La bancarrota de la lengua
¿Qué hacer ahora cuando este discurso se ha vuelto, el mismo, pasado y por tanto “pasadista” y no “progresista”?
Para A.J. por su gran comprensión lectora, digna de un candidato a Premio Nacional de Humanidades
No hay lengua sino dialecto. Quizás, éste sería el punto de partida para una discusión en torno a la “comprensibilidad” o no de un lenguaje. Partamos por el hecho de que lo que llamamos progresismo neoliberal –que tiene a varios intelectuales históricos- no solo está en bancarrota, sino además, lo está porque su lengua –ese dialecto subido por el chorro- siempre fue impostada.
No importa si sus ministros perviven, si sus intelectuales siguen escribiendo columnas o si la facticidad de sus lobbys sigue funcionando. Lo relevante es que como proyecto histórico emergido desde los años 90 –a propósito del fracaso de los socialismos reales, pero sobre todo, del golpe de Estado de 1973 que ofreció a la izquierda una “´fabula” para extraer una moraleja que aprender- está terminado.
Su dialecto que intentó ser lengua se ha hundido porque su vitalidad se ha visto comprometida. ¿Causas? Ante todo, el haber pretendido hacer de un dialecto entre muchos una lengua única, descartando cualquier otra imaginación política como propia del “pasado”.
¿Qué hacer ahora cuando este discurso se ha vuelto, el mismo, pasado y por tanto “pasadista” y no “progresista”? Cuestión de fondo: “Somos hijos del mestizaje –escribe Guadalupe Santa Cruz- de lenguas encontradas, y somos hijos de la gramática de Bello, de su «lengua depurada». Buscamos solo bordear el riesgo que encierran las palabras.
La postdictadura suscitó un despliegue de estrategias para sobrellevar aquel peligro, para impedir la detonación de la lengua y tornarla en gramática eficaz mediante la cual se remodelaron —se rediseñaron, dice la empresa comunicacional de Fernando Flores— los lugares sin reinventar las cartografías.” Impedir la “detonación de la lengua”, acontecimiento en el que ésta estalla en mil dialectos y pone fin a su ficción totalizante, a su vocación enciclopédica en la que se pretende un lenguaje claro y distinto.
“Hijos de la gramática”, sea la de Bello, sea la de Flores, “gramática” confundida con “intelectualidad pública”, normatividad de cómo habría que escribir y cómo habría que conducir. Vieja ilusión elitaria para que su pastorado funcione. Octubre de 2019 fue la “detonación de la lengua”. Fragmentada en mil pedazos, arrasó con toda pretensión de lengua, sobre todo, con aquella heredera de Bello que, enclaustrada en gramática, siempre pretendió producir “lengua depurada”.
La bancarrota estaba planteada ya en 2019 cuando todos dijeron a coro: “no lo vimos venir” y, hoy no saben si han sobrevivido a su propio punto ciego. Creen que si. Que todo podría ser como en 1990. Que la lengua podrá restituirse.
Que aún existe “lo público” aunque se confunda con lo “orgánico”, cuando es precisamente esa lengua, la del intelectual vinculado al Estado y, por tanto, a la Universidad propiamente “pública” –esa lengua moderna- lo que ha estallado. Por eso crecen los rizomas dialectales, la multiplicidad escritural, la ensayística que no se debe a hegemonías, lenguas o consensos sino a la frenética guerra que se ha abierto y que aún esa pretendida lengua, cada vez más vacía, aún no advierte.
Acusan de una “ilustración oscura”, cuando en rigor, es su propia ceguera. Ceguera de no advertir la propia responsabilidad en la debacle que padecen y de no decir ninguna palabra al respecto. Escuchan bulla, anomia, simple caos ahí donde hay dialectos, multiplicidad y experimentación. Síntoma de eso es que frente a la anomalía escritural se responde con insulto, ante la interrogación de un dialecto singular, se expresa un improperio. Eso expone su propia bancarrota, no la nuestra, su misma debacle y la imposibilidad de que el “enciclopedismo” vuelva. Pretenden llamar al orden y no pueden. La época les ha sobrepasado. Es tiempo de jubilar, aunque las AFPs no lo permitan.
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