Galería Aninat: Irina Karamanos entre Merluzo y Pulpo
Se echaban de menos los camarones y el ceviche, pero en su ausencia hubo harto copete para agasajar a coleccionistas, Pepes Cortisonas, Doñas Tremebundas, Yayitas, viejas estiradas con cara de pescado desbordante de bótox y galeristas camelleras que se dejaron caer por la boutique de Alonso de Córdova.
Después del quiebre sentimental con el Presidente, Irina Karamanos fue en búsqueda de otros frutos marinos a Vitacura. Mientras se rumoreaba que Merluzo remojaba cochayuyo en la Reina con una linda pescadita del sector, Karamanos andaba en otra. En compañía de su amigo Enrique Rivera, director del MIM nombrado por ella cuando se dedicaba a desarmar el poder desde adentro, hacían los preparativos para su nuevo emprendimiento. Se trata de Pantallas Blandas, exposición de Mariana Najmanovich inaugurada en galería Aninat el jueves pasado.
Se echaban de menos los camarones y el ceviche, pero en su ausencia hubo harto copete para agasajar a coleccionistas, Pepes Cortisonas, Doñas Tremebundas, Yayitas, viejas estiradas con cara de pescado desbordante de bótox y galeristas camelleras que se dejaron caer por la boutique de Alonso de Córdova. La presencia de Karamanos no fue tema para quienes disfrutaron la velada; el foco estaba puesto en la artista y su obra. Cuando Tito Noguera, los Piñera o el Manguera son avistados en El Chiringuito de Zapallar, nadie se impresiona de su aura farandulesca. Entre la gente como uno todos nos conocemos, y se nota cuando llegan los rotos: son los primeros en pedir fotos o autógrafos.
Al día siguiente fui a preguntar los precios, tentado por una pinturita que adornaría muy bien el quincho mi tía Toya, pero el hombrecito de la recepción no me pudo entregar la información por orden de la dueña del local y su hija. Había olvidado que no es decente hablar de plata en público como los rotos de La Vega que anuncian el precio del choclo a grito pelado.
La sala principal de la boutique albergaba menos de veinte piezas, montadas sobriamente y con la debida distancia entre cada una, con elegancia y sobre todo, recato. Saben los entendidos que menos, es más, cuestión que agradecen los hijitos e hijitas de sus papás, porque se ve rasca cuando esas boutiques de arte parecen ferias de las pulgas o turqueríos. La selección fue acotada a las dimensiones del espacio, lo que demuestra que Karamanos y Rivera hicieron bien la pega. El texto de sala era pulcro, conciso y daba cuenta apropiadamente de lo que la artista pensó cuando hizo sus obras. Se nota que fue escrito con esfuerzo y pasión (por el arte).

Quizás, la única falencia de la muestra es que las pinturas navegan en la delgada frontera entre la cita pictórica, la copia, y ser manilarga. Es evidente el parecido de algunas de ellas con la característica pincelada veloz y sintética de la pintora Natalia Babarovic, a quienes varias y varios nóveles artistas quieren imitar, y algunos coleccionistas terminan comprando porque de amarretes no les alcanza para adquirir un Babarovic original.
Por otra parte, el discurso que fundamenta la exposición adolecía de moralismo y ceguera histórica, cultural y política, ya que pretendía hacer visible un tema en boga y aparentemente “novedoso”, pero que es más viejo que el uso de la concha de loco como cenicero. Karamanos, Najmanovich y Rivera aludían a la deshumanización producida por la inteligencia artificial, la tecnología y otros males del sistema capitalista que se enchufan o se conectan a WiFi.

Cabe allí preguntarse, en primer lugar, si acaso la deshumanización es algo que se debe condenar y algo que está ocurriendo exclusivamente hoy. También resulta confuso que se refieran a la tecnología como un asunto actual, y no a un motivo que se remonta a los inicios del desarrollo evolutivo, cuando al ocupar las manos y la cabeza para darle usos relativamente sofisticados a los objetos disponibles en la naturaleza, algunos macacos superdotados se hicieron más sabios y se distinguieron de sus ancestros primates hasta que llegaron a conformarse como una especie diferente llamada Homo Sapiens.
