Fotos sin pueblo

La última versión de la foto sin pueblo, sin duda, se expresa en la campaña del Rechazo: en que en cada foto que sus adalides se toman están siempre solos repartiendo (falsos) volantes, casi buscando gente con la que posar. En sus singulares lugares no hay pueblo, tampoco paisaje, el frenesí de la multitud está ausente: incluso, en la reciente foto de presentación de la campaña de “Centro izquierda por el Rechazo” solo estaban ellos, los individuos partícipes de la campaña reunidos.

Seguramente, la fotografía de un Piñera solo posando en Plaza Dignidad en 2020 expuso, a la luz del día, lo solitaria que está la oligarquía dominante. Los pueblos poblaron dicha plaza por meses, destituyeron el orden que 1973 había cristalizado en una Constitución y que 1988 consolidó como pacto oligárquico. Los pueblos transfiguraron los nombres de Chile. Lejos quedó “Plaza Baquedano”: desde ahora será “Plaza Dignidad”. Los monumentos de todo Chile fueron derrumbados. Desde los colonizadores españoles hasta los militares de la República. Todos reventaron en la fuerza popular. Multitudes transitaron por todas direcciones, casi sin rumbo, en devenires sin fin que pugnaban contra la policía que, de inmediato, apareció para resguardar el Olimpo del Capital.

Pero Piñera solo pudo asistir a “Plaza Dignidad” después del oleaje. Cuando la pandemia justificó al gran encierro pandémico y la revuelta se vio obligada a entrar a casa. La casa de cada uno devino la totalidad del mundo y solo ahí, en el masivo intento de aislamiento de todos, Piñera pudo asistir a “Plaza Dignidad” para posar en una fotografía.

En su momento fue considerado una afrenta. Los pueblos guardados en las casas y el Presidente posando como si de una conquista se tratara. Conquista que urdió bajo la doble intensificación de dispositivos securitarios y biomédicos que aceleraron el proceso de deslegitimación del propio orden político e institucional abierto por la revuelta. Conquista, además, cuya fotografía mostraba el proceso por el cual “Plaza Dignidad” parecía revertirse, en la misma instantaneidad de la foto, en “Plaza Baquedano”. Sin embargo, dicha “conquista” expone algo feroz: la de Piñera es una fotografía sin pueblo. “Plaza Dignidad” está deshabitada y, precisamente por eso, el Presidente puede conquistarla. En rigor, se trató de un simulacro totalmente fallido de conquista, performance trunca que en su misma exposición mediática reveló su imposibilidad de restitución.

Pero la foto de Piñera no puede considerarse un hecho aislado, sino más bien una fotografía de la propia oligarquía chilena, de su posición de clase que, tradicionalmente, cree habitar un “oasis” (la expresión es de Jaime Eyzaguirre que luego usó inconscientemente Piñera días antes de la revuelta de octubre), minoría atrincherada en Santiago, al interior de barrios que, históricamente, van huyendo del fragor de los pueblos. No han sido los pueblos los que han huido, sino la oligarquía: en las últimas décadas, hacia los cerros cordilleranos erigiendo con sus casas verdaderas atalayas desde las que se ve “hacia abajo” toda la ciudad. Importante declinación urbana la que se produce: el “arriba” o “abajo” son las formas de relación social más básicas del país. País de cerros en los que la relación con el otro o bien se da hacia “arriba” o hacia “abajo”, pero nunca de manera horizontal. País de cerros, pero, sobre todo, de una rigidez estamental que hace que la foto de Piñera muestre, como una cifra histórica, una imagen que condensa en la forma de un álbum familiar en que los apellidos, familias y modos de ejercicio del poder se repiten infinitamente.

Estar solo en Plaza Dignidad de un Presidente sin dignidad; he aquí la cuestión clave que exhibe la ilusión de ser una “excepción” respecto del “resto”. Excepción respecto de América Latina, de los “rotos”, “indios”, “flojos”, epítetos vastamente conocidos en nuestra jerga nacional. Solos, pero no abandonados; aislados, pero no a la intemperie. Los poderosos del Reyno de Chile aspiran ser una “excepción” que resalta en medio de un barrio (le dicen “barrio” al continente) que califican de siempre poco amable, quizás, demasiado “indio”, muy “bolivariano”. Siempre se trata de estar solo, en una foto que exhiba la figura aislada sin pueblo.

