Opinión

Historia no es un monumento, sino preguntarse por qué debió sacarse

El monumento de Baquedano, más que la persona, se ha transformado hoy en la representación del poder y de lo que debe ser removido no tanto por lo que pudo o no hacer, sino por la obsesión de las instituciones con su permanencia en ese lugar de conflicto.


            

La gran controversia en torno a la figura del general Manuel Baquedano y su estatua en el centro de la hoy llamada Plaza de la Dignidad, no es tanto sobre su posición en la historia de Chile, su presencia en guerras, “pacificaciones” y su sucesión de dos días tras la salida de Balmaceda.  Eso pareciera no importar, no escucharse, no formar parte de lo que representa desde el estallido del 18 de octubre del 2019.

El monumento de Baquedano, más que la persona, se ha transformado hoy en la representación del poder y de lo que debe ser removido no tanto por lo que pudo o no hacer, sino por la obsesión de las instituciones con su permanencia en ese lugar de conflicto. Mientras más se reivindicaba y se volvía a pintar al general, más se lo atacaba, más atractivo era sentarse sobre él, rociarlo con distintos líquidos y pinturas, ya que su profanación parecía ser muy dolorosa para un relato patrio inmovilizado e inmortalizado en obras que no le hacen sentido a nadie, salvo a quienes creen que la soberanía del país radica en símbolos.

Los que defienden a Baquedano, realmente no lo defienden a él ni a su rol histórico. Y si lo hacen, solo es para justificar que la historia como algo pétreo, duro e impenetrable. Solo un concepto que baila de lengua en lengua sin un sentido real, sin sustancia ni contenido alguno. Algo que debe estar colgado en el living para dar un poco de altura intelectual a la casa. Sin embargo, la Historia con mayúscula es más que eso, es un proceso dinámico, crudo, penetrante y doloroso. Y eso es lo que estamos viviendo hoy en día con más fuerza.

¿Es por eso romantizable lo que pasa en el epicentro de las manifestaciones? Ciertamente no. Porque los fenómenos sociales son más complejos que un cuento que los glorifique o que los condene. Los procesos históricos duelen porque son un constante juego entre el cambio y la continuidad. Y eso es lo que presenciamos aún más agudizado. Es el cambio permanente de maneras de relacionarnos, de mirar de otra forma lo que mirábamos hasta la explosión, pero enmarcado en una continuidad de lógicas culturales e ideológicas que hoy solo se expresan de otra forma.

Esto no se está viendo. No se está entendiendo que lo “histórico” en todo este debate no es el objeto en sí de la disputa, sino por qué está siendo sacado del lugar en el que estuvo por mucho tiempo. Eso es en lo que un historiador medianamente serio debería preguntarse, observar, analizar e intentar concluir algo al respecto. Lo demás son llantos que tienen que ver con estética más que con la raíz de la problemática que está en el centro de la sociedad chilena estos años.

Vale la pena hacerse muchas preguntas antes de repetir discursos por un lado y monsergas de “expertos en urbanismo” por otro. La cuestión merece bastante más que una lucha entre la fealdad o hermosura de la ciudad. Es tratar de comprender por qué hay fuerzas en disputa que dieron como resultado una decisión que para algunos es lamentable, pero para otros no es nada realmente tan relevante.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.

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