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Opinión

El malabarista

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La potencia de las imágenes multiplicadas por las redes sociales de un malabarista asesinado a balazos por la fuerza policial en Panguipulli, expone de manera obscena cómo es que el verdadero enemigo de toda soberanía, de todo poder no es más que el gesto. Frente al dispositivo excepcionalista que otorga más facultades a la policía y que refuerza bajo otro nombre, la “detención por sospecha” que existía durante la dictadura, el gesto asume un efecto destituyente que desarma cualquier forma de hegemonía privando a todo poder de su legitimidad.        


La característica fundamental de un gesto –nos recuerda el filósofo Giorgio Agamben- es que él no produce ni actúa. Si en la tradición filosófica el “hacer” humano fue concebido, sea como producción (en que se hace algo desde un medio para un fin) sea como acción (en que se hace algo como un fin en sí mismo), el gesto es precisamente la exposición de los “medios sin fin” que no produce ni actúa, pero sin embargo “hace algo”. ¿Qué hace? Ante todo, transfigura los dos conceptos que tenemos del “hacer” exponiendo al ethos en que los seres humanos pueden habitar su ser-de-potencia.

En el gesto, no se trata que la vida devenga arte o que el arte se torne vida. Más bien, que en el gesto se abre un “punto de indiferencia” –dice Agamben- en que arte y vida, producción y acción experimentan una transfiguración radical. Cuando el malabarista de Panguipulli actúa contra la fuerza policial justamente desenvuelve un gesto: un artista callejero, popular, que ejerce resistencia política. En este sentido, todo gesto expone la potencia que nos constituye y, en ese sentido, interrumpe el circuito identitarista que obsesivamente repite la frase: ¿quién es? –justificándose bajo el dispositivo del “control de identidad”.

La potencia de las imágenes multiplicadas por las redes sociales de un malabarista asesinado a balazos por la fuerza policial en Panguipulli, expone de manera obscena cómo es que el verdadero enemigo de toda soberanía, de todo poder no es más que el gesto. Frente al dispositivo excepcionalista que otorga más facultades a la policía y que refuerza bajo otro nombre, la “detención por sospecha” que existía durante la dictadura, el gesto asume un efecto destituyente que desarma cualquier forma de hegemonía privando a todo poder de su legitimidad.

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Que el asesinato haya sido a la luz del día, muestra que, a diferencia de la dictadura en que todo se hacía en base al secreto, en la oscuridad, en lugares ocultos, hoy el crimen puede exhibirse impunemente a ojos de toda la población. ¿Se ve durante la noche? ¿Se ve durante el día? ¿Quiénes ven? ¿Quienes han elaborado grandes teorías sobre la “modernización” para justificar el régimen de acumulación neoliberal prevalente o aquellos que perdieron los ojos, o incluso, la vida con cuyo testimonio se revela el esqueleto del poder?

Ingresamos, pues, al punto en que debemos pensar la relación entre gesto y testimonio. Sobre todo, cuando el término “testigo” adquiere una potencia inusitada si recordamos que en griego, los Padres de la Iglesia le llamaban “mártir” (en la tradición musulmana se le llama shahid). El martirio es otro nombre para el gesto: un “testigo de fe”, es decir, alguien que justamente ve los que el poder no puede ver; aquél que puede recibir la verdad en el instante en que una época la ha perdido completamente.

El poder no es martiriológico porque no ve más que a sí mismo, sino sacrificial en la medida que ejerce su poder de muerte orientado a neutralizar la violencia misma de la comunidad. El testigo es, en cambio, –desde un punto de vista ético y no necesariamente jurídico- una potencia martiriológica porque en su arrojo sin cálculo ni previsión, desafía al poder en un gesto a pesar de ser asesinado.

Aún recuerdo cómo en las protestas en Bahréin durante la Primavera árabe el año 2011 el pueblo se abalanzaba contra una policía que disparaba a matar, cristalizando esa potencia martiriológica de manera radical. Y, en el gesto de Francisco Martínez, el muchacho asesinado por la policía en Panguipulli nuevamente nos encontramos en la escena martiriológica donde el arrojo deviene una verdadera burla al poder que, muchas veces, termina con la muerte. Por eso, el “mártir” –a diferencia de lo que común mente se dice- no es un agente “pasivo” que se “sacrifica” frente al dolor que recibe, sino una potencia destituyente que no tiene tiempo para pensar en la muerte y se arroja radicalmente contra el poder prevalente.

