Izkia Siches, la gran oportunidad
Foto: Agencia Uno
El discurso de Siches no sólo fue una gran estrategia comunicacional; además, y sobre todo, fue el nacimiento definitivo de una figura que ha estado hace casi dos años en la palestra mediática por su participación en la disputa político-sanitaria de la que fuimos testigos durante los primeros meses de la tragedia pandémica
El jueves de la semana pasada, alrededor de las ocho de la mañana, Izkia Siches renunciaba a su cargo de presidenta del Colegio Médico para entrar de lleno a la contienda presidencial. En un discurso lleno de emotividad y frases sobre el futuro de Chile, la doctora anunciaba que entraría al comando del candidato Gabriel Boric para colaborar en lo que fuera necesario para que triunfe el 19 de diciembre próximo. Era una jugada interesante para el presente inmediato de una campaña que se ve compleja para las llamadas fuerzas progresistas, pero también por lo que puede venir más adelante.
El discurso de Siches no sólo fue una gran estrategia comunicacional; además, y sobre todo, fue el nacimiento definitivo de una figura que ha estado hace casi dos años en la palestra mediática por su participación en la disputa político-sanitaria de la que fuimos testigos durante los primeros meses de la tragedia pandémica. Fue una gran ceremonia en la que anunciaba no únicamente el apoyo transitorio a una candidatura en particular, sino la definición clara de un desembargo explícito en la arena política.
Para quienes disfrutamos de la contingencia y la escenificación de la contienda política, lo de Izkia fue un manjar, una jugada que, con los minutos que pasaban, se convertía en un gesto simbólico enorme para su generación, aquella que está extremadamente centrada en sus particularidades, sus diferencias y el respeto por ellas, y no tanto así por lo común. Era como si, de pronto, lo específico, los dolores o victimismos personales hubieran desaparecido para que, entremedio, surgiera un relato que apunta más a lo universal.
Es cierto, es un mes o menos el tiempo en el que se puede armar algo para lograr una victoria. Por mucho que el voluntarismo entusiasta inunde muchas veces las cabezas y los relatos de quienes quieren triunfar electoralmente, lo real es que no haberse detenido en ciertas señales, ciertos griteríos, ciertas inquietudes que estaban en los bordes, mirando con sospecha las historias heroicas de lo que pasaba en las calles, se debió a haber creído que los triunfos en política son eternos y que la razón de la historia es algo que se obtiene inmediatamente. Y no es así. El trabajo político es constante, debe llegar a todas partes, politizar, no evangelizar como dijo la doctora, sobre los beneficios de ciertas medidas por sobre otras; y, lo más importante, desarmar el falso antagonismo entre libertad e igualdad.
Si se tiene en las orillas a personajes como Daniel Jadue realizando análisis sociológicos sobre el electorado de uno u otro candidato, hacer lo anteriormente señalado será aún más complicado. Hay que entender qué fue lo construido por estos años, quiénes son los ciudadanos que habitan nuestras tierras, cuáles son sus inquietudes, sus necesidades, aunque estas muchas veces sean inmediatas y pasajeras, porque lo que explotó y sigue estallando está principalmente ahí.
Izkia Siches parece comprender esto. Eso sí, no hay que pensar que es o fue más transversal de lo que realmente es, porque es y ha sido una persona con ideas políticas, con una visión clara de la sociedad. Pero pareciera que su gracia está precisamente en eso, en que sabe de dónde viene, sus ideas, su proyecto país, y lo ha confrontado con la realidad del ejercicio público a través de la medicina, lugar que no se está imbuido de la consigna partidista, de la sensación de triunfo, porque en ella muy pocas veces se triunfa.
Siches es un buen aporte de campaña, pero también es una gran oportunidad para ir madurando una izquierda con vocación de buscar un relato universal. Y eso se necesita no sólo en los próximos días. Urge que sea un objetivo a seguir y consolidar los próximos años.
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