Opinión

La conjura: El sociologismo y la pasión anti-revuelta

En el actual contexto, la conjura requirió la unificación relativa del discurso (lo que llamaremos «sociologismo»), su masificación permanente (vía think tanks, partidos políticos, universidades y corporaciones mediáticas de diferente índole) y la intensificación de la impunidad de las fuerzas paramilitares denominadas policía (vía mutilación, asesinatos y persecuciones) que actúan de consuno con la delincuencia común y el narco, invisibilizando más profundamente, la intensidad de la sublevación popular y sus efectos hasta el día de hoy.

 

El momento de la conjura ha llegado. Asistimos al momento de conjura de la revuelta. Nadie quiere hablar de ella, salvo para recordar su crimen, salvo para referirse al vandalismo, saqueos, narcos (terminología que se abulta cada vez más) que llevó al “sufrimiento” de los “pequeños comerciantes” que los poderes fácticos –esos que han hecho imposible la prosperidad de esos mismos comerciantes- hablan en su nombre. Una pasión anti-revuelta impregna los discursos y prácticas del presente.

El proceso de Restauración en curso que, durante los primeros días de la revuelta exhibía su brutalidad con militares en la calle y declaraba a los pueblos sublevados bajo la rúbrica del «enemigo poderoso», hoy está en su momento de mayor consolidación, logrando acabar con el afecto de la revuelta y asediando a la Convención Constitucional bajo la figura del enemigo público que parece atentar contra las sagradas “tradiciones” (como si éstas fueran unívocas para todos y estuvieran exentas de sangre y crimen).

Aunque nuestra oligarquía portaliana está más que acostumbrada a elaborar conjuras de todo tipo, su elaboración nunca resulta un asunto fácil de urdir. Tuvieron que pasar algunos años para que el golpe de Estado de 1973 se consumara. Y otros tantos para que la Constitución de 1980 que consolidó legalmente esa fuerza se instaurara.

En el actual contexto, la conjura requirió la unificación relativa del discurso (lo que llamaremos «sociologismo»), su masificación permanente (vía think tanks, partidos políticos, universidades y corporaciones mediáticas de diferente índole) y la intensificación de la impunidad de las fuerzas paramilitares denominadas policía (vía mutilación, asesinatos y persecuciones) que actúan de consuno con la delincuencia común y el narco, invisibilizando más profundamente, la intensidad de la sublevación popular y sus efectos hasta el día de hoy.

Las tres vías lograron producir un «objeto»: identificar a la revuelta como simple «anomia» y así criminalizarla bajo el reductivo significante «violencia». El «sociologismo», ese discurso administrativo orientado a gestionar las fuerzas sociales vía la aplicación precisa de la gubernamentalidad neoliberal, fue transversal a la intelectualidad portaliana (de Peña a Oporto, de Herrera a Mayol, no deja de ser utilizado). En ella el término «anomia» fue su operador discursivo clave. Término que permitió despolitizar el acontecimiento en curso y remitir su solución, exclusivamente, al ámbito del orden y la gubernamentalidad neoliberal vigente.

¿Cómo entender lo que ocurre en el actual gobierno sino en función de haber adoptado, con algunos matices, el sociologismo en curso urdido pacientemente y todos los días y noches, por el partido portaliano destituido parcialmente para el 18 de octubre de 2019?

La farsante seriedad chilena -esa seriedad que clama por la «fortaleza» de instituciones totalmente «frágiles» cuya volatilidad se esconde tras el rigor de un «gobierno fuerte y centralizador» (Portales)- ha sido la del sociologismo con el que el partido portaliano intenta restituir el control destituido por el momento octubrista. Porque, en rigor, parte de la conjura reside en haber sustantivado a dicho momento bajo la forma del «octubrismo» sin atender que éste no era sino una intensidad que atravesaba distintos campos de la vida social y no un «sujeto» político organizado. Un momento antes que un sujeto, una intensidad antes que un grupo claro y distinto.