En las páginas sociales, los apellidos se repiten, los cuerpos aparecen abrazados consigo mismos (nunca con otros), ensimismados en sus fundos, profundamente provincianos, a pesar de su aire “cosmopolita” del que pretenden dar cátedra al decir que “Chile es el único país del mundo que…”. Excepcionalismo barato, retórica de una blancura que no es tal y que hoy se les ha ido de las manos: el bello cuadro hacendal –que supuestamente proveyó de “estabilidad” y “paz”–, esos términos inertes que gustan de la oligarquía, ha sido inevitablemente manchados. Justamente, la energética oligárquica, aquella que percibió Portales de manera fina bajo la expresión el peso de la noche reduce todo lo viviente, su pulsación, devenir y crecimiento, a la inercia. Los seres humanos, pueblos y naciones, han de concebirse inertes, tan pasivos como las piedras o montañas que nos rodean.

De ahí que solo la oligarquía tendría el suficiente carácter activo para ejercer el gobierno, para instaurar poder. El pueblo no, la oligarquía sí, el primero es visto tan “vicioso” como la barbarie, el segundo tan “virtuoso” como la civilización. El arte de gobierno que ensambló a la República de Chile fue el “portaliano” irrigado por el ministro que actuó en las sombras, zona de excepción permanente en que la facticidad del poder oligárquico podía actuar saltándose todas las formas legales sin necesariamente destruirlas. El excepcionalismo chileno, tan propio de la oligarquía hacendal de tipo “portaliana”, fue siempre el de las fotos sin pueblo.

Solo individuos, a veces “genios”, pero siempre pequeñas islas sin colectivos; no conocen los olores, sudores, el revoloteo de la multitud sino bajo el espectro de un caos, de la “anomia” (como les gusta denominarla ahora) como un asunto de índole “delincuencial” que interrumpe su “estabilidad” y “paz”, que quiebra su inercia. Ellos son individuos, solo individuos. A lo más “familias”. Pero no existe ahí comunidad; o si existe, esta es solo la de los semejantes, aquella que constituye una fratría que intercambia negocios, matrimonios, liturgias desde las que se ha logrado concentrar fuertemente el poder económico y político. La última de sus “constituciones”, la de 1980, expone la individualidad bajo la dúplice forma de “autoridad” y “libertad” en la que el centro antropológico es la “persona” (no las comunidades, naciones, pueblos, en plural), sea la persona aislada del libre cambio neoliberal como la persona solitaria del autoritario poder político (el Presidente).

La última versión de la foto sin pueblo, sin duda, se expresa en la campaña del Rechazo: en que cada foto que sus adalides se toman están siempre solos repartiendo (falsos) volantes, casi buscando gente con la que posar. En sus singulares lugares no hay pueblo, tampoco paisaje, el frenesí de la multitud está ausente: incluso, en la reciente foto de presentación de la campaña de “Centro izquierda por el Rechazo” -según muestra el propio diario La Tercera del día domingo 31 de julio de 2022- solo estaban ellos, los individuos partícipes de la campaña reunidos.

No está el “resto”, no pervive el suburbio de la multitud que alienta y propone. Todo contrasta, por supuesto, con las fotos de la campaña del Apruebo que se ha forjado con mucho esfuerzo desde cada rincón del país, casi sin presupuesto y donde cada lugar, cada paso de campaña, está habitado por multitudes. No hay individuos aislados, sino pueblo; no hay desiertos detrás de sus figuras, sino mayorías. Desde el acto de Maipú hasta el de Talca, desde el norte al sur, el Apruebo es poblado de multitudes. 

La campaña del Rechazo no puede sino exponer a la luz del día lo que ha sido la República portaliana: una República de la “excepción” gobernada por aquellos que creen ser una “excepción” y que conciben al poder solo bajo la forma de la “excepción”; pueden mentir, iniciar una campaña antes del plazo legal, estafar a un país completo, instaurar una dictadura, matar a miles de chilenos y, sin embargo, permanecer en la impunidad. A lo más, al ejercer la “excepción” permanente, pueden ser condenados a clases de ética y, aún así, llamarse “centro-izquierda”.

Pero, más allá de intentar situarse tácticamente como “centro-izquierda” –para identificar al Apruebo como “izquierda” y promover su “terror”- lo cierto es que sus fotos siguen siendo sin pueblo. Y lo son porque en la ausencia de pueblo se revela su desprecio: detestan al pueblo, lo odian, porque solo lo conciben como masas inertes sin agencia ética ni política. Solos, aislados, monarcas de su propio fundo, sus fotografías siguen siendo pequeños cuadros para decorar al trono que hoy se expone radicalmente vacío y que ellos, desesperados, están intentando ocupar. El monarca es uno solo y, para ellos, debe ser siempre uno solo porque justamente ha de estar sin pueblo. Tal como Piñera, el “indigno” Presidente, en su fotografía de “Plaza Dignidad”.

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