El mártir es un “testigo de fe”, aquél que marca la injusticia del poder existente, la abyección total del orden instituido. El mártir no es, por este motivo, un sacrificado, sino un verdadero luchador popular. Y la historia del martiriologio es la de los oprimidos –a pesar que la Iglesia Católica y las instituciones del poder disputan el significante para transformarlo en la lógica sacrificial y neutralizar así la potencia que el martiriologio puede desencadenar.

Toda revuelta trae consigo una potencia martiriológica. Muchos han sido los muertos en Chile, miles los detenidos irregularmente, múltiples las violaciones a los DDHH –confirmadas por cuanto organismo internacional. El asesinato de Francisco Martínez parece ser el intento de aplastar un gesto que, sin embargo, liberó la potencia martiriológica que llegó a quemar la Municipalidad de Panguipulli, ha multiplicado protestas a nivel nacional y ha desatado el repudio nacional frente a la policía y su impunidad. El mártir revela la verdad del orden en que vivimos. Y desde el 18 de Octubre todo el pueblo de Chile ha desatado un gesto, burlándose del poder, y poniendo en acto el coraje martiriológico contra la perversa institucionalización de la muerte.

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Opinión

Moulian y el gatopardismo: Constitución y portalianismo ludópata

En septiembre es fundamental el triunfo del apruebismo para ganar una política intersticial que nos puede reportar un Estado social de derechos -expansión de capital- y, a la sazón,  superar histórica y simbólicamente la maquinaria guzmaniana y el oligopolio reaccionario del rechazo -Amarillos mediantes-. Pero hay que advertirlo. De un lado, el caso chileno puede alcanzar la exuberancia de una Constitución de vanguardias en materias de derechos sociales y, de otro, podemos consagrar una retaguardia ante una inminente preservación oligárquica. 

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Los hitos fundantes de un tiempo diagramado desde el pinochetismo secularizado fueron revelados mediante un texto epocal, Chile Actual, anatomía de un mito, donde Tomas Móulian (1997) recusó el colofón gatopardista que se expresó en el escándalo La Polar (2011). El expediente del ensayo abjuró del afán disciplinario-positivista y aún nos provee de nuevas “posibilidades hermenéuticas” ante los inciertos alcances de un indispensable Estado social de derecho (“proliferación de antagonismos”) en plena reconfiguración del armatoste neoliberal. Más allá de su solvencia analítica, Móulian impugnaba políticamente las “economías del conocimiento” (epistemicidio) y los “objetos psiquiátricos” de la biblioteca de la transición (memorias silenciadas, subjetividades crediticias, ciudadanías pendientes, consumos adúlteros, realismos sesgados, consensos elitarios, crecimientos sin desarrollo) y se hizo parte de una escena escritural caracterizada por cultivar una hermenéutica antagónica y por extenuar el ejercicio crítico-ontológico.

Moulian denunciaba una sociedad hiper mercantilizada que aún se mantiene en vilo -sino intensificada- cultivando el expediente comunicativo-representacional hacia el sentido común.  Como lo ha sostenido Nelly Richard, “Moulian desocultó la violencia del pacto transicional (chileno), sus blanqueadores y travestismos, sus blanqueadores mecanismos de olvido…que ejecutó la despiadada conversión de los ciudadanos en consumidores” (Palinodia, 2013).

