Humanidad: escenas de ocasión (sobre el nocturno de Cuba)
Humanidad: escenas de ocasión (sobre el nocturno de Cuba) | PIXABAY
Habría que partir por preguntar.
Si en este primer cuarto de siglo que ha visto surgir el monstruo de su primer genocidio en Gaza; cuarto de siglo que se resuelve en el auge de nuevos protocolos imperiales que amenazan la existencia de la democracia liberal con políticas, igualmente, de expansión y exterminio; o de nuevos proyectos protofascistas que –amparados por esa misma democracia liberal-representativa– amplifican sus discursos de odio, en fin; considerando todas estas evidencias que parecen construir una suerte de marco mitológico que llega y se agrega al devenir del mundo: ¿es posible hablar de humanidad? Entonces, ¿qué hay de humanidad en el encuadre global donde la crueldad se vuelve anárquica, la brutalidad entra en celo y la tachadura de lo alterno deviene el canon? ¿Hay humanidad ahí donde se decreta, como es el caso hoy de Cuba, una “crisis humanitaria” y entonces los países, con mayores o menores niveles de sinceridad, declaran su solidaridad por una cuestión de humanidad? ¿No se vuelve aquí la humanidad como tal una prédica aérea, fatuo, oportunista? O, al fin, ¿no es la humanidad misma una suerte de semántica bien criada que sirve como lubricante social a nivel planetario, despertando a las naciones del letargo de su inmensa egolatría para desplazarse entonces, así, sin interconexiones de ningún tipo, a una zona donde lo que reina es el supuesto reconocimiento del dolor del otro, de lo ajeno, de la alteridad que padece?
De este modo podríamos hablar de una humanidad secular, es decir, escindida de sí misma; dispuesta para la ocasión, mas sin densidad intrínseca. Una humanidad que puede destacar por su reacción, pero que no se desenvuelve en el plano de una ontología de lo profundamente humano. De cara a una crisis humanitaria, lo que va pasando es que las naciones y las alianzas se solidarizan en lo declarativo, semantizan “lo humanitario”, pretendiendo ser eco testamentario del amor a algo; se envían alimentos, medicamentos, pertrechos, petróleo (elementos vitales en el más estricto sentido de la palabra, por cierto), pero esto dista mucho de hacer frente –como ha sido más que evidente en la tragedia palestina– a la psicopatía de quienes tienen el poder de destruir a la humanidad propiamente tal: la de un pueblo, una etnia o un grupo humano cualquiera.
Aparece, en esta línea, algo así como una sinestesia. Es decir, confundimos sensorialmente (en este caso políticamente) humanidad con apoyo material, y llamamos “crisis humanitaria” a algo que solo podemos ver con distancia, desde la mirada de un “cómplice activo” que comulga con el sufrimiento del otro pero que, sin embargo, no habita en ese otro, solo lo ve, lo puede escenificar bajo una cierta mímica; pero esto no implica activarnos desde lo humano ni tampoco resentir a un otro que atraviesa por el dolor como parte de un yo que hace mundo. Y nos tranquilizamos con la idea del apoyo moral, somatizando nuestra fuerza de voluntad en “empatía” con el padecimiento extranjero, complacidos en una cínica humanidad que está lejos de serlo, porque si lo fuera significaría entrar en vibrato directo con la tragedia de lo alter-nativo. No somos más humanos porque ayudamos a 7 mil kilómetros de distancia.
No somos la atalaya de la humanidad, más bien somos el surco por donde fluye lo inhumano que confundimos, tal vez siempre –y para siempre–, con solidaridad a lo lejos.
Escribía T.S. Eliot en el poema Four Quartets: “La humanidad no puede soportar mucha realidad». Se refiere, claro, a la humanidad como género (el “género humano”), pero también a la humanidad como sentido de la consagración hacia el mundo; mundo que es el otro, el próximo; pero igual el lejano: la madre y padre gazatíes, el niño cubano que muere de hambre, la niña ruandesa que sufre la explotación brutal del trabajo infantil, el hombre y la mujer mapuche usurpados, en fin. La humanidad, entonces, según Eliot, se repliega cuando la realidad estremece y destruye; cuando el puntazo de la contingencia revienta vidas y pueblos. Y es así, no hay humanidad cuando la realidad se revela en toda su inconmensurable magnitud e inconcebible violencia.
Por supuesto que hay que estar con Cuba, apoyarla “humanitariamente”, presionar a EEUU y a sus matones para que bajen el deletéreo tinglado de amenazas arancelarias para aquellos que se atrevan a darle una mano a un país que está muy cerca de ser indexado a los “protectorados” de la potencia.
Cuba, país de mujeres y hombres heroicas/os; resistentes a las purgas externas e internas; que vive una decadencia en espiral desde hace décadas impulsada por un bloqueo demencial acoplado a su cotidianidad, pero, igual, que ha sabido de policías secretas y de la coerción a ser régimen; pueblo en donde la humanidad tomó la forma de una revolución que inspiró al mundo entero y que supo expulsar a la primera potencia del mundo de su hermosa isla; pueblo que ha sobrevivido a las persecuciones, encarcelaciones y exilio de poetas.
La humanidad se distancia de sí misma cuando el campo relacional global está definido por lo que aterra y muerde –y muerde de muerte y de colonización y de estados de sitio–. Sin embargo, y esto es una esperanza, al menos una por venir: “Existe en todos nosotros un fondo de humanidad mucho menos variable de lo que se cree” (Anatole France).
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La releí, de tan buena que me parece esta columna.