El sociologismo como discurso logró producir algunos clichés que reprodujo y reproduce infinitamente: «estallido social», «violencia», «anomia», entre tantos otros. “Estallido” reduce la revuelta popular a un simple “hecho” de naturaleza “social” que, por serlo, no habría impugnado las bases “políticas” del orden; “violencia” operó como un término hipertrófico capaz de articular un “a favor” o “en contra” de la misma, un pertenecer al mundo civilizado o al de la barbarie; finalmente, el propio término “anomia” desliza, desde ya, la vocación normativa y restauradora del orden promovida por el sociologismo chileno, subrayando el talante “social” y no “político” del mismo[1]. De esta forma, la tesis Peña se consuma: la revuelta popular de octubre no fue una impugnación al orden portaliano de los 200 años de República, sino a la institucionalidad vigente que no alcanza a procesar la expansión del consumo en la nueva generación[2].

Con ello, lanzó su conjura al proceso popular e inició su campaña de deslegitimación del proceso constituyente. Si hubiera que pensar una fecha precisa en que la conjura logró intensificarse y encontrar sitio en los cuerpos y almas de los ciudadanos fue en el segundo aniversario del 18 de octubre en el año 2021: último año del gobierno de Piñera, con una campaña presidencial desatada entre Boric y Kast. En ese instante operó un giro: el gobierno cuya estrategia había sido inundar de policías a la población, esta vez, las privó de ellas. El efecto inmediato fue la irrupción de todo tipo de delincuencia (desde saqueos hasta narcos) que terminó por hacer que la misma población –ahora arrojada a la intemperie y atravesada por los estragos de la pandemia- exigiera mayor seguridad.

Pues la pregunta que no deja de asediar a nuestros ojos es: ¿cómo es que un gobierno progresista ha sido casi totalmente capturado por la agenda de seguridad? y ¿por qué hoy día, la imagen de la revuelta de Octubre se nos aparece bajo la oscuridad de un halo criminal que, finalmente, nadie quiere volver a repetir porque los «comerciantes» parecen ya estar cansados de los «desmanes»? Pero ¿no estaban cansados de pagar una mala educación, precaria salud y carecer de pensiones? ¿Acaso no se trataba de ese problema? ¿Cómo es que ese problema, anudado en la revuelta de Octubre, devino su contrario? En suma: ¿cómo fue que la revuelta de 2019 devino la causa de todos los males y las fuerzas paramilitares (Carabineros de Chile) un reducto impune que exige su fortalecimiento?

La inversión fue largamente preparada: el sociologismo fue el estado último del ensamble de la máquina mitológica portaliana, la fascistización en curso su proceso más inmediato y la Restauración su horizonte concreto. Los últimos hechos que comprometen la seguridad de la actual Ministra de Defensa y al Carabinero de la escolta presidencial, se advierten como operaciones concertadas para desestabilizar y consolidar la conjura contra la singularidad del  afecto de la revuelta. Todo es parte de un golpe permanente, microfísico, capilar, orientado a que producir que la propia población sublevada termine exigiendo el orden oligárquico que impugnó desde octubre de 2019.

La conjura nos ha tapado la boca, porque ya nos había mutilado los ojos. Quizás, solo bajo un gobierno progresista el país podía soportar el momento de Restauración. Pero está por verse cuánto dura y se tendrá la capacidad de neutralizar las transformaciones propuestas en la Nueva Constitución. Al revés, la cuestión será en qué medida la Nueva Constitución podrá, definitivamente, atravesar el fantasma portaliano y su concepción autoritaria del poder y la política.  


[1] Isidora Iñigo. Conflictividad, política y violencias en la revuelta chilena. Una crítica a las interpretaciones desde la teorías de la anomia. En: Raúl Zarzuri (coord.) Violencias y Contraviolencias. Vivencias y reflexiones sobre la revuelta de octubre en Chile. Ed. LOM, Santiago de Chile, 2022, pp. 183-195.

[2] Carlos Peña El malestar en la modernización. El caso chileno. En: Carlos Peña, Patricio Silva (eds). La revuelta de octubre en Chile. Orígenes y consecuencias. Ed. FCE, Santiago de Chile, 2022, pp. 19-46.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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