Opinión

Ideología y progresismo sin herencia

El actual autodenominado progresismo no deja nada, no hay herencia ni principios inspiradores que las nuevas generaciones puedan tomar como imaginario de emancipación.

1. En un texto de Friedrich Engels de 1886 titulado Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, éste sostenía que la ideología se desarrolla “por medio de la imaginación». Sin embargo, apunta más adelante que «[…] la filosofía de cada época tiene como premisa un determinado material de ideas que le legan sus predecesores y del que arranca».

En este sentido, suponemos, considerando la primera cita, que la ideología es producto de un proceso imaginativo que se levanta sobre la novedad absoluta y no sobre la restauración de ideas pasadas que le imprimirían significado al tiempo específico en el que una ideología, como tal, se agencia. No habría, en esta línea, referencias o precedentes en lo ideológico porque en sí mismo es producto de una suerte de imaginación, digamos, en “estado puro”, no contaminada por antecedentes venidos del pasado. Recordemos que para Engels la más determinante forma de ideología que habría gobernado la historia era la religión: “[…] el recurso moral primero […]”, como lo escribía en el texto de 1880 Del socialismo utópico al socialismo científico.

Ahora, no es fácil estar de acuerdo con esta primera afirmación de Engels; la ideología, pensamos, no podría ser un resorte de nada y por original o extravagante que pueda parecer siempre hay una historia, un precedente –moral-normativo-político–; una suerte de resto que, con mayor o menor intensidad, se archiva en la contingencia ideológica que emerge sin poder desestimar nunca el pasado que, sí, la fertiliza decisivamente.

Por lo tanto, diremos que la ideología no es un acontecimiento sino un suplemento, nunca será ex nihilo; suplemento en el sentido de que se desplegará, siempre, como una prótesis de lo que la historia ya ha venido indicando. La ideología como palimpsesto, es decir, escritura sobre escritura en la que siempre se traslucirán las huellas de un texto pasado en el texto presente, como un fantasma que se resiste a su retirada.

Entonces, ahora sí, estaríamos de acuerdo con Engels con la segunda cita, en la que “[…] la filosofía de cada época tiene como premisa un determinado material de ideas que le legan sus predecesores y del que arranca». Lo primero importante, es que habla de la filosofía como aquello que provee de “material” a lo ideológico; y en esto no podemos sino estar en absoluto acuerdo. Sin filosofía, conceptos, categorías abstractas que devengan, a su vez, de una atención muy intensa de la realidad, no sería posible el impulso de un proyecto, cualquiera que sea, con pretensiones de poder. Un plan político sin proteína filosófica no imanta y queda a la intemperie para la usura de quienes ven en él una oportunidad de inocular sus propias agendas.

En breve, un ideario político sin densidad filosófica está condenado al fracaso y a ser capturado, incluso, por aquello que ha sido el objeto de negación que lo ha inspirado.

No se trataría de ser deterministas respecto de la filosofía y entenderla como una suerte de dispositivo incombustible de cualquier proyección política (la porfía de un rictus), sino de constatar, tal como lo hace la historia, que los sistemas ideológicos que más han perdurado, al menos en los últimos dos siglos, son aquellos que están provistos de grandes aparatos conceptuales que sostienen entonces el devenir orgánico de los pulsos ideológicos: marxismo y liberalismo, particularmente; Marx y Schmitt por ponerle nombre.

Y, por otro lado, Engels es claro al plantear que la filosofía que debería alimentar a la ideología y a lo político siempre es derivación de lo que la precede, de ideas anteriores, de esquemas de pensamiento que inevitablemente se adherirán a lo “nuevo” sin que este último pueda sacudirse aquello que hereda. En otras palabras, la ideología es el resultado de la imaginación, pero al mismo tiempo y con más fuerza, de lo que la antecede activándola en el campo de lo político y operativizando su vocación hegemónica.

