¿Justicia para todos o para cada uno por separado?
Muchas veces en la discusión constitucional pareciera que lo que se pone primero es al individuo y su particularidad antes que el terreno en el que convivirá con las otras particularidades de otros individuos. Y eso parece preocupante. Porque denota no sólo una lógica influencia del liberalismo tardío en quienes dicen combatirlo, sino también la inconsciencia de parte de sus exponentes, de que son herederos, sin quererlo, de este.
Foto: Agencia Uno
La Convención Constitucional avanza a medida que se van clarificando diversos temas y decisiones fundamentales. Como es de esperar en un proceso de tales características, nada ha sido fácil. Unos y otros grupos se han enfrentado; las fuerzas que quieren que nada cambie, hacen lo posible por instalar ciertos temas en los medios afines a sus ideas, mientras quienes creen que el cambio de paradigma supone que cualquier gustito retórico se transforme en ley, trabajan, tal vez sin quererlo, en la dirección opuesta a la de la igualdad básica de todo ciudadano.
Y en esto último me gustaría centrarme, principalmente porque en estos últimos meses y semanas hemos visto errores conceptuales referentes a cómo se garantizan mínimos comunes. Tal vez el principal error se deba a la mirada que se tiene de los pueblos originarios y la justa retribución histórica hacia ellos. Pareciera que, en vez de trabajar por crear una universalidad jurídica que incluya a todas las culturas, bajo premisas normativas comunes, lo que se busca es que cada diferencia cultural al interior de un territorio sea juzgada según lo que cada exponente y sus iguales crean justo según sus tradiciones. Es decir, que no haya una igualdad, sino igualdades; que haya quienes puedan ser iguales entre ellos, debido a sus orígenes.
¿Qué pasaría si habláramos de esto al referirnos a gente rubia de Vitacura o Las Condes? ¿Qué sucedería si de pronto creyéramos prudente que toda persona que se considera heredera de la llamada élite castellano vasca, quisiera tener una justicia propia? Claramente sería una torpeza, una exigencia sin sentido democrático. Estarían apelando a sus raíces, a su origen para diferenciarse del resto. ¿Y no es algo parecido lo que vemos ahora? ¿No es acaso un intento por diferenciarse, en vez de lograr una justa y real reparación?
El problema con los pueblos originarios es más bien un asunto de clase, de desprecio por la morenidad, que otra cosa. Es algo que evidencia las contradicciones sociales y políticas que están intrínsecamente vivas en una sociedad, independientemente de cómo ésta se perciba. Por lo tanto, acrecentar esas diferencias, pareciera no ser una opción indicada, ni menos convertir la exclusión del pasado y el presente, en la virtuosidad del futuro. Porque no hay virtuosismo en la exclusión. No hay superioridad en haber sido tratado de inferior durante la historia de cada colectividad.
La problemática de hoy es que la visión de clase y las contradicciones a las que nos referimos, han sido reemplazadas por la exaltación de la identidad. Ya que la realidad industrial, en la que estas contradicciones se veían más nítidas, ha desaparecido, la nueva “verdad” digital ha logrado que estos antagonismos más allá del principal de todos, aquel que establecía al capital y al trabajo como los grandes oponentes. En la actualidad, en cambio, no estamos debatiendo sobre los antagonismos principales, sino que los estamos reemplazando por pequeñas dolencias, justicias históricas que, en vez de luchar en contra de la desigualdad que un sistema construye, lucha porque las desigualdades ancestrales se perpetúen en el tiempo.
¿Es eso izquierda? Incluso voy más lejos: ¿es eso progresismo liberal? Tengo mis serias dudas. Pareciera más bien una consecuencia de lo que se dice combatir. Es el posmodernismo en acción, la defensa de la patria propia por sobre la común; ¿está mal defender cada individualidad?, claro que no, pero para garantizar un lugar en la que está se pueda desplegar libremente, primero hay que trabajar por construir eso común donde puede ejercer el individuo toda su humanidad de ciudadano.
Muchas veces en la discusión constitucional pareciera que lo que se pone primero es al individuo y su particularidad antes que el terreno en el que convivirá con las otras particularidades de otros individuos. Y eso parece preocupante. Porque denota no sólo una lógica influencia del liberalismo tardío en quienes dicen combatirlo, sino también la inconsciencia de parte de sus exponentes, de que son herederos, sin quererlo, de este.
¿Hay por eso que extirpar a los posmodernos? No, porque la historia sigue su curso y, aunque queramos lo contrario, las condiciones materiales son más fuertes que las voluntades que pretenden hacer caso omiso de ellas. Por eso es que hay que saber convivir con lo que hoy respiramos, pero siempre con claridad de hacia dónde apuntan ciertas medidas, ciertas acciones políticas. Y construir un sistema para cada pueblo que vive en Chile, y darle calidad de nación, es todo lo contrario a la igualdad básica de toda sociedad. No es construir una base política para todo ser humano que habita nuestro territorio, sino tratar de resolver los horrores del pasado y del presente, haciendo lo mismo pero en dirección contraria.
Es cierto, esto no pasa sólo en Chile, ya que el liberalismo tardío o neoliberalismo no es sólo algo exclusivamente nacional; pero siempre hay que medir la intensidad en que este sistema político-económico permeó cada país. Y en acá no fue suave. Acá se destruyó la ciudadanía y se construyeron clientes. Y lo peor, es que, a diferencia de los noventa, hoy esos clientes no saben que no lo son, y creen ser luchadores sociales. No todos, claro. Pero la gran mayoría.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



Deja una respuesta