Estallido presidencial: La historia de un niño que reventó al presidente
Estallido presidencial: La historia de un niño que reventó al presidente
Un niño hizo estallar al presidente. Lo sacó de quicio, si acaso tiene alguno. Deformó sus modos y lo expuso directamente. Ningún simulacro fue suficiente, ninguna sugestión se atisba si el poder es desarmado por un niño. Un niño “octubrista”, que sin decir palabra, tan solo con quitarle el saludo —hacerle “un Caszely-Bielsa”— exhibió el vacío no solo del gobierno y su noción de orden, sino el vacío sobre el cual pretende sostenerse el Estado chileno mismo.
Porque de eso se trata esta escena. No solo del modo en que el presidente queda en ridículo frente a un niño, sino del modo en que la noción de orden de carácter “portaliano”, cristalizada en el pacto oligárquico de 1980-2006, queda al desnudo y como vacío. “Orden portaliano” es la expresión que el presidente ha defendido cada vez que trata de ofrecer un discurso un poco más erudito a su aplanamiento retórico. De pocas palabras, de pocos discursos, pero cuando se requiere uno, Portales está disponible para resaltar su noción de orden que se pronuncia con un pobre boato y, sin embargo, al modo de una forma ideal, inmaterial, espiritual. Un orden que el largo pensamiento oligárquico chileno no ha dejado de hipostasiar en la forma de un mito que, por serlo, aparece invariante al modo de una sustancia, un presupuesto ontológico que, como tal, estaría dado, existiría de suyo a pesar de todas las contingencias de la historia.
«Un niño “octubrista”, que sin decir palabra, tan solo con quitarle el saludo (…) exhibió el vacío no solo del gobierno y su noción de orden, sino el vacío sobre el cual pretende sostenerse el Estado chileno mismo».
Ahora bien, la noción portaliana del orden supone algo decisivo: el gesto de estrechar las manos. La acción de “dar la mano” es de “hombres” —se dice en Chile— “adultos”, si se quiere: ciudadanos “serios” que no celebran fiestas ni malgastan recursos. “Dar la mano” es un gesto que territorializa y traza un espacio, sitia un sitio: sea un acuerdo, un pacto, un contrato; el estrechar las manos implica sellar un orden. De este modo, advertimos que el orden no preexiste a su sello, sino que se configura en el acto mismo que lo instaura. En este sentido, el orden no es una sustancia, sino una producción política que tiene lugar cada vez que la policía conmemora el acto por el cual la república ha surgido a partir del estrechamiento de manos.
A diferencia del mitologema oligárquico que concibe al orden portaliano como una sustancia, una instancia que funciona como presupuesto de toda la vida cívica, invariante que rige la distribución (natural o divina) de las cosas, la “economía” que sostiene la totalidad del armatoste político-estatal, el orden no es una sustancia que preexiste al contrato, pacto o acuerdo; es, más bien, el gesto de estrechar las manos, el gesto que produce el orden, que lo instaura. Si el orden se instaura —como ya sabía Hobbes— es porque no solo sería artificial, sino también performático: cada vez que se enuncia el orden, se lo crea, cada vez que se lo convoca, se lo instaura. El acto de una policía que conserva el orden es el acto de un dispositivo que, al mismo tiempo, lo produce cada vez y sin fin.
«Quitar la mano, retirarla del saludo, significa no solo desnaturalizar el orden, sino impedir que tenga lugar.»
Quitar la mano, retirarla del saludo, significa no solo desnaturalizar el orden, sino impedir que tenga lugar. De ahí la desesperación de Kast enviando al niño a “educarse” para que aprenda a respetar la autoridad y la exhibición en vivo de una cartografía de lo que la oligarquía piensa de la educación que vincula esta escena a toda la política de kastigo al mundo académico y estudiantil durante estos primeros meses: la educación sería concebida como un dispositivo de orden y no de crítica, un mecanismo que debe conducir a las multitudes a su inercia (el “peso de la noche” dirá Portales, seguridad y economía, diría este gobierno) antes que a activar sus potencias.
