Opinión

El “sincerismo” de Parisi

Parisi se jacta de lo que dice. Por eso también se alió con Pamela Jiles, quien tampoco hoy tiene ningún tipo de empacho en ser lo que todos vemos que es: una diputada que milita en el mundo de la política y en el del espectáculo sin ningún intento de decoro.

Franco Parisi dijo en un evento minero que quería que a los trabajadores del sector les fuera bien, se compraran automóviles caros y “enchulen a la vieja”. Cuando afirmó esto último, no entendió por qué hubo un silencio incómodo e incluso se algunas pifias, ya que creía que este remate sería aplaudido e iría acompañado de vítores y palmetazos en la espalda, debido a que está convencido de que decir lo que se piensa es algo bueno en sí mismo.

En eso ha basado sus campañas, en decir todo lo que le parece bien decir y en exagerar esa postura. En no callarse nada, incluso aquello que sus adversarios ven como algo que pueda incriminarlo. Es lo más parecido a Trump y Milei que tenemos en Chile por lo mismo: es lo que es, pero aumentado, al extremo de convertir la sinceridad en un sincerismo.

Personajes como Parisi son el resultado de la obsesión liberaloide por la transparencia, por tratar de ir tras el fondo de lo visible, “descubrir el tupido velo” y todo lo que suponga destruir la más mínima representación de algo que no se es.

Es lo que se encuentra cuando se demuele la distancia entre lo privado y lo público y no queda nada más que descubrir.

Ese es el mundo en el que estamos y el candidato lo sabe mejor que nadie. O quizás no lo sabe, sino que es lo único que sabe hacer: ser él. A lo mejor sólo hace lo que “le nace”, pero exagerado, cuestión que algunos ven como una cualidad necesaria en tiempos en que no quieren claroscuros, recovecos, ni mucho menos complejidades de ninguna especie que los aleje ni física ni mentalmente del poder que quieren ver estéril y desarticulado.

Me podrán decir que Franco tiene un pasado oscuro de deudas de pensiones y acusaciones de acoso de alumnas en universidades extranjeras, pero eso parece ser parte de la misma sinceridad aumentada: si no puedo, no pago; si me gusta esa niña, por muy menor que sea, voy por ella y lo muestro como una choreza, algo que traspasa toda normativa, toda regla simbólica que norma la convivencia de las sociedades.

Porque, aunque moleste, eso es la sociedad y la construcción cultural en la que vivimos o deberíamos aspirar: una escenificación, la atenuación o redirección de los impulsos más primarios, con tal de lograr algo parecido a la convivencia humana. ¿Es fácil hacerlo? Claro que no. Eso trae implícito un conflicto entre lo que somos y aspiramos ser, o lo que nunca seremos, que es básicamente lo mismo.

Todo eso Parisi, Trump y Milei, entre otros, intentan destruirlo, acabar con ese espacio entre lo que se es y lo que se podría llegar a ser. Ellos son lo que son, y no quieren ocultarlo.

Por lo mismo, ven en la sinceridad, o en la escenificación de la sinceridad (que no son lo mismo) y que hemos denominado acá sincerismo, la llave maestra de su acción política y su diferenciación de lo “oscuro” y malvado que se encontraría no sólo los viejos poderes, sino y, sobre todo, en la clásica construcción de reglas  tanto concretas como imaginarias entre los integrantes de una comunidad.

Por esto Parisi se jacta de lo que dice. Por eso también se alió con Pamela Jiles, quien tampoco hoy tiene ningún tipo de empacho en ser lo que todos vemos que es: una diputada que milita en el mundo de la política y en el del espectáculo sin ningún intento de decoro. Es otra exponente de este sincerismo que acá se intenta describir y que, cabe insistir, no es lo mismo que la sinceridad, sino una exageración militante que pretende acabar con toda conflictividad intrínseca.

¿Qué se hace con esto? ¿Cómo se puede acallar esa necesidad por aplaudir a los que dicen no tener secretos? ¿Cómo recuperar una sociedad en la que, como las viejas ciudades, aún hay rincones secretos, lugares que sostengan la belleza visible con la oscuridad invisible? ¿Cómo podremos convencer a las personas que las estructuras no cambian mostrándolas, sino teniendo conciencia de que siempre tendrán consigo un reverso difuso que las sostenga? No se sabe. Pero urge al menos vislumbrarlo.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.

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