2. ¿Por qué toda esta vuelta para referirnos al “progresismo” chileno –si existe– que, con el gobierno de Gabriel Boric, ha sido un débil proyecto político con escasa densidad intelectual? ¿en qué sentido el Frente Amplio, generoso en imaginación y retórica identitaria al principio, terminó siendo más concertacionista que la Concertación y transó, tal vez, aún más que esta coalición en sus comienzos abdicando de lo que alguna vez fue un ideario imaginativo? Con el tiempo, el Frente Amplio, reveló el enorme hiato entre lo declarativo sin complejos y el gobernar atávico.

Y vale aquí la pregunta si en Chile, alguna vez, hubo progresismo en el plano de lo político factual. Porque en el léxico sí, todos somos progresistas o creemos serlo. En nuestro lenguaje han sido abundantes las libérrimas declaraciones a favor de las minorías sexuales, el ecologismo, el feminismo, la reivindicación de los pueblos originarios, la redistribución de la riqueza, el fin del neoliberalismo, en fin; todo el arsenal de tipificaciones que, al día de hoy, no son más que inflaciones del lenguaje y ecos de un progresismo que jamás llegó a ser. Si en Chile hubo algo así como progresismo traducido a políticas públicas concretas que apuntaron a una transformación estructural de la sociedad dirigiendo la mirada a los más vulnerables y a la configuración de una nueva, si se quiere, razón en lo político, esto solo ocurrió con Salvador Allende y sus mil días. Este ha sido el único intento por radicalizar la democracia al interior de la democracia misma, en sus reglas y tradición liberal, no obstante, apostando por un matriz socio-política y económica, justo, progresista.

En esta línea no es correcto, a nuestro modo de ver, igualar el progresismo a “progreso”. Si bien pareciera instalarse en sectores más de izquierda, socialdemocracias (otro sistema desconocido en Chile) o centroizquierdas, en ningún caso se trataría de “progresar” como precepto positivista o darwinista, sino de ir contra lo que se ha conservado y no ser simplemente una “separación vinculada” que queda prendada del orden anterior; permutada por lo que se pretendió superar coreando en masa el rito de una pseudo revolución. En definitiva, lo que se ha dado a llamar progresismo en Chile, ha sido incapaz de producir cambios estructurales dejando el poder y la hegemonía de la gestión de un país completo en manos de las élites típicas.

La devastación neoliberal chilena, la trizadura irreversible que ha producido, era un enemigo demasiado poderoso y, al parecer, ni el gobierno autodeclarado más de izquierda desde el triunfo de la Unidad Popular pudo darle término o, al menos, generar las condiciones para una salida gradual. La ideología del gobierno de Gabriel Boric, al final del tiempo, fue por lejos el triunfo de la tradición y el folclor transicional por sobre la imaginación de una juventud consignera que se evaporó entre la nebulosa burocrática del Estado.

3. Lo anterior se debe a múltiples factores, es un fenómeno polisémico y habría que gastar mucha tinta para poder explicarlos todos, pero, en lo estructural, coincidimos con lo planteado por el politólogo Víctor Flores en su libro Crítica de la globalidad: dominación y liberación de nuestro tiempo (1999), quien apunta que “En relación con la incapacidad del progresismo para impulsar cambios estructurales, planteamos que, a diferencia del populismo, que emergió cuando había ocurrido el declive de la oligarquía exportadora, el progresismo surge cuando el capital financiero y especulativo no ha declinado”.

Y esto es clave; toda la verbología, el fraseo, el ritmo de la crítica desmadrada hacia aquello que finalmente terminaron reivindicando sin inhibiciones, así como la adherencia imperturbable a las denominadas políticas identitarias, se dieron y tuvieron lugar en un contexto en donde el neoliberalismo –más allá de su debilitamiento que en un momento, sí, parecía tal– no había retrocedido ni en la región ni en el mundo. Por el contrario, estaba en plena forma, en un contexto en el que el significante “mercado”, aunque relativizado y amenazado, no dejaba de monitorear “el inconsciente político” (al decir de Fredric Jameson en un libro homónimo de 1981) dando cuenta de lo macizo de su vertebración interna y de la indescartable racionalidad del capital que, al final del día, no fue ponderada en toda su magnitud por quienes querían “inyectarle inestabilidad al sistema”.