El presidente saluda y el niño —un niño de Villarrica, nótese: no un gran mandatario, no el papa, no un gran empresario, tan solo un niño pobre, de Villarrica— zona de Kast (66,95% de votación presidencial), pero que Kast detesta, odia, puesto que su guerra está hecha contra ellos, contra todos los niños pobres en la medida en que desacatan y destituyen el lugar de un poder dominante que se pretende “autoridad”. Kast pretende a toda costa que los niños reconozcan y se sometan a ella. Si no lo logra, entonces la performance del orden no puede tomar forma, no puede concretarse.
Porque el orden solo vive ahí donde se estrechan las manos, donde el saludo de los “hombres” tiene lugar. Justamente el niño le dice a Kast: no soy “hombre”, no soy parte de la república, porque, no hay y no puede haber ese orden que pretende “reconstruir”. Por eso, cuando el niño en Villarrica le retira la mano a Kast, no solo quiebra el supuesto orden, sino que exhibe que su consistencia es nada más que vacío. Así, más allá de lo que señala Daniel Matamala en su columna del fin de semana —últimamente tan celebrado como el Peña junior del progresismo—, la escena del niño no trata simplemente del autoritarismo del presidente, sino de su horror vacui, que no es otro que el de la propia oligarquía frente al fin de sus técnicas de conducción instauradas, durante décadas, por el pacto oligárquico de 1980-2006.
La revuelta y el orden
Justamente, la década anterior las multitudes decidieron no seguir estrechando la mano de la oligarquía. Calles cada vez más tomadas, plazas cada vez más usadas, muros cada vez más rayados, la voz popular se abrió paso intensamente en las últimas décadas, cuyo momento más decisivo tuvo lugar en la revuelta de octubre de 2019. Es precisamente contra ese momento, contra ese desacato que llega Kast y su gobierno. A ese proceso el gobierno de turno le llama “plan de reconstrucción nacional”.
Pero el “re” que antecede a la fórmula “reconstrucción nacional” es la marca de una repetición que muestra y oculta, a la vez, la falla, el vacío que se juega en dicha operación. Un orden “portaliano” que fue desnaturalizado por un niño de Villarrica, un orden que fue destituido por la revuelta popular de Octubre en 2019 y un orden que no podrá afianzarse para volver a “estrechar las manos” porque está siniestrado.
«Sin embargo, ese orden está experimentando su fin. Y ese fin es Kast mismo…»
El gobierno de Kast no solo es la revuelta de la oligarquía contra la revuelta de la multitud, sino que sabe que la tarea encomendada consiste en suturar la falla, reparar lo que está abierto, enmendar lo que está fisurado: el pacto oligárquico de 1980-2006 en su dimensión política y económica. El presupuesto, por cierto, es que ese orden puede ser reparado. Que no ha llegado a su fin y que bastaría con un buen gasfíter para que vuelva a funcionar bien.
Sin embargo, ese orden está experimentando su fin. Y ese fin es Kast mismo, el “huaso-alemán” que pretende armonizar a colonizados con colonos, a indios con blancos, a oligarcas con pobres.
En otros términos, su tarea consiste en brindar orden, es decir, que su armonía vuelva a tener lugar. Pero si esto es así, ello significa que será preciso acabar con los niños de Villarrica y sus madres. Nótese “madres” (no Padres -con mayúscula-, porque aquí los niños son “huachos” y no “estrechan la mano”). Acabar con los niños significa, mandarles presos, aplastarles o torturarles con doctrinas del shock llamadas suavemente “recortes” para que se docilicen y vuelvan a estrechar la mano a una autoridad siniestrada, que revela su vacío en cada gesto, en cada momento. Quieren reverencia y ofrecen palos, quieren “autoridad” y ofrecen shocks. A fin de cuentas, lo que el niño muestra es que el orden “portaliano”, monumentalizado por la historiografía oligárquica de Chile, en rigor, es un conjunto de procedimientos. Nada más, nada menos.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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