Opinión

Felipe Kast y los moralistas que dicen no serlo

Independientemente de las consideraciones que uno pueda tener de la labor parlamentaria de Kast, deberíamos preguntarnos si realmente es justo pedirle a una persona que se comporte de acuerdo a lo que uno quiere que lo haga, aduciendo que no ha hecho lo que se cree que debería hacer de acuerdo al lugar en el que se mueve políticamente. ¿No es acaso una forma de moralismo disfrazado de exigencia de coherencia hacia el otro?

Un video en el que al parecer el senador Felipe Kast aparece con una mujer trans en su automóvil, ha provocado un sinfín de bromas, de defensas y juegos de empate que nos hablan bastante del estado de las redes sociales.

Mientras unos guardan silencio, otros salen a bajarle el perfil a lo sucedido, y los más felices sacan provecho de una situación personal con tal de recriminarle al parlamentario la diferencia entre su conducta pública y la personal.

Estos últimos han dicho que no les molesta que haya salido con una mujer trans, sino que lo que les incomoda es que él, viniendo de un sector conservador, aunque se autodenomine liberal, no haga lo que hace en público privadamente.

Independientemente de las consideraciones que uno pueda tener de la labor parlamentaria de Kast, deberíamos preguntarnos si realmente es justo pedirle a una persona que se comporte de acuerdo a lo que uno quiere que lo haga, aduciendo que no ha hecho lo que se cree que debería hacer de acuerdo al lugar en el que se mueve políticamente. ¿No es acaso una forma de moralismo disfrazado de exigencia de coherencia hacia el otro?

Es muy curioso porque quienes disfrutan esta situación lo hacen diciendo que en el fondo no lo hacen. Señalan que no están contentos con lo que sí lo están, sino que lo que les llama la atención es el llamado “doble estándar” del que sufriría solamente una especie, aquella a la que algunos llaman “la clase política”.

Otra pregunta que nos deberíamos hacer es si esa supuesta doble actitud (uno podrá tener diferencias políticas radicales con el personaje, sobre todo con cómo trata de establecer mentiras como si fueran verdades) vulnera asuntos públicos importantes. Y la verdad es que no. No lo hace.

Como toda actividad humana, la política necesita de acciones públicas y privadas. En estas muchas veces hay ciertos claroscuros, ciertas contradicciones que no afectan necesariamente el actuar público. Y siempre que no se estén transgrediendo la ley ni la ética como civil ni como autoridad, las relaciones, establecidas entre personas adultas, no deberían por qué concitar interés en quienes no las protagonizan.

Es cierto, siempre hay un morbo al respecto a lo que se dice en cámaras y se hace detŕas de ellas. Pero si somos un poco más honestos, descubriremos que algo que suena como virtud en las palabras, puede ser un desastre en los hechos.

La incesante búsqueda de la transparencia y el asesinato del reverso de las acciones públicas, ha eliminado todo pensamiento complejo, ha convertido la lucha por la emancipación en una mala caricatura, y hecho de personajes como Donald Trump o Jair bolsonaro el epítome de la “sinceridad”, de la “consecuencia”, para unos, y de la “indecencia” y de la “vulgaridad”, por otros, transformando la política y los proyectos en factores inexistentes en el debate, donde la confrontación ideológica se diluye.

Las acusaciones hacia Felipe Kast no forman parte de una discusión de paradigmas; son una batalla de emplazamientos de parte de quienes no se dicen moralistas, para que el senador sea el moralista que ellos creen que es.

Es exigirle consecuencia al adversario, incluso en lo que no se está de acuerdo con él; es decir, una discusión que no nos lleva a ningún otro lado que no sea una catástrofe intelectual de grandes dimensiones.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.

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