El Parlamento de Hungría refuerza la ofensiva mundial ultraderechista contra las personas LGBTQ+
El Parlamento de Hungría aprobó este martes una nueva ley que prohíbe la realización de eventos del Orgullo y permite a las autoridades utilizar software de reconocimiento facial para identificar a los asistentes. Esta medida no solo restringe el derecho a la protesta, sino que envía un mensaje claro: quienes no encajan en la visión conservadora del gobierno de Viktor Orbán deben volver a la invisibilidad.
¿Qué pasará con las lesbianas que deberán volver a llamar «amiga» a su compañera de vida para evitar represalias? ¿Qué pasará con los hombres gays que tendrán que esconderse en el miedo y la autocensura? ¿Qué será de las personas trans, de los niños y niñas trans que crecerán sin poder expresar su identidad en un país que los ignora y los persigue? Esta legislación no solo busca prohibir las manifestaciones, sino que pretende reprimir la existencia misma de quienes se salen de la norma impuesta por el gobierno.
Miles de manifestantes salieron a las calles de Budapest coreando consignas antigubernamentales y bloqueando el puente de Margarita sobre el Danubio en una muestra de resistencia. La protesta también llegó al Parlamento, donde legisladores opositores desplegaron bombas de humo con los colores del arcoíris para denunciar la represión.
El avance de esta legislación recuerda las restricciones impuestas en Rusia y refuerza la conexión ideológica de Orbán con líderes como Vladimir Putin y Donald Trump. La votación, con un aplastante 136 a favor y solo 27 en contra, refleja la hegemonía del partido Fidesz y su socio de coalición, los demócratas cristianos, en la configuración de un Estado que cada vez se aleja más de los principios democráticos europeos.
Este retroceso significa el silenciamiento de quienes han luchado históricamente por su visibilidad y reconocimiento. La prohibición de marchas y celebraciones no es solo una restricción legal: es un mensaje de odio institucionalizado que empuja a miles de personas de vuelta al clóset, que las margina y les niega el derecho a existir con libertad.
La aprobación de esta ley en Hungría no es un hecho aislado, sino parte de un patrón global en el que la ultraderecha ha ido ganando espacio en parlamentos y gobiernos, impulsando políticas regresivas que buscan restringir derechos adquiridos. En este contexto, resulta fundamental reflexionar sobre el rol del progresismo en la defensa de la democracia y en la articulación de estrategias para enfrentar el discurso de odio que, disfrazado de valores tradicionales, erosiona las libertades individuales y colectivas.
Las calles de Budapest enviaron un mensaje claro: la resistencia sigue viva. Pero la lucha no es solo de quienes marchan en Hungría, sino de todos quienes creen en la igualdad y en la justicia social. El mundo observa, y la historia juzgará de qué lado estuvimos cuando los derechos fundamentales fueron amenazados.
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