Bajo esta atmósfera cultural que abrazó el “boom” de las famosas cartas públicas de mediados de los años 90’ (Jocelyn-Holt, Armando Uribe, Marco Antonio de la Parra) nos “afiliamos” de distintas maneras con algunas reflexiones emblemáticas del inventario post-autoritario.Aludimos a intervenciones ubicadas en el género ensayístico de la crítica cultural, como el caso de Residuos y Metáforas: ensayos sobre crítica cultural, de Nelly Richard (1998), e inclusive -en sus antípodas- la oficialidad “pos-transitológica” (de vocación corporativista-gestional), nos referimos a La Caja de Pandora. El retorno de la transición chilena (Joignant et al, 1999) como pieza del rectorado positivista que auspiciaba y aún suscribe los “pactos modernizantes” del institucionalismo y la transición pactada hasta agotar el cumulo epistémico de la sociología crítica. Cabe admitir las inconmensurables diferencias discursivas y la heterogeneidad de “posicionamientos políticos” entre escritores del realismo y “escrituras discrepantes”. Tales contrastes constituían referencias obligadas dentro de una comunidad intelectual que, mediante plieges de la catarsis, los bordes o la colonización sociologicista (empleados cognitivos del mainstream)fueron capaces de re-interpretar su destierro institucional o reinscripción estatal en la transición chilena, proceso de un innegable costo autobiográfico- bajo la intensificación neoliberal de casi dos decenios (1990-2011).

En el telón de fondo, el expediente postransicional operaba en el marco de una restauración de la “crítica disciplinada” contra el predominante “autoritarismo hacendal” que padeció la sociedad chilena y que se traducía en “recusar” la particular connivencia entre un régimen de focalizaciones, consumidores activos y sectorialización del conflicto (2011) al interior del corpus institucional del pinochetismo. Los puntos de inflexión transitaban en torno a la des-estatización del cuerpo social, la expansión crediticia, el vaciamiento de la comunicacional estatal, la contención ante un posible retorno a un modelo político tríadico (Tironi y Aguero, 1991). El déficit de legitimidad de la emergente institucionalidad democrática y los procesos de individuación bajo una apabullante penetración del acceso como nueva matriz cultural aún asedian nuestro presentismo con igual o mayor intensidad que los años del Chile Actual, hasta hacer del mercado el límite de nuestra imaginación política qua axioma de un nuevo caudal de antagonismos mediante la Constitución en desarrollo.

Bajo este “estado del arte” tuvo lugar una cabalística controversia política sobre el “paradero” final de la postransición. Se trataba de una triangulación de evidentes ribetes académicos entre recovecos del transformismo y su vocación de márgenes (1997), enclaves autoritarios y demócratas insatisfechos (Garretón, 1995) y un análisis de inusitado vanguardismo tecnológico que nos daba el Bienvenidos a la modernidad (Brunner, 1995) en clave de tercera vía. Dentro de los antagonismos que cada tanto reverberan en el paisaje político, también tuvo lugar la “abortada” discusión –entre autocomplacientes y autoflagelantes- que a fines de la década de los 90’ prefiguraba dos modos “activos” de nuestra elite política para enfrentar el diseño transicional y sus estrategias de modernización.

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En el campo de los consensos normativos de la sociología y la ciencia política –la famosa “literatura panoptical del malaise”, cuyos adjetivos buscaban retratar de una manera amplia y fecunda este proceso, transición incompleta, pactada o tutelada– demostraban institucionalmente -elitariamente- la difícil consolidación del régimen democrático en connivencia con las economías del conocimiento -capitalismo académico- en el campo de las ciencias sociales.

Lamentablemente, tal desasosiego y el cúmulo de dudas ambientales que, en la época se dejaron “sentir” contra la ascendente “tecnología de la focalización”, no han terminado de blindar nuestro “imaginario hacendal” mediante un conjunto de focalizaciones que prescriben un nuevo diagrama entre Estado, movimientos sociales, feminismos, disidencias y “programas de ciudadanía” bajo una nueva axiomática neoliberal en sedimentación (2022). Es evidente que ello ha consagrado la soberanía del capital y el consumo socio-simbólico que devino un campo galvanizado por la figura del emprendedor (el “héroe de la informalidad”), codificado por el lenguaje del “sociologicismo”.

En el Chile postransicional, el edificio de la modernización se expresó inequívocamente como “prolongación” de la modernización autoritaria impuesta bajo el desprecio fiscal a mediados de la década de los 70’ y, posteriormente, como expansión de una hiper mercantilización que devastó el campo social.  A comienzos de la década de los 90’ -masificación populista de bienes y servicios- ya estaba consumada la prevalente focalización de lo público (angélico), la neutralización de la demanda popular, la pacificación de los litigios por la vía de los formatos hipermediáticos, y un sistema de transferencias asistenciales, se tradujeron en prefigurar una subjetividad “clientelística” que terminó por auscultar una tumulto de antagonismos mediante un activo programa crediticio.

