Opinión

Gaza es el acontecimiento que se repite

Este texto se lo debo a una conversación con Rodrigo Karmy.

Le decía que no podía escribir sobre lo que pasa en Gaza. Que en tanto comenzada una línea ahí me quedaba, paralizado; sin poder darle curso a una idea porque era demasiada la exuberancia de la crueldad. Que intentaba escribir y la tristeza encontraba en el genocidio una frontera; un muro infranqueable que no podía atravesar y, entonces, lanzarme con una escritura. También porque aparece una cierta vergüenza, una zona donde el decir se ruboriza a la luz del horror extremo y que no es inmediatamente el mío, al menos en espacio y tiempo. Pero volví a esa antigua anáfora en la que se consagra un texto: el dolor de uno puede ser el dolor del mundo y el mundo el dolor de uno

Mundo como contingencia que lo contiene todo: el amor y lo abyecto, el calor de un abrazo y una bomba que se lanza, una mano que se extiende y una mano que se mutila, el tierno rojizo en las mejillas de una hija que juega en un día soleado y la última mirada de una madre que ve morir de hambre a su hijo entre escombros, en fin: el mundo como todo aquello que se siente y resiente entre la vida y la muerte.

Después de esa conversación, pude escribir sobre Gaza.

Tiempo

El genocidio es el acontecimiento que se repite; es la independencia del contexto, lo aleatorio de lo mismo que repercute coronando una temporalidad insuperablemente extraña. 

Porque el acontecimiento –no importando la tradición filosófica desde donde se lea– siempre es lo único, lo irrepetible, lo absolutamente singular; jamás se ve venir, es imponderable, sin rostro; es lo otro radicalmente otro que no tiene medida, sin embargo, agrieta el continuo. Así, ese mundo queda dislocado y el instante se vuelve anárquico, ingobernable e irá siempre de un “exceso del porvenir en el porvenir” (Catherine Malabou). Lo que quiere decir que ahí donde todo queda estremecido por el acontecimiento, desarticulado y sin explicación, lo que se abre en ese momento de total indeterminación, es un porvenir desmesurado. Nadie sabe lo que pasará después de la muerte de un hijo, de un enamoramiento fulminante, de un cataclismo en cualquiera de sus formas, no importa; solo queda la parálisis de cara a lo que viene, la destrucción del porvenir, por lo tanto, su exceso. El acontecimiento es “un tajo que corta el sentido”, lo explicaba Barthes pensando en el haikú e, insistimos, solo tiene lugar una sola vez, no vuelve y es alérgico a la repetición.

Situación

La radical extrañeza es que el genocidio es el acontecimiento situado, por lo tanto no solo invierte sino que en su descomunal potencia entra en desacato con esa singularidad total y lo vuelve repetitivo, cotidiano, sistemático. El genocidio hace que el acontecimiento ya no sorprenda como tal, no encandila ni es el devenir que pasa solo siendo. Por el contrario, el devenir se vuelve predecible, ya no hay locura ni precipitación en él, solo previsibilidad en relación a lo que va a suceder. Y esto porque el genocidio transformó el tiempo, o lo detuvo; a lo más, tal vez, “construyó” un acontecimiento a lo largo de los años mas todo lo que lo era inmensurable ahora es detalle conocido, orden tanático, pulsiones coordinadas y efectos siempre preconcebidos.

El acontecimiento ya no es sorpresa porque la máquina genocida ritualizó el horror y, aunque depurando sus técnicas y generando asombro por la potencia imaginal que habita en la destrucción, ya no hay devenir como lo implanificable; se estancó el día, se perpetuó la noche y las vidas saben convivir con el acontecimiento de la muerte como algo común y corriente, algo siempre ahí

Es tal la fuerza del pulso genocida, tal su vocación al exterminio que transforma al acontecimiento en secuencia, en coordenadas anticipables o en protocolo reconocido. Y si bien nos pueda generar tristeza ver a miles de niñas y niños palestinas/os muriendo de hambre, tampoco es tan sorprendente como estrategia de la máquina exterminadora. El hambre se infiltra, no es espontánea, es un agente del sionismo que se disemina dentro de un marco planificado. El hambre es un topo; un dispositivo que funciona como asesinato en liberación prolongada; no mata de inmediato sino que se va viendo morir –las redes sociales lo permiten seguir en “vivo” o en “diferido”–. 

Es otra técnica de la aniquilación que, de la misma forma, la vivieron los judíos de Europa en manos del nazismo. El hambre mata por espaciamiento, por dilación, mata en el tiempo, uno breve, pero en él. 

Nada acontece

Entonces el acontecimiento de la muerte ya no es tal. Se ve morir de hambre, seguimos el proceso, anticipamos los efectos. Lo imponderable desaparece y la muerte misma reina en el perímetro de un siempre-ahora que, aunque nos cause tristeza, genera una distancia inconmensurable entre los que no estamos siendo exterminados y los que sí. Ese otro que muere no soy yo, aunque sí es el mundo; cada niña palestina bombardeada o desnutrida es la muerte de todo el mundo, a cada instante, frente a nosotros aunque no estemos presentes. Porque el mundo es todo lo que consideramos otro, alterno, vivo o muerto. 

Los otros de Gaza son vivos y muertos

«[…] cada hora cuenta su holocausto», escribía Jacques Derrida en Schibboleth. Y la frase es terrible, inmensa pero, tal vez, sirva para pensar no solo lo que hoy ocurre en Gaza, sino que lo que deviene mundo. Este pasaje, escrito por un judío, nos lleva a entender que la palabra “holocausto” no le pertenece a ningún pueblo –por eso Derrida escribe “holocausto” con minúscula y no en mayúscula como se le atribuye al “Holocausto” judío–, el exterminio no es patente adquirida por una precisión histórica y aquellos que padecieron un holocausto también, y es la evidencia, pueden “administrar” uno; sí, el holocausto se administra, se monitorea y por más irracional que nos parezca es un “asunto” que se define en oficinas ovales, en burós herméticos y requiere de burocracia. Entonces el cada hora cuenta su holocausto es también el segundo a segundo del acontecimiento de la muerte que se vuelve ahora politécnica y que requiere de funcionarios de Estado. 

Así el genocidio es el acontecimiento que se repite; aquello que era lo imposible mismo se vuelve ahora el rito cotidiano.

En el latín tardío holocaustum, quería decir “sacrificio con quema de la víctima”. Hoy en Gaza el holocausto y el genocidio quema con bombas, quema con misiles, quema con pistolas pero, igual, quema con hambre y crueldad patética.

El tiempo del acontecimiento es el tiempo de Gaza, aunque todo esto sea una brutal locura.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.

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