La curiosa libertad de Marcela
¿No es acaso la vieja historia de neoconservadores que se apropiaron de la libertad impúdicamente para justificar sus nulos deseos de someterse a reglas comunes?
Conocido el cuantioso sueldo de Marcela Cubillos en la Universidad San Sebastián (17 millones de pesos), la exministra y actual candidata a alcaldesa por Las Condes fue a todo medio posible a defenderse no sólo su honra, sino también- y sobre todo- una idea país, la de la “libertad”.
Para Cubillos todos los que cuestionaron la cantidad del monto que ganaba y de donde se obtenían esos recursos eran enemigos de aquella libertad que ella dice defender. Eran octubristas zánganos que se servían del Estado, una máquina anquilosada y autoritaria, para entrar en las esquinas más recónditas de la llamada “sociedad civil” y aniquilarla, castrarla y someterla a su poder.
Eran ella y los suyos en contra de la omnipotencia de un aparato vigilante que se metía en medio de la “libertad de enseñar”, integrado por personas que querían terminar con el individuo para encarcelarlo en normas y en una universalidad estrecha, agobiante y casi dictatorial.
Eso se desprendía de lo que decía Marcela. Pensaba que estaba llevando a cabo una gesta heroica más que una defensa de un sueldo injustificable para alguien que hace clases en una universidad privada. Y es que su mirada de la libertad no trae consigo responsabilidad. Es libertad a secas. Sin el otro. Lo que finalmente no es libertad.
Si un privado tiene un establecimiento educacional, entonces puede hacer lo que quiere con sus alumnos, sus profesores, manejándolo según sus propios estándares, total, era una entidad “libre” del Estado, lejana de una normatividad asfixiante que es para muchos en su sector lo público, lo que debe regirse según un bien común.
De esto debería surgir un debate que, aunque se cree lo contrario, no se dio del todo luego del estallido del 2019, porque en el proceso constitucional lo público no tuvo tanta preponderancia como sus defensores y detractores suponen.
Pero no surge ya que si bien todos nos quedamos en el sueldo de Cubillos, en la idea del mérito de una derecha en la que sus integrantes lo único que hacen es trabajar entre ellos, de lo que casi no se habla es de aquella idea de la libertad en la que, según entendemos, lo común casi no existe, y en que la opinión o regulación del Estado de un lugar en el que se imparte nada más y nada menos que educación, es casi una invasión o una violación de un derecho de algunos de hacer lo que se les plazca.
¿No estamos frente al gran problema ideológico que ha atravesado la sociedad chilena hace casi cincuenta años y que consiste en la gran confusión entre la libertad política y el libertinaje mercantil?
¿No es acaso la vieja historia de neoconservadores que se apropiaron de la libertad impúdicamente para justificar sus nulos deseos de someterse a reglas comunes?
Son buenas preguntas, creo yo. Y también de estas podríamos concluir- o intentar hacerlo- que hay una relación nada casual entre esto y la crisis que venimos viviendo desde hacer años. Y no quiero abordarlo desde la clásica afirmación de que la gente se rebela en contra de los actos espurios de una “malvada elite”, sino que la mayoría de la clase media chilena no tiene un soporte público y, por el contrario, su única relación con algo parecido a lo común es con estas universidades o institutos comandados por estas lógicas.
¿No es por lo mismo que estos sujetos son los padres políticos de aquello que han querido llamar “octubrismo” para identificarlo como algo extraño que no viene de sus entrañas? ¿No es, según el diccionario “oficial” de algunos medios interesados, Cubillos la principal “octubrista” al negar a someterse a una norma de orden institucional al decirse por sobre lo colectivo al estar contratada en un lugar privado?
Por mucho que la derecha nacional quiera decirnos que está del lado del orden y el estado de derecho, lo cierto es que la libertad que defiende y protege es lo contrario de todo eso. La sociedad no existe, decía Margaret Thatcher en los 80, y Marcela sin decirlo lo está expresando.
Al no existir la sociedad, según esta mirada ideológica, no existe tampoco la responsabilidad personificada en el Estado como estructura fundamental para organizar la vida social en común. Este es más bien que es un estorbo burocrático para la libre decisión de los habitantes (¿ciudadanos?) de un territorio. Por eso “El Estado es el problema”, como decía la campaña de Ronald Reagan” en la misma década (la frase original es “the government is the problem, que significa que el gobierno es el problema, pero ataca lo mismo).
Por lo mismo es fundamental seguir dando un debate que escape de los moralismos fáciles y simplones, tratando de establecer la diferencia entre el proyecto neoliberal y ni siquiera el socialismo, sino la democracia liberal tradicional.
Porque ese es el gran problema conceptual que cruza la historia reciente de Chile: los defensores de la “libertad” (y los concertacionistas trasnochados, por qué no decirlo) son quienes menos entienden cómo funciona realmente una sociedad liberal, la que supone, al menos simbólicamente y ojalá materialmente, el sometimiento (en el buen sentido de la palabra) a reglas colectivas en las ahí el individuo pueda ejercer algo parecido a la libertad, porque qué tan libre es el ser humano es también un debate filosófico que escapa a las simples cuestiones políticas.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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