Más allá de las transformaciones de facto que suelen explicar todo el ideario de la modernización oligarquizante (1990-2011), (legitimidad hegemónica), ello no sólo operaba por la vía del mentado shock anti-estatal, sino merced a una focalización de la subjetividad crediticia –“verdadera episteme de la transición epocal”- diseñada mediante un mecanismo de sectorializacióguettizaciónexpuesto n que “presuponía” una nueva base de estratificación socio-cultural.

Bajo esta perspectiva no es casual identificar la agresiva colonización de nociones gestionales que hasta nuestros días han galvanizado nuestro alicaído foro público, pese al vértigo de las demandas populares y el anunciado nuevo ciclo. Ergo, significantes hegemónicos del mainstream, como eficiencia, orden, seguridad, consenso, gobernabilidad y paz social han develado sus relaciones de solidaridad y actualmente heredan el colonianismo de un sentido común neo-conservador (de especial penetración en un particular segmento medio-aspiracional de difícil definición normativa) cuya expresión factual más evidente tuvo lugar en las elecciones presidenciales de 2010 y 2017.

Lo anterior nos obliga a comentar –sumariamente- otros hitos que guardan una relación colateral, pero no menos importante con estas materias. La mentada renovación socialista –proceso que alcanzó sus notas de nobleza a comienzos de la década de los 80’- hipotecó sus esfuerzos bajo la relación entre democracia y socialismo, subestimando las implicancias segregadoras de la episteme gerencial. Ello hizo más opaco el devenir de las izquierdas, por cuanto la fuerte influencia que ejerció en los sectores de izquierda el dispositivo del consenso -Portalianismo, al decir de Karmy Bolton- terminó capitulando ante la aceleración de los mercados (capitalismo tardío) y sus plataformas. Por ello no es casual que cuando revisitamos una obra de titulo extenso, nos referimos a La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado, Norbert Lechner (1984) le replicaba a Moulian la necesidad de “aprender a respetar los procedimientos” como única formar de contrarrestar la incomensurabilidad de los disensos constitutivos de la acción política (homogénea). He aquí la sala de parto de una política de acuerdos. A través de estos razonamientos y mediante singulares intersticios se abría paso la idea del consenso como el dispositivo que después abrazaron las elites.   

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Bajo este atribulado estado de la cuestión, la llamada “biblioteca de la post-transición” se ubicaba en un imaginario incomodo, pero todavía optimista en materia de indicadores, por cuanto admitía las dificultades de la democratización bajo una concepción teleológica de los tiempos políticos (Dictadura-transición-consolidación democrática). Ello establece una diferencia fundamental con la actual tecnificación de las ciencias sociales cuya “melancolía” se explica por una “mimesis” con el discurso de la modernización como nueva filosofía de la historia del capital. Pese a la desmasificación de la demanda desplegada el 2019, a la multiplicidad y potencia de cuerpos, territorios y nuevas subjetividades políticas, aún reverbera y se agudiza la monserga “tecnicista” (2022) promovida desde un hegemónico establishment de tecnnopols de impronta filo-progresista (PS) que dicen cultivar un programa transformador, al tiempo que invocan la soberanía de la técnica, despolitizando el campo de la revuelta.

Los intelectuales del orden crítico se han sumado a tal empresa con un tono moralizante ante los desbordes (pulsiones) de una revuelta juvenil (Peña, 2020). En suma, asistimos a una connivencia entre la innegable intensidad de la protesta social (2006, 2011 y esencialmente 2019) y un renovado librecambismo de la oligarquía tecnócratica en el marco del constitucionalismo latinoamericano que, pese a su vocación de poder, porta las esquirlas de la revuelta (2019), a modo de un duopolio enlutado que debe transitar a una versión activa del Estado subsidiario para salvaguardar el bronce de la modernización.

