El último discurso de Piñera
Por supuesto, en su último discurso no faltó el sabotaje al proceso constituyente en curso. Resumiendo, los malentendidos y mentiras habituales de su sector, se posiciona finalmente como un estorbo profesional antes que un facilitador de procesos. En definitiva, ni más ni menos que una muestra de su “legado”, algo más cercano a las deposiciones que a otra cosa.
Foto: Agencia Uno
Ya fue el último discurso de Piñera. Televisado en horario preferente, como cada uno de sus discursos y peroratas. Por intrascendentes o amenazadoras que fueran, siempre encontraron un espacio en la programación de medios que proclaman “libertad editorial”. Este solo hecho ya es una marca de estilo de un gobierno que hizo del fracaso televisado su sello ineludible.
Ya fue el último discurso. Poder darlo en condiciones de normalidad es muestra de que el país fue generoso con el saliente mandatario. En vez de dirigirse al país desde un helicóptero en fuga, o en calidad de asilado en alguna embajada, lo hace amparado en la majestad de un cargo que le quedo grande a lo largo y a lo ancho.
Ya fue el último discurso de Piñera, y sus lugares comunes darían risa si uno no supiera que, bajo su temblorosa mano, las violaciones masivas a los Derechos Humanos volvieron a Chile. Último discurso y uno piensa “ojalá no vuelva la impunidad”. Al menos, el presidente Boric, cuando era candidato, prometió perseguir esos crímenes. “Señor Piñera: Está avisado”, dijo en septiembre de 2009. Fue el último discurso de Piñera, pero las palabras de Boric resuenan en mi memoria.
Ya fue el último discurso de Piñera y uno piensa ¿“era necesario”? Ciertamente, no lo era, pero su patológica pulsión por decir la última palabra, la frase ingeniosa, la cita comprada al por mayor en internet, lo lleva a lanzarnos su incontinencia como despedida.
Ya fue el último discurso, y fue por supuesto, más de lo mismo. A falta de logros concretos que nombrar, se dejó llevar por esa estúpida nostalgia tan propia suya, y volvió a recordar el terremoto de 2010 y el rescate de los 33 mineros. Y uno no sabe si reír, si llorar o simplemente apagar la tele.
Por supuesto, en su último discurso no faltó el sabotaje al proceso constituyente en curso. Resumiendo, los malentendidos y mentiras habituales de su sector, se posiciona finalmente como un estorbo profesional antes que un facilitador de procesos. En definitiva, ni más ni menos que una muestra de su “legado”, algo más cercano a las deposiciones que a otra cosa.
Fue el último discurso, y claro: esta columna pudo estar llena de insultos y descalificaciones. Pero no. De cara a unos inciertos nuevos tiempos que se vienen, preferí dejar las palabrotas para el espacio privado. No es respeto por el que se va: le deseo lo peor, que en su caso es apenas que lo alcance la justicia. Me conformo con eso, que no sé si es mucho o es muy poco.
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