Guardemos esperanza, algo bueno vendrá
«Cuando la fe mueve montañas (2002). Dos décadas después. Es el sugerente título de esta muestra, que a simple vista rememora varias cosas que se analizan en esta crítica de artes visuales.
Estamos como el
Amor que se echa a perder
Violando todo lo que amamos
Para vivir
Para vivir.
CHARLY GARCÍA.
El quiebre de la noción de comunidad se manifiesta desde lo personal a lo colectivo. Situaciones cotidianas; como cambiarnos de casa, de trabajo, romper lazos de amistad, dejar una pareja, o abandonar la ciudad o país donde crecimos, nos hacen recordar que la soledad nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. ¿Será el cambio lo único imperecedero?
Mientras caminaba y pensaba en formas de volver a casa –sí, tal Zambra en esa novela, donde lo afectivo y lo político se entrelazan con momentos históricos– dirigía mi rumbo hacia la inauguración de Francis Alÿs en PROA21; espacio experimental de Fundación PROA en el barrio de La Boca, ubicado en la caótica, hostil y contradictoriamente amable ciudad de Buenos Aires.
«Cuando la fe mueve montañas (2002). Dos décadas después. Es el sugerente título de esta muestra, que a simple vista rememora varias cosas. 1) Aunque el mal de los millennials nos impide comprenderlo: ¡el 2002 fue hace más de veinte años! 2) Esta icónica pieza probablemente será recordada como una de las últimas expresiones utópicas que pudimos ver en el siglo XXI. 3) Y no por eso menos importante, es que aún somos capaces de observar con admiración y creer en la bondad del ayer. Además, al igual que en su versión original, presentada en la III edición de la truncada Bienal de Lima, esta propuesta cuenta con la curaduría de los mexicanos Cuauhtémoc Medina en colaboración con Rafael Ortega.

Chau loco, este tema… se va en fade.
En la vida nada es lineal: tras una pausa en mi camino producto del tremendo evento canónico que significó encontrarme con Marta Minujín cerca de PROA21, –cabello rubio platinado, gafas oscuras y zapatos medianamente altos que entorpecían su transitar por los adoquines– ingresé finalmente a ver aquella obra clásica entre sus contemporáneas, que había estudiado durante mis primeros años de universidad.
Hoy parece increíble que más de 500 personas, voluntarias y sin remuneración, se reúnan por el simple placer de colaborar. Todo se vuelve aún más imposible si pensamos que la invitación dirigida a estudiantes de la Universidad Nacional de Ingeniería solo explicitaba que se trataba de un proyecto de desplazamiento geológico lineal. La propuesta era la siguiente: A punta de pala se movería una duna. La heroica promesa también contemplaba un registro en video realizado desde un helicóptero, el cual inmortalizó lo que fue, tal vez, el mínimo desplazamiento posible, pero con grandes repercusiones simbólicas producto de la hazaña logística.
De este modo, somos testigos a través de videos, fotografías, bocetos, pinturas y –en mi opinión, lo más importante– testimonios en voz de algunos de sus participantes, de un acontecimiento que invita a cuestionar hasta dónde la voluntad humana puede modificar aquello que muchas veces creemos inamovible. Más allá de ser una acción realizada por mero “amor al arte”, estamos ante una movilización física que carga con el simbolismo de un país golpeado política e ideológicamente. Recordemos que el desastre que rodeaba la estructura social peruana seguía presente hasta en los últimos meses del gobierno de Fujimori; la energía de cambio se mantuvo, sobre todo en las Universidades, aunque en este proyecto también participaron al menos 250 pobladores de las comunidades aledañas, en señal de compañerismo y solidaridad con el artista belga y su equipo.