Durante el tiempo postransicional que “aún” nos asedia –“transición epocal”- se puede advertir un “tráfico conceptual y metodológico” entre actores políticos y las maquinas reflexivas de la transición que se encargan de reprogramar los “sintagmas del orden” cediendo a la legitimidad gestional. Frente a la mordaz crítica de Moulian la clase política invertía en reflexiones, de corte confesional, por donde circulaban opúsculos del mundo socialista. En aquel tiempo, el presidente del Partido Socialista se amparaba en una ética de la responsabilidad para justificar el proceso político y nos decía que se trataba de Una transición de dos caras (1999), en una abierta replica a Móulian. Hoy el socialismo, en su variante de neoliberalismo corregido, se entronca y puede pervivir con la tesis de la subsidiariedad ordo-liberal, activa y re-legitimadora de los Think Tank de la derecha ordoliberal (subsidiariedad activa en el caso del IES).

Pese a que hemos transitado del malestar institucional –dictum de las conductas- a una nueva trama de antagonismos y demandas populares, de innegables efectos en la elaboración de una nueva Constitución, el panorama no es sustancialmente distinto en términos del dogma modernizante. No es fácil auscultar los actuales formatos de visualización, demandas de la penetración iconográfica, los enjambres digitales, y las nuevas pulsiones simbólicas que han contribuido en transformar los procesos perceptivos y en exorcizar el tiempo histórico. El nuevo sensorium de las redes ha dado lugar a una mutación antropológica que bien puede ser consignada bajo un estado patógeno de la subjetividad, que también en otros casos ha sido retratado como un hedonismo estetizante.

Actualmente enfrentamos, a un tipo de “inducción oligarquizante” (vocación del PS) que consagra la episteme gestional para un nuevo campo de demandas –y sus tradiciones cognitivas- que confía desenfadadamente en los indicadores de eficiencia (caso del quinto retiro)propios de una nueva gubernamanetalidad neoliberal (oligarquía ordo liberal), so pena del crucial plebiscito de salida que está en curso (2022) y que ha fisurado la tradición de los halcones de chicago. La prevalente hegemonía managerial tiende a perpetuar la naturaleza omnímoda de los dispositivos securitarios para comprender el programa cultural que prima bajo las actuales formas diversificadas de “sociabilidad”.

Hace más de dos décadas el PNUD acuñaba una terminología algo irónica, el consumidor ontológico, haciendo mención al existencialismo identitario cuya cosificación discurre mediante el fetichismo de las mercancías. Ello, inclusive, trasciende la idea de una experiencia cultural y podría operar como dispositivo de la bío-dominación, cuestión que ha resultado mucho más dramática que la premeditada des-politización de un régimen de facto que buscaba erradicar la “politicidad” mediante el desmantelamiento del imaginario angélico de lo público. Nuestra tesis aquí se relaciona con la ausencia de actores populares que fueron lanzados al reciclaje modernizador en postdictadura, socavando las posibilidades de un proyecto hegemónico, desplegando una dispersión de beligerancias erotizadas tras la revuelta (2019). Ello se expresó en los antagonismos inorgánicos de la revuelta y su vocación destituyente develó la imposibilidad de un sujeto político (2019), o bien, la vertebración peticionista.

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De otro modo, ello nos obliga a replantearnos algunas convenciones de la izquierda mangerial que tiende a naturalizar la pragma-portaliana que abraza las diversas desregulaciones impuestas por un régimen de facto que no sabemos si en el “plebiscito de salida” en septiembre próximo, y lo lugar a una esotérica hibridación  Estado social de derecho y una nueva axiomática neoliberal.  Todo indica que las elites están obligadas a rimar y ritmar el pesimismo que ha enfangado a una multitud empoderada, colérica, inorgánica y librada a las autopistas del deseo.

El Apruebo es la única micropolítica (lo intersticial) frente al descompuesto diseño neoliberal Concertacionista, pero sin subestimar la presencia de la maquinaria Socialista en la nueva axiomática neoliberal. El apruebo, al igual que el NO (1988), ha sido aprobado por el Washington (pos-Trump) e implica lidiar con el “ensayismo oligárquico” y no solo por mantener la institucionalidad política del cono Sur. Tío Sam, en la figura de Biden, apoya  la geopolítica regional que garantice el flujo de capital, abrazando una izquierda NO bolivariana -Wall Street mediante- neutralizando el poderío Chino como clivaje político, y no así como aliado comercial. Hay ligero simil con el caso de Petro en Colombia. En cambio, el rechazo es una regresión absoluta -ignota y cavernícola- que implica negar de facto el golpe de desigualdad de la revuelta (2019) y nos empantana en la topografía guzmaniana. No da lo mismo, no es posible tal anarquía.