La artista y la pareja de curadores no entiende que la deshumanización empezó cuando esos trogloditas descubrieron que sus inventos servían para aniquilar a los miembros de su misma especie. La historia de la humanidad está escrita con sangre. Es una historia inhumana donde los límites entre civilización, barbarie y animalidad son difusos. Lo que ha ocurrido históricamente, es que mientras la tecnología va evolucionando, también se hacen más sofisticados los mecanismos de tortura, muerte y aniquilación masiva. Pareciera que Najmanovich, Rivera, y Karamanos –egresada del Liceo Alemán y la Universidad de Heidelberg– no leyeron filósofos alemanes como Heidegger, Adorno, Walter Benjamin o Hannah Arendt cuando estudiaron, o si es que los leyeron, lo hicieron a la rápida para pasar de curso y tener tiempo para zambullirse en las paradisíacas playas de Zapallar, Cachagua, Maitencillo o Tunquén.
Heidegger fue muy cauteloso al estudiar la tecnología como fenómeno inherente a nuestra especie, tanto así que llegó a formular que el sujeto moderno situado a su tiempo y espacio es, fundamentalmente, un sujeto que llega a ser persona cuando se da cuenta que la naturaleza está a su disposición y puede explotarla a través de sus invenciones. En la medida de que dichos inventos se perfeccionan, el sujeto se hace más humano y es capaz de pensar más calculadoramente al poder realizar representaciones abstractas de su entorno.
Para la pesca del jurel, reineta y merluza resulta más eficiente un barco de arrastre que los artilugios caseros de los humildes pescadores artesanales, como bien lo sabe la familia Zaldívar que tiene la escoba con los recursos naturales y ha empobrecido sistemáticamente las costas chilenas a través de sus empresas. La ambivalencia ética, ontológica, moral y política de la tecnología, es que nos hace cada vez más humanos, pero al mismo tiempo puede deshumanizarnos.
Así lo entendió Heidegger después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se arrepintió de haber adherido a los ideales del régimen nazi, porque se dio cuenta de que la tecnología mezclada con la crueldad y la ambición desmedida de los seres humanos sirve para exterminar personas, familias y ciudades enteras de un paraguazo. Aunque tampoco hay que ser tan mateo, no es necesario pasar por la biblioteca, con ver clásicos del cine norteamericano basta: lo mismo fue magistralmente ilustrado en 2001. Odisea en el espacio de Stanley Kubrick.
Las piezas que están a la venta en la boutique de Isabel Aninat, administrada por su hija casada con el senador Cruz Coke van por otro río, y dejan a la artista junto a la parejita de curadores como marineros de agua dulce. Si bien, la exposición está correctamente planteada y bien ejecutada, se puede discrepar sanamente de las ideas de sus autores. De todas maneras, se trata de personas que se manejan en el oficio, aunque remando mar adentro con mayor agudeza es notorio que podrían haber sido más rigurosos en su planteamiento crítico. Aquí lo que sale a flote, es la pertinencia de los curadores en ese espacio, ya que es a todas luces impresentable que se pongan al servicio de una empresa de decoración de interiores que viste los livings de las regias mansiones que se pueden ver en los balnearios más exclusivos del litoral central.
A diferencia de lo que se ha encargado de difundir la prensa de oposición, no es cuestionable en absoluto que Karamanos se ande luciendo de curadora de arte. Incluso estuvo una breve temporada en la carrera de artes visuales en la Universidad de Chile, donde quienes la vieron pasar por los pastos recuerdan que se creía el hoyo del queque. Además, cualquiera puede ser curador en un país y un campo del arte plagado de chantas, timadores y pulpos, como lo ha demostrado un traficante de obras y libros nacido en San Rosendo. Después de finiquitado su idilio con Merluzo, y por lo tanto, terminada su relación contractual con el Estado, puede hacer lo que se le de la regalada gana.
Lo que si resulta escandaloso es que Rivera –designado como director del MIM cuando ella conservaba la investidura de Primera Dama de la República y aún no desarmaba el poder desde adentro–, tenga sus tentáculos puestos en Vitacura en lugar de ocupar el tiempo en desempeñar el cargo público por el que se le está pagando un sueldo suficiente para dedicarse exclusivamente a eso. Rivera es lo que en argot portuario se entiende como Pulpo: un sujeto al que le faltan manos para agarrar más.
Todo este mariscal de copuchas me recuerda a una crónica de Pedro Lemebel, que leí hace ya varios años, mientras estaba guata al sol en la Playa de Las Cujas. La misma escena publicada en la columna Ojo de loca no se equivoca, en el extinto medio La Nación Domingo, estaba sucediendo a metros de mi ombligo: la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas, remojándose las bolas y el choro en ese mar donde tranquilos se bañan. Somos el mejor país de Chile, administrado por sus propios dueños.
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