Si hubo en Chile progresismo con el Frente Amplio, éste solo fue declarativo, fugaz y transitorio porque, y es lo que podemos constatar, el abandono de los principios que lo animaron a dar batalla por el poder, fueron velozmente olvidados y se terminó, por un lado, actualizando la herencia concertacionista y, por otro, pactando en un ir y venir desesperante con la derecha; la misma a la que le rindió tributo y pidió perdón en múltiples ocasiones y en diferentes niveles.

Recordemos las palabras del pensador François Furet en su fabuloso libro El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (1995): “estos ‘hombres de letras’ eran ingeniosos, talentosos, llenos de ideas, pero desprovistos de un alma e indiferentes a la verdad”.

Se cree que esto fue el Frente Amplio, una suerte de tribu urbana universitaria de jóvenes de clase alta, leídos la mayoría de ellas/os pero sin sustancia política real al momento de entrar a la órbita del poder y su disputa. Más allá de la gran tropa de intelectuales que estuvieron asesorando y apoyando al movimiento, lo que se reveló fue la ausencia completa de espesor ideológico, de densidad conceptual, de principios que le dieran la solvencia mínima para dar, también, la batalla cultural que a esta altura la derecha ya había ganado a través de un larvado proceso de restauración conservadora.

Este gobierno, quizás como ningún otro, fue objeto de una radical metábasis (en retórica “Cambio de posición en el curso de un argumento o discurso”). Cuando Margaret Thatcher, antes de su muerte en el 2013, al ser consultada por cuál era su mayor legado, sostuvo con una ironía brutal pero con una gran dosis de verdad, “Mi mayor legado es Tony Blair” que, como se sabe, pertenecía al partido laborista, ubicado en la centro-izquierda y opositor a Thatcher. Ésta deslizaba con sorna el hecho de que la estructura social que había construido no podría ser superada por más de izquierda que sea el primer ministro. Era la sedimentación de una matriz y el triunfo de una razón.

4. El actual autodenominado progresismo no deja nada, no hay herencia ni principios inspiradores que las nuevas generaciones puedan tomar como imaginario de emancipación.

Este gobierno resucitó (reforma mediante) a las AFP’s; salvaron de su extinción a las ISAPRES – “Ley corta” en la que la deuda millonaria de las ISAPRES mismas la terminarán pagando los usuarios–, se asumió el paradigma ultra-securitario exigido por la derecha, se canonizó como mártir de la democracia a Sebastián Piñera, se monumentalizaron golpistas en el frontis de La Moneda, se militarizó más que en ningún otro gobierno a la Araucanía, se estigmatizaron poblaciones emblemáticas de la resistencia a la dictadura como Villa Francia, en fin, el etcétera es larguísimo y para nada honroso.

Quizás, su única herencia, sea el hecho de que nos enseñaran que no hay ideología progresista en la pura prédica progresista. De lo que va es de inyectarle sustancia y sentido a lo que posteriormente implicará una disputa real por el poder de cara a adversarios en extremo poderosos. Lo que hemos vivido en Chile (y estamos viviendo) no ha sido progresismo sino “regresismo”.

Y me temo que desde aquí no se regresa; es solo un pasaje de ida.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Apoya al periodismo independiente! Sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran.
Únete aquí

¡Apoya al periodismo independiente!

Súmate, sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran. Así podremos seguir con los reportajes, crónicas y programas, que buscan mostrar la otra cara de la realidad, esa que no encontrarás en los medios de comunicación hegemónicos.