La aristocracia de las teleseries no ha abandonado el pedestal
La polémica comenzó con los dichos de Patricia Maldonado contra los actores. Histórica defensora de la dictadura y cultora de la provocación mediática, volvió a instalar una polémica donde el insulto reemplaza al argumento.
«Son unos parásitos», lanzó, al referirse a los actores y actrices que defienden el financiamiento estatal de la cultura. Una frase que resume bastante bien el estilo comunicacional que ha cultivado durante años: simplificar, descalificar y reducir debates complejos a consignas diseñadas para generar indignación.
La actriz Claudia Pérez decidió responder, entrando al fondo de la discusión, argumentando por qué consideraba injustos sus dichos y defendiendo el valor del trabajo artístico.
Su intervención en redes sociales se hizo viral y recibió un apoyo masivo. Un equipo de Primer Plano tomó el tema e intentó recoger la opinión de la actriz Luz Valdivieso, entre otrxs, recibiendo de vuelta: “Tengo opinión, pero no para ustedes».
No fue un insulto, una agresión directa. Fue un ninguneo. Porque una cosa es no querer hablar, toda persona tiene ese derecho. Otra muy distinta es comunicar que sí tiene una opinión, pero que considera que el medio que la consulta no merece escucharla.
Su frase instala una jerarquía: unos medios serían dignos y otros no. Unos periodistas merecerían respuestas. Otros no.
Quienes trabajamos cubriendo espectáculos durante los años dorados de las teleseries chilenas, sabemos de eso.
Durante la época en que TVN dominaba la ficción nacional, el Área Dramática se transformó en una verdadera fábrica de celebridades. Actores y actrices alcanzaron niveles de popularidad extraordinarios, con contratos millonarios, enorme visibilidad y una influencia cultural que hoy parece difícil de imaginar.
Una élite cultural que parecía convencida de pertenecer a una categoría superior dentro del ecosistema mediático.
Los periodistas de espectáculos conocimos bien esa lógica. La entrevista se concedía con distancia y una serie de condiciones que operaban según los requerimientos de la o el entrevistado. Los lanzamientos formaban parte del ritual promocional de rigor y la cobertura servía cuando promocionaba una teleserie, una obra de teatro o una película.
Pero periodistas seguíamos siendo vistos como personas de segunda categoría. Como un actor o actriz menor dentro de una industria que ellxs consideraban propia.
Había una permanente necesidad de marcar diferencias: “Nosotros hacemos arte. Ustedes hacen farándula. Nosotros aportamos cultura. Ustedes generan ruido”.
Esa frontera simbólica fue construida durante años.
Por eso la respuesta de Luz Valdivieso resuena mucho más allá de una frase aislada: reactiva una memoria de quienes trabajamos en ese mundo.
Recuerda una época en que ciertos rostros confundieron prestigio profesional con superioridad personal. Y revela una contradicción incómoda.
Muchos actores reclaman, con razón, respeto para su trabajo. Exigen reconocimiento para la cultura. Piden valoración para las artes. Pero ese respeto debe ser recíproco.También debe alcanzar a quienes dan cobertura a sus carreras. Debe incluir a los medios populares y extenderse al público que consume esos contenidos.
La pregunta de fondo no es si Primer Plano merece una entrevista: es por qué algunos personajes públicos siguen sintiendo la necesidad de demostrar que están por encima de quienes les hacen una pregunta en el contexto profesional.
Quizás porque ciertas élites nunca terminan de asumir que la fama, por importante que sea, no convierte a nadie en una categoría superior de ciudadanx.
Y cuando esa sensación de superioridad aparece, aunque sea en una frase de pocos segundos, resulta imposible no reconocerla.
Muchxs la vimos durante años. Y todavía sigue ahí.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



No se trata de negar el derecho de ningún medio a preguntar, ni de establecer jerarquías morales entre periodistas, programas o audiencias. Se trata de algo bastante más básico: distinguir entre periodismo y provocación.
Preguntarle a una actriz por los dichos ofensivos de una figura cuya intervención sobre cultura no aporta profundidad, contexto ni conocimiento del sector, no constituye un ejercicio periodístico serio. Es, más bien, la reproducción de una lógica de espectáculo donde la controversia vale más que la comprensión, y donde el conflicto se fabrica a partir de frases diseñadas para irritar.
Más aún cuando se trata de personajes públicos que han hecho de la provocación una estrategia de figuración. Figuras que, al ver debilitada su presencia en la industria, parecen necesitar colgarse de la fama, el cariño y la legitimidad de personas queridas por el público para seguir ocupando un lugar en la conversación. En ese contexto, el insulto no aparece como una opinión cultural, sino como una maniobra para mantenerse en la palestra.
El periodismo cultural —cuando lo es de verdad— no consiste en ir detrás de una cuña para enfrentar a una actriz con una descalificación cargada de coprolalia, prejuicio y desprecio hacia el trabajo artístico. Consiste en abrir preguntas relevantes precisamente sobre el fondo de esos dichos: por qué se insiste en instalar la idea de que artistas y trabajadores de la cultura son “flojos”, que “nunca han trabajado” o que “viven del Estado”; qué desconocimiento revela esa caricatura sobre las condiciones laborales del sector; cómo se financia realmente la cultura; qué significa el apoyo público a la creación; y por qué se considera legítimo denostar a quienes producen teatro, cine, televisión, música, danza, literatura o artes escénicas.
Reducir esa conversación a pedirle a una actriz que reaccione ante un insulto no es poner el tema en discusión: es empobrecerlo. Una pregunta periodística seria no amplifica la ofensa como espectáculo; la contextualiza, la contrasta y la somete a examen.
Por eso, cuando una persona decide no prestarse para esa dinámica, no necesariamente está despreciando al periodismo. Puede estar señalando, con legítima claridad, que no todo micrófono representa una pregunta válida y que no toda polémica merece ser amplificada.
La cultura no necesita defensas corporativas ni superioridades impostadas. Pero sí merece ser tratada con seriedad. Y el periodismo, si quiere reclamar respeto, también debe ejercerlo: no solo escogiendo mejor sus preguntas, sus fuentes, sus marcos y sus propósitos, sino llegando informado al tema que pretende abordar.
Un periodista no puede limitarse a poner un micrófono delante de una actriz con la expectativa de que responda a una provocación y así fabricar un cahuín. Si el tema son los supuestos privilegios de los artistas, entonces corresponde preguntar con datos, contexto y rigor: cuál es realmente la situación económica de quienes trabajan en la cultura; cuántos viven efectivamente de fondos estatales; bajo qué condiciones se adjudican esos recursos; qué parte del sector trabaja sin estabilidad, sin contrato o con ingresos intermitentes; y si la afirmación de que los artistas “viven del Estado” resiste alguna comprobación seria.
Eso exige preparación. Exige haber investigado antes de preguntar. Exige comprender que detrás de una frase insultante hay una afirmación que debe ser contrastada, no simplemente amplificada. Porque el trabajo periodístico no consiste en provocar una reacción para alimentar una polémica televisiva, sino en verificar, contextualizar y ayudar a la audiencia a entender mejor aquello de lo que se está hablando.
Y en este caso, lo que se presentó como cobertura periodística terminó pareciéndose mucho más a la administración televisiva de una polémica que a una conversación seria sobre cultura.