El 11 de abril de 2002 en Ventanilla, a las afueras de Lima, cientos de estudiantes se reunieron formando una línea, cavando mientras avanzaban lentamente hasta mover la duna diez centímetros de su ubicación original. Y sí, como dijo Alÿs, no fue la distancia lo que importó, sino el contexto en que se gestó esta propuesta.
Cuando la fe mueve montañas,fue el reflejo del espíritu de resistencia que latía en sus habitantes y de la potencia que puede llegar a tener la viralización de un acontecimiento en su circulación mediática, incluso cuando en 2002 no contábamos con la inmensa capacidad de difusión que poseen hoy las redes sociales.
Francis Alÿs mencionó: «Estuvimos allí para la última Bienal de Lima, en octubre de 2000, un mes antes de que la dictadura de Fujimori finalmente cayera. La ciudad estaba agitada. Había enfrentamientos en las calles y el movimiento de resistencia se fortalecía. Era una situación desesperada, y sentí que requería de una ‘respuesta épica’, a la vez inútil y heroica, absurda y urgente. Sugerir una alegoría social en aquellas circunstancias me parecía más adecuado que emprender cualquier ejercicio escultórico».
¿Un chico conectado con la ciencia…?
Y definitivamente lo fue. Esta pieza es y será fundamental al momento de establecer cualquier tipo de diálogo en torno a las crisis sociales y sus modos de representación en el arte contemporáneo. Asimismo, funciona como piedra angular en la idea de construcción y apoyo comunitario, la movilización –física y poética– como fuente de lo que veríamos activarse durante los años venideros en otros países de Latinoamérica.
Pero, ¿qué ocurre veinte años después? Sería bastante triste pensar que la respuesta sigue siendo la misma: «Máximo esfuerzo, mínimo resultado». Tal vez en algún momento esto dejará de ser así. Lamentablemente, no lo fue hace veinte años y tampoco lo es hoy.
El tema sigue siendo tan relevante como lo fue entonces, porque seamos honestos: las dictaduras continúan, la desigualdad, el desempleo y el abuso hacia el pueblo persisten. Más allá de mi evidente predisposición hacia el optimismo, está claro que la sociedad es cada día más individualista. ¿Qué sucedería si levantáramos esta misma iniciativa en 2024? Francamente el escenario no parece tan próspero en términos de compañerismo, y no se trata de pensar que “todo tiempo pasado fue mejor». Las dictaduras latinoamericanas nos dicen que no lo fue.

Tendríamos que ser bastante cínicos si pensamos que un proyecto de estas características podría concretarse ahora, más aún si consideramos las dificultades que enfrentaron sus organizadores en ese momento. La idea de un mundo perfecto y colaborativo, todos tomados de las manos y cantando, como en la fantasía simpsoniana del mundo sin abogados de Lionel Hutz, se fue al carajo.
La propuesta de Alÿs nos demuestra que, en algún momento tuvimos esperanza, creímos en algo y luchamos juntos en medio de panoramas complejos y totalmente adversos.
Pero eso es exactamente lo que se ve y es cada vez más lejano; en el fondo, Charly García ya lo vaticinaba en «Total Interferencia», canción de su álbum Piano Bar, que justamente este año celebra cuatro décadas desde su lanzamiento.
Contrariamente a lo que esperaríamos, en 2002 aún nos quedaba algo de fe. Nos ayudaba a imaginar y concretar cosas que parecían imposibles. Pasaron más de veinte años, ocurrieron muchísimas cosas, y la sociedad finalmente se cansó. Dejamos de ayudarnos, cada cual trata de salvar su pellejo como puede. Para no ir más lejos, el cielo se entristece cada vez que se transmite la voz del gobierno desquiciado de Milei. No sé si se puede estar más lejos de la utopía.
Por lo mismo, es tan esperanzador y refrescante poder ver nuevamente la obra de Alÿs, sobre todo en el contexto argentino, visto desde mi perspectiva siendo chilena. Este proyecto fue y es capaz de recordarnos ese tiempo no tan lejano, cuando la fe y la colaboración aún podían mover montañas. De todas maneras, podemos soñar; guardemos algo de esperanza en el bolsillo porque no está todo perdido y algo bueno vendrá. A veces simplemente necesitamos caminar un poco más para poder reencontrarnos con aquello que alguna vez llamamos comunidad
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



¡Bravo Tatiana! Fantastica «corresponsal de guerra». Un fuerte abrazo!!!
Muchas gracias Rita! Te adoro y te mando un abrazo gigante!! 🙂