a las elites otorgándoles visibilidad, prestigio y dinero incluso cuando se amenaza con su destitución.

Cuando la suspensión que la revuelta instituye llega a su fin, hay dos escenarios posibles. Uno, la revuelta termina debido a la persecución violenta de quienes fueron parte; y dos, se pone fin a la revuelta con la promesa que ésta continuará por vías institucionales. Este segundo escenario es el que toma lugar en Chile. La revuelta muta en un conjunto de acuerdos plebiscitarios y electoralistas, logrando establecer con ello algunas reformas de tipo representacional en un contexto de una democracia procedimental y de consenso.

Sabemos ahora que la euforia inicial que acompañó a las llamadas reformas revolucionarias -la paridad, por ejemplo- es o bien, solo optimismo; o bien, un breve bienestar narcótico si no se diseñan, al mismo tiempo, políticas de transformación económica y cultural. Solo con el automatismo del procedimiento, no hay cambios reales. Otro sentido de la palabra euforia es “aguante”, no lo deberíamos olvidar. El procedimiento parece exigirnos una particular capacidad de aguante. “Ahora no, pero pronto” parece decirnos la política post revuelta.

En esa euforia optimista, narcótica y de aguante es en lo que se ha convertido la democracia. Ese es el ánimo con el que seguimos en el tablero, no hay renuncia, no lanzamos el tablero por el aire, haciendo volar lejos las piezas, no nos retiramos. Estamos en jugada, en el tablero, eso exige la democracia. Estar en el juego es mejor que nada. Quizás es posible aún imaginar un movimiento insospechado que podría abrir posibilidades por las que nuestras piezas puedan plantear alguna estrategia. Esa es la promesa de la democracia procedimental y de consenso.

Al parecer poco importa cuánto se perturbe o interrumpa la circulación en la ciudadela de la democracia, siempre y cuando, se vuelva luego al mismo diseño político. El diseño de la democracia procedimental no solo establece las reglas del juego, los movimientos posibles, sino que también una ciudadanía cuyo primer acto, el que la constituye, es el de “apropiar”: quien no apropia no anuda su vida a un orden ciudadano. En este punto, se funden el ideario liberal y el republicano.

Una vida que se vuelve visible en medida de lo que logra poseer, no es distinta a una vida que se vive en un continuo cálculo. La ciudadanía exige calcular, proyectar y especular en escenarios políticos en los que el principal beneficiado es quien calcula, no hay lugar para el altruismo. Con este cálculo, la ciudadanía liberal republicana suma a su definición al neoliberalismo. Más que ciudadela, tal vez, la democracia actual es más parecida a un casino: apuesta, juego, pérdida y ganancia.

Si hay cooperación es en medida de la propia ganancia. Ahora, no habría que olvidar que es la “Teoría de los juegos” aplicada en el diseño democrático lo que confiere una de las características distintivas a la democracia de procedimientos y consensual chilena; tampoco deberíamos olvidar que la aplicación del modelo de cooperación y fines movida por la interacción de los sujetos se enmarca en la Constitución neoliberal de 1980.  

La democracia procedimental y de consenso en un régimen neoliberal tiene al dinero como principal bien, la ciudadanía vota de acuerdo a la posible ganancia personal proyectada en su elección. Como en el casino, el votante casi siempre pierde, la casa casi siempre gana.

¿Quién se hubiera imaginado en esos intensos días de octubre del 2019 que todo ese movimiento terminaría por legitimar a la siempre moribunda, pero nunca muerta clase política? No hubiéramos creído, si nos dijeran, en ese entonces o luego, que la ministra de Transporte Gloría Hutt- cuya violenta intransigencia e ignorancia son las chispas que detonan una de las revueltas político sociales más grande en Chile- se presentaría como candidata para ser electa como Convencional para la redacción de la nueva Constitución chilena con el lema de campaña “¡Sé que podemos hacerlo bien!”. Y no obstante nuestra incredulidad, este domingo 7 de mayo estará su nombre en la papeleta de votación.    

No era necesario un ejercicio de prognosis muy agudo para notar que el acuerdo del 15 de noviembre reducía de manera drástica el marco para imaginar otra política por fuera del diseño democrático conocido.  A partir de ahí, los medios y los expertos de la política, siempre juntos, comienzan rápido a restablecer el consenso de la democracia distinguiendo entre insensatez (octubristas) y sensatez (noviembristas). Purismo, idealismo, intransigencia, vieja izquierda, la primera. Realista, de acuerdos transversales, de pantalones largos, gobierno joven, con guitarra, la segunda.

Distinción entre los que no quieren jugar o no saben y aquellos que si lo harán debido a su compromiso con la democracia. Los medios son esenciales al diseño de la democracia de los procedimientos y de consenso. Tendríamos que tomar de modo literal ese título juguetón El medio es el masaje de Marshall Mcluhan y Quentin Fiore. La información hoy en su mensaje/masaje continuo y sin detención mantiene afianza y mantiene distinciones y, por sobre todo anestesia. Los medios en complicidad con el diseño democrático separan, distinguen y aíslan en el colectivo.    

No habría que olvidar que esta misma distinción es la que hace posible la desactivación de la imaginación política en favor de una democracia pactada en los años noventa. Se equivoca, entonces, Patricio Guzmán en Mi país imaginario cuando en un juego de similitudes crea la ficción de continuidad entre Salvador Allende y Gabriel Boric, claramente la relación de semejanza es con la política de Patricio Aylwin. Repetición de la política en la medida de lo posible. 

En esa medida extraña que es mezquina para quienes no tienen, pero que se vuelve generosa para los más adinerados, volvemos al conato electoral para elegir nuevamente representantes para una nueva Convención Constitucional. La repetición, nunca repite lo mismo, lo sabemos. El historiador Gabriel Salazar llama a esta repetición “dictadura de la clase política”. Si bien la denominación busca ser más bien provocadora que certera en términos conceptuales, no habría que dejar pasar que esta provocación no logra identificar realmente el problema de la política actual en Chile que no es otra cosa que el propio “diseño democrático” que se gesta en los años ochenta del siglo recién pasado y se despliega a partir de los años noventa con el fin de la Dictadura. Hablar de “dictadura de la clase política” deja intacta la definición en uso de democracia. Deja intacto el diseño de la democracia de procedimientos y de consensos que nos ofrece otra jugada en ese mismo tablero en el que tenemos pocas piezas y menos jugadas.

Alejandra Castillo
Alejandra Castillo
Filósofa feminista.

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