Ego, ya lo sabemos. En septiembre es fundamental el triunfo del apruebismo para ganar una política intersticial que nos puede reportar un Estado social de derechos -expansión de capital- y, a la sazón,  superar histórica y simbólicamente la maquinaria guzmaniana y el oligopolio reaccionario del rechazo -Amarillos mediantes-. Pero hay que advertirlo. De un lado, el caso chileno puede alcanzar la exuberancia de una Constitución de vanguardias en materias de derechos sociales y, de otro, podemos consagrar una retaguardia ante una inminente preservación oligárquica. 

Septiembre podría ser el mes de un Portales ludópata abriendo el espacio de un gatopardismo intensificado que, en otros tiempos, Tomás Móulian supo leer épocalmente.

Con todo, decir rechazo es nombrar el abismo infinito. 

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Opinión

 El estallido del 20%

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado.

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Se ha desatado un “estallido” discursivo en la derecha. Una derecha asociada a una parte del progresismo neoliberal. Se trata de un estallido ruidoso, empeñado en denigrar el proceso democrático que eligió, mediante votación popular, a sus representantes para redactar una nueva Constitución.  La derecha, no alcanzó el poder al que aspiraban, pues ellos querían y quieren una Constitución que mantenga en su centro la dominación cultural y económica de las últimas décadas.

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado. En los primeros años de la transición fue necesario acordar, pero luego estos acuerdos se volcaron de manera cada vez más favorables hacia las elites económicas hasta naturalizarse, transformarse en costumbre y después en verdad. Así una parte de la elite progresista neoliberalizada, hoy está completamente cautiva en esas prácticas que a lo largo de “30 años” permitieron una desigualdad social sin precedentes.

Resulta ineludible que el arco de la derecha ha experimentado transformaciones. Las derechas conformadas por UDI, RN, Evopoli, se han fusionado, lo hicieron cuando se plegaron en las recientes elecciones al candidato Kast, ultra reaccionario, autoritario y elitista y desde luego apegado a la figura de Augusto Pinochet.

La derecha carece de liderazgos. No existen en su interior figuras que sean capaces de aglutinar y es esa debilidad la que provoca que el actual estallido del 20% no tenga más horizonte que el rechazo, al que ya se ha plegado parte del progresismo neoliberal, mientras otra cepa de estas elites progresistas acuña una posición inestable, ambigua, bajo el lema: “aprobar para reformar”.

En esta atmósfera existen situaciones curiosas o abiertamente raras.

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Desde mi perspectiva, la comisión respectiva de la Convención, debió considerar la presencia de los ex Presidentes al acto de entrega del libro, como parte de su protocolo, pero aun en medio de esa descortesía, sucedió un hecho curioso cuando el ex Presidente Ricardo Lagos envió una carta excusándose de asistir horas ANTES de que los convencionales revirtieran la decisión de no invitarlo, es decir, mandó una (larga) carta de excusa cuando NO estaba invitado a la ceremonia.

Y como no referirse al senador Felipe Kast. Este senador tiene una cierta obsesión con las mujeres y sus cuerpos. El año 2017, justo el 8 de marzo, él cursó una (legítima) pulsión travesti y apareció como “mujer” en un video. Fue un gesto importante proveniente de un habitante de la derecha política que avalaba (como lo asegura el sicoanálisis) desde el despliegue de su deseo, disidencias y transformismos. Ese día, realizó a partir de su condición de “mujer”, un reclamo correspondiente al feminismo liberal. Ahora, cinco años después, ingresa de nuevo a las mujeres, ahora, en el territorio reproductivo. Lo hace desde otra vuelta de tuerca, más cercano esta vez a la locura, mediante un anuncio a la ciudadanía advirtiendo que el texto Constitucional señala que habrá abortos a los nueve meses de gestación. Pero lo insólito es que no existen abortos de nueve meses de gestación, lo que sí sucede a los nueve meses es el parto. En ese sentido, hay que señalar que el Senador carece de saberes acerca del tiempo reproductivo y su intervención más que un “fake” apunta a una zona conceptual que nunca me atrevería a calificar como tontera, para no ofender, pero sí de una ignorancia asombrosa. Así estamos. Por otra parte, un ex funcionario piñerista aseguró que votaba “rechazo” porque era una Constitución comunista.

