Opinión

El partido neoliberal: Una cartografía del Chile oligárquico

La coalición agotada del Partido Neoliberal tiene a dos candidatos, Joaquín Lavín y Paula Narváez que sintomatizan su crisis: en la facción neoliberal conservadora no hay más que “lavinismo” que, vistiéndose de “socialdemócrata” apela a una política de los “grandes acuerdos” justamente para recomponer ese pacto y apuntar a la “gente”; en la facción neoliberal progresista no hay más que “bacheletismo” cuyo foco reside en reivindicar las “identidades” culturales y promover cierta forma de “ciudadanía” que expresen una ampliación de las políticas de Estado.


Los partidos políticos no son el problema para enfrentar la Constituyente. Menos aún los militantes de base que les pertenecen. El problema fundamental reside en las pequeñas oligarquías de dichos partidos que se han aferrado al poder y que han configurado una red oligárquica transversal a los diferentes partidos políticos, incluso, transversal a las propias coaliciones políticas en las que se distribuyeron funciones muy precisas: la Derecha debía reinar sin gobernar y la Concertación debía gobernar sin reinar. ¿Qué es lo que se debía reinar y gobernar a la vez?

Fundamentalmente el orden establecido desde el golpe de Estado de 1973 y legalizado en la forma de la Constitución Política de 1980 (1989-2005). Fue ese orden el que terminó por establecer al Partido Neoliberal a partir de determinadas redes cupulares en las que se consolidaba el Pacto Oligárquico de 1980. Un Partido único, por cierto, hegemónico frente a las diferentes bases de las que profitaba y organizado en función de una sola misión: profundizar, a partir de un “pacto” (la política de los acuerdos) el orden “constitucionalizado” del capitalismo neoliberal, es decir, profundizar el dominio de la clase militar-financiera chilena.

Muchos militantes de partidos políticos de la ex Concertación pasaron velozmente desde el parlamento al directorio de las AFPs, desde alguna Fundación de la derecha a algún cargo público o desde algún cargo público hacia alguna que otra Isapre. La “puerta giratoria” del mundo privado al público y viceversa fue parte –y es aún- del pacto instituido en los años 90 para consolidar la dirigencia de facto del Partido Neoliberal. No se trata solo del “Partido del Orden” (donde “orden” aparece como un significante sin contenido), tampoco de un “duopolio” (como si fuera dos partidos), sino del Partido Neoliberal.

Que sea un Partido único no significa, empero, que tenga una homogeneidad de posiciones. Al contrario, dicho Partido se nutre de dos facciones diferentes, pero complementarias: la neoliberal conservadora (Chile Vamos) y la neoliberal progresista (la Ex Concertación). Ambas articuladas en función de las decisiones cupulares que, transversalmente a los diferentes partidos políticos que componen las dos grandes coaliciones, aceitan la racionalidad neoliberal en virtud de modulaciones muy precisas y variables.

Cada facción lleva consigo una función muy precisa: la neoliberal conservadora ha de “reinar” –es decir, mantener firme el espectro amenazante de un poder soberano y anti-democrático- y la neoliberal progresista ha de “gobernar” –es decir, administrar la “hacienda” de los dueños de Chile para impedir que se expresen las mayorías y el “modelo” sea eventualmente transformado.

Digamos que la primera función consiste en ser “amos” y la segunda, en ejercer “mayordomía”. En conjunto, dicha oligarquía política que atraviesa cupularmente a los diferentes partidos que la integran, tiene un imaginario “hacendal” del país: que el país es una gran casa en la que hay que neutralizar cualquier tipo de disidencia, cualquier peligro que ponga en tela de juicio al orden prevalente.

Finalmente, el Partido Neoliberal constituye una organización transversal que, con todos los matices internos, va desde ciertas cúpulas de Revolución Democrática, pasa por el Partido Socialista atraviesa a la UDI y convoca hasta el Partido Republicano. Pero, sobre todo en los Partidos de la ex –Concertación (pero también en la derecha, como lo demostró el primer retiro del 10% de las AFPs) se abre una grieta compleja: una distancia entre militantes de base y oligarcas de cúpula. Y el peligro es que, sobre todo en el progresismo neoliberal, esos militantes puedan dar su voto a la izquierda anti-neoliberal que se está formando.

Muy diversa internamente, pero por esa misma razón, muy eficaz en su ejercicio, la coalición agotada del Partido Neoliberal tiene a dos candidatos, Joaquín Lavín y Paula Narváez que sintomatizan su crisis: en la facción neoliberal conservadora no hay más que “lavinismo” que, vistiéndose de “socialdemócrata” apela a una política de los “grandes acuerdos” justamente para recomponer ese pacto y apuntar a la “gente”; en la facción neoliberal progresista no hay más que “bacheletismo” cuyo foco reside en reivindicar las “identidades” culturales y promover cierta forma de “ciudadanía” que expresen una ampliación de las políticas de Estado. “Gente” y “ciudadanía”, la población vista con un énfasis “privado” o la población vista con una mirada “pública” constituye parte de las formas en que se cristaliza la razón neoliberal a partir de este Partido de facto que hoy parece estar agonizando.  

De hecho, el Partido Neoliberal está hoy día en una crisis duradera. Las diversas luchas sociales advenidas desde el 2006 hasta la actualidad, han terminado por destituir el Pacto Oligárquico de 1980 y con él, a los mecanismos principales que configuraban al Partido Neoliberal. Sin embargo, este último advierte que solo si es capaz de asaltar la Convención Constitucional y ratificar su dominio en la presidencial, y podrá rearticularse eficazmente para las próximas décadas.

El 18 de octubre de 2019 –cuya intensidad sigue vigente- desactivó la maquinaria del Partido Neoliberal en su doble articulación: impugnó la legitimidad de los dueños que “reinan” y complicó la legitimidad de los mayordomos que “gobernaron”.  La máquina fue destituida, su armonía fue interrumpida por una ráfaga popular que desactivó su eficacia y la quebró políticamente. El problema, por tanto, no reside en los “partidos políticos” como comúnmente se esgrime, sino de manera más precisa, en la transversalidad con la que opera el Partido Neoliberal, cuya eficacia reside en la capacidad de cooptación que puede neutralizar disidencias, incluso, al interior de sus propias filas.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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