Elisa Loncon: la resistencia de las raíces
Elisa Loncon: la resistencia de las raíces | AGENCIA UNO
Tierra circundante
En el poema “Aún deseo soñar con este valle” publicado en el libro Las Lenguas de América (2005), Elicura Chihuailaf escribe:
Veo, en mí, al anciano
que esperando el regreso
de las mariposas
habita los días de su infancia
Es cierto que un poema puede ser interpretado de diversas formas y las exégesis, también, devienen múltiples. Sería imposible tener la última palabra de una poética ahí donde los umbrales de sentido que se abren pueden ser infinitos. Sin embargo, veo, en este texto y en la trágica y melancólica ternura de Elicura, la fuerza de elementos que se entrelazan alterando el curso del tiempo en su versión consecutiva, lineal; un enganche de adjetivos y verbos que indican un desplazamiento metafórico y alternante en el que “el anciano” es el futuro, “el regreso de las mariposas” la tierra y “los días de la infancia” la memoria. Futuro, tierra y memoria: tres insistencias poéticas que resumen el imaginario del pueblo mapuche en su despojo pero, igual, de lo que hubo antes de la barbarie y que llega como infancia (la infancia de la memoria ritual y mágica que despierta al horror con la invasión y el genocidio). Porque su lengua siempre fue más simbólica que cualquiera, extensiva y polisémica al momento de atribuirle significado a las cosas; nunca sedentaria sino entregada a los circuitos nómades de la naturaleza; figurativa y relacional a la vez –el lenguaje en relación fabular con el entorno– y que no supo, sino escuchar lo que la tierra misma decía para devolverle una palabra en forma de gesto, de imágenes y de sonidos entrelazados que no dejaron de entrar en diálogo circular. Por esta razón, tal vez, Wallmapu puede traducirse al español como “tierra circundante”.
Las raíces al futuro
Hace unos días Elisa Loncon fue entrevistada en un programa radial a propósito de su candidatura al Senado como independiente dentro del cupo del Partido Comunista por la Araucanía. Al ser consultada sobre si el ser candidata era una suerte de “revancha” por el “fracaso” de la Asamblea Constituyente (AC) de la cual emanó una propuesta de Constitución que fue rechazada en septiembre de 2022, Elisa respondió con una frase estremecedora, sostuvo: “(…) sueño con un futuro de raíces”. Es hermosa pero inquietante; las cinco palabras son de una tesitura tan superior en su composición que, ciertamente, apuntan a cuestiones que van mucho más allá de la política y de la contingencia de una candidatura.
Elisa Loncon, con esta breve intervención (que evidentemente fue pasada por alto por la y el periodista quienes frenéticamente buscaban la cuña polémica o el desangre verbal “que diera que hablar”) también recurre al imaginario en el que la temporalidad se mueve de otra forma, tiene otro rostro y un devenir sin desenlace; es un quiasmo, un tiempo diferente y desajustado que no adhiere al estribillo ni menos a la rítmica siempre violenta y ríspida de la política tradicional.
Las raíces las asumimos como rizomas hundidos en la tierra que permiten la vertebración de lo que vendrá (de un árbol, por ejemplo), al menos así lo pensamos en este hemisferio histórico e ideológico que llamamos occidente. Las raíces como aquello que sostiene el porvenir. Entonces estas se funden con el pasado y serían una suerte de principio.
Sin embargo, y esto es lo que desarma la retícula en la que se sostiene el formato occidental, Elisa lanza las raíces al futuro y le suma la palabra “sueño”. Es el soñar con las raíces extraviadas, en riesgo de extinción pero siempre ahí, sin desaparecer; diseminándose no solo aquí y ahora sino que del mismo modo en la indeterminación de un futuro que solo puede ser ensoñación ¿Cómo abandonar el sueño y transformar esas raíces en presente también político y no solo en nostalgia de lo que fue la historia arrebatada por el zarpazo de la violencia y la enajenación de la extinción?
Y es esto, soñar con un futuro de raíces es una figuración también política, ahora sí en el sentido de las reivindicaciones históricas y la usurpación que, a juicio de Loncon, deben ser no negociadas, sino “parlamentadas”, sin que en la memoria se fumigue el recuerdo de la operación de las potencias del siglo XVI y la planificación del gran robo que produjo, como ella misma lo apunta en la entrevista, “una subalternización”. Entonces, de cara al arrase de un pasado que ya es testimonio de un saqueo, así como a la luz de un presente que indica que nada se ha podido hacer en términos de justicia y reposición al gran robo que implicó un genocidio, nada más Elisa abre la grieta poética que desestima la lengua del invasor y, de nuevo, se dispone a resistir a los tiempos que vendrán; resistencia que florece desde el sueño de las raíces y que, es lo más probable, deberá entrar en desacato, todo lo que pueda, a la luz de las prédicas de odio y negacionismo que descansan sin complejos en las derechas ultras que han diseñado una matriz fascista-securitaria.
La voz y el desacato
No es importante, pienso, que la pregunta recurrente con que la asediaban los entrevistadores era la de si no consideraba contradictorio presentarse como candidata al Senado cuando en la AC estuvo a favor de terminar con esta institución. Aún no se procesa como debiera ni se cae en cuenta, considero, que la Revuelta de Octubre no tiene nada que ver la AC; la primera fue un acontecimiento que cortó la lengua y dejó a la intemperie la impericia de los vocablos académicos regentes que no supieron, sino decir “anomia” y “malestar”; la segunda, una institucionalidad con tinte procedimental que, es cierto, fracasó porque no se dio una batalla por los conceptos optando por el atrincheramiento.
Su respuesta, ante esta insistencia, fue que se postulaba a senadora porque “la voz” deviene urgente. “Tener voz”, es lo que dice exactamente, y es en esta fisura que puede generarse la acústica que estabilice el eco originario y de este modo evitar que el mapuche (y todos los pueblos) queden en la periferia definitiva, en el margen terminal revelando el límite posible de una extinción total.
Será importante –en una más que probable hegemonía de la ultraderecha– tener a símbolos como Elisa Loncon en el Senado. Poco pesa que vaya por un cupo del PC, su habitus es otro; en el partido no está la cosmogonía que le permite entender ambos mundos y ser, tal vez, una intérprete originaria cuya vocación y fuerza política es igualmente contundente. Ella es una intensidad libre.
Kast y su tropa, en su tecno-tanática de la borradura, requerirá de resistencias desde dentro y desde fuera del sistema. Ella es tradición, cultura y savia. También es completamente contemporánea si creemos, como lo dice Furio Jesi, que “Contemporáneo es aquel que percibe, no las luces, sino la oscuridad de su tiempo, como algo que le concierne y no deja de interpelarlo” (Spartakus. Simbología de la revuelta, 2014).
Elisa Loncon es la resistencia de las raíces y un pasado-presente: la política de un sueño futuro que se entiende y dialoga con la tierra.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



Deja una respuesta