Pero, más allá de las anécdotas de las elites y, a pesar de ciertas cupulas neoliberales que habitan el Partido Socialista, su pueblo, el pueblo socialista, hombres y mujeres, los jóvenes e independientes, votarán apruebo. La tarea urgente es despinochetizar el país. Romper el neoliberalismo salvaje impuesto bajo dictadura, hacerlo por los miles de muertos, por los detenidos desaparecidos, por las memorias, por la resistencia ante el desprecio y las condiciones de vida de los habitantes de las periferias.

Y gracias a los pueblos indígenas, la plurinacionalidad nos volverá plurales, seremos, sí, más inteligentes, mucho más interesantes porque vamos a ser portadores de la actualidad del pasado que precisa la construcción del futuro.

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Opinión

El mal discursito de película gringa de Cristián de la Fuente

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro.

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En un programa que se transmite en televisión y por Youtube que ya no vale la pena ni mencionar, el actor chileno Cristián de la Fuente- en un despliegue de oratoria propio de las películas norteamericanas de las que ha querido protagonizar y no ha podido-dio un discurso en el que hablaba de su vida, de su construcción personal como sujeto, contándonos problemáticas familiares.

De la Fuente puso énfasis en el hecho de haber sido el hijo de la amante de su papá, quien tenía otro matrimonio en el momento en que él nació. Nos contó también que, luego de años de sacrificios, terminó manteniendo a su madre.

Nadie bien intencionado podría discutir todos estos hechos, lo que tuvo que pasar durante los primeros años de su vida, ni mucho menos lo que hizo para conseguir lo que tiene. Sin embargo, sí podríamos-y deberíamos- hacernos una pregunta esencial respecto a las condiciones sociales y materiales desde las que surgió, lo que, aunque no se considere importante, en una sociedad de las características de la chilena no es algo menospreciable.

Si bien quienes se dicen defensores de las “ideas de la libertad” nos recuerdan el evidente desarrollo social que ha tenido Chile en los últimos 30 años, lo que no parecen entender, aunque claramente lo deben presenciar, son las certezas sociales que unos tienen por sobre otros, no por la calidad de los establecimientos en los que estudiaron- De la Fuente lo hizo en el Grange-, sino porque hay lugares en los que hay más redes, contactos y la cancha desde la que se parte es diferente.

¿Ha logrado el mercado atenuar esas diferencias? Claramente ha hecho que la gente tenga más acceso al consumo, a pagar cosas que antes no podía; pero no ha terminado con la idea del “¿de dónde vienes?”, que cruza toda relación humana y muchas veces está por sobre todo tipo de otra consideración.

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¿En qué se equivoca el actor? En que desprecia esos factores que, finalmente, también terminan siendo económicos.

Aunque puede haber quienes hoy en día gusten usar el victimismo como acción política, creer que la existencia de certezas públicas es algo así como un regalo de los impuestos de unos hacia otros, no es más que negarse a la construcción de una sociedad en que lo público sea revalorizado y en que esas diferencias de nacimiento, que sí existen, no dependan sólo de una competencia interminable en que el mercado termina muchas veces, en nuestro país, funcionando de acuerdo a la proveniencia.

Por esto es que resulta sumamente complejo no entender la idiosincrasia en la que se vive, pasando por ella sólo como un detalle. Aunque éste no es el país de las clases patronales y de las burguesías aristocratizantes que fueron tan marcadas hasta antes de la irrupción del neoliberalismo, que haya quienes gastan altas sumas de dinero para meter a sus hijos en ciertos colegios debido a las redes ya mencionadas más que por su calidad, da cuenta de que la clase está ahí, presente, visible, clara, y que despreciarla cuando se habla del esfuerzo de uno sobre otro, es una deshonestidad intelectual enorme.

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro. Cualquier análisis medianamente exhaustivo deja en claro que hay varias, demasiadas variables, aparte de las ya mencionadas, que derrumbarían su mal discursito de película gringa.

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