La carcajada de la historia
La carcajada de la historia | AGENCIA UNO
¿Es la historia algo así como un camino trazado cuyo final está determinado? ¿Son las derrotas o las victorias cuestiones totalmente irremontables, veredictos concluyentes sobre los ciudadanos, su horizonte moral o sus pretensiones?
Tengo serias dudas. Creo más bien que la historia, como diría Hegel, es un proceso dialéctico a través de contradicciones y conflictos, una tarea constantemente inconclusa y, por ende, en permanente construcción de acuerdo con las circunstancias que acechan al sujeto (eso le agrego yo, tal vez haciendo una interpretación antojadiza de Ortega y Gasset).
Esa es alguna de las aproximaciones que puedo hacer a lo visto el domingo en las recientes elecciones, para no caer en responsabilizar a nadie en particular, ni en hacer afirmaciones tajantes que inflen mi ego de manera permanentemente fugaz, por algunos días, hasta que comencemos a pensar en otra cosa.
Agregaría también que la historia, debido a las contradicciones que la constituyen, es una ironía gigante, una carcajada estruendosa que resuena sobre quienes tienen- tenemos- demasiadas certezas de lo que somos, de lo que fuimos y de lo que seremos en el futuro inmediato. Lo que dijimos que no seríamos, siempre podremos serlo. Lo que juramos que jamás podríamos abrazar o al menos considerar que no tendríamos en mente, probablemente lo abrazaremos y tendremos en mente.
Quienes creyeron, creímos o quisimos creer que no habría jamás un presidente que haya votado por el Sí, hoy somos sorprendidos por esa carcajada gigante. Los que estuvieron seguros de que existía algo así como un destino definitivo que tenía como objetivo la superación casi mágica del neoliberalismo, hoy también escuchan esa gran risa resonando en las gruesas murallas de palacio, como si atravesara sus más fervientes convicciones.
Lo que hace cuatro años fue un carnaval, hoy es un funeral. Lo que pareció ser lo permanente, hoy se diluye, como también se diluyen las certezas del pasado inmediato, lo que, a pesar de que se crea lo contrario, es bastante saludable para seguir adelante.
Esto último lo afirmo porque la conciencia de las limitantes de la historia y del constante devenir en clave negativa que la constituye, es tal vez la mejor manera de afrontar la política y, así, entender que, junto con esas limitantes, también hay posibilidades. Porque al mirar las propias ideas como un ejercicio absolutista y casi biológico, se ven las del adversario también como lo mismo. Se asume que lo que viene es igual de impenetrable e irremontable.
Y no lo digo solamente por quienes dicen proclamarse de izquierda o progresistas, sino también por quienes hoy están en la otra vereda y creen, a su manera, que la historia les dio finalmente la razón y lo que encabezará José Antonio Kast será algo así como un futuro inexorable bajo premisas perpetuas. Porque si lo hacen- algunos ya lo están haciendo- lo cierto es que esa carcajada atronadora caerá por sobre ellos con la misma intensidad con la que dijeron apropiarse de lo absoluto.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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