El mal discursito de película gringa de Cristián de la Fuente

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro.

En un programa que se transmite en televisión y por Youtube que ya no vale la pena ni mencionar, el actor chileno Cristián de la Fuente- en un despliegue de oratoria propio de las películas norteamericanas de las que ha querido protagonizar y no ha podido-dio un discurso en el que hablaba de su vida, de su construcción personal como sujeto, contándonos problemáticas familiares.

De la Fuente puso énfasis en el hecho de haber sido el hijo de la amante de su papá, quien tenía otro matrimonio en el momento en que él nació. Nos contó también que, luego de años de sacrificios, terminó manteniendo a su madre.

Nadie bien intencionado podría discutir todos estos hechos, lo que tuvo que pasar durante los primeros años de su vida, ni mucho menos lo que hizo para conseguir lo que tiene. Sin embargo, sí podríamos-y deberíamos- hacernos una pregunta esencial respecto a las condiciones sociales y materiales desde las que surgió, lo que, aunque no se considere importante, en una sociedad de las características de la chilena no es algo menospreciable.

Si bien quienes se dicen defensores de las “ideas de la libertad” nos recuerdan el evidente desarrollo social que ha tenido Chile en los últimos 30 años, lo que no parecen entender, aunque claramente lo deben presenciar, son las certezas sociales que unos tienen por sobre otros, no por la calidad de los establecimientos en los que estudiaron- De la Fuente lo hizo en el Grange-, sino porque hay lugares en los que hay más redes, contactos y la cancha desde la que se parte es diferente.

¿Ha logrado el mercado atenuar esas diferencias? Claramente ha hecho que la gente tenga más acceso al consumo, a pagar cosas que antes no podía; pero no ha terminado con la idea del “¿de dónde vienes?”, que cruza toda relación humana y muchas veces está por sobre todo tipo de otra consideración.

¿En qué se equivoca el actor? En que desprecia esos factores que, finalmente, también terminan siendo económicos.

Aunque puede haber quienes hoy en día gusten usar el victimismo como acción política, creer que la existencia de certezas públicas es algo así como un regalo de los impuestos de unos hacia otros, no es más que negarse a la construcción de una sociedad en que lo público sea revalorizado y en que esas diferencias de nacimiento, que sí existen, no dependan sólo de una competencia interminable en que el mercado termina muchas veces, en nuestro país, funcionando de acuerdo a la proveniencia.

Por esto es que resulta sumamente complejo no entender la idiosincrasia en la que se vive, pasando por ella sólo como un detalle. Aunque éste no es el país de las clases patronales y de las burguesías aristocratizantes que fueron tan marcadas hasta antes de la irrupción del neoliberalismo, que haya quienes gastan altas sumas de dinero para meter a sus hijos en ciertos colegios debido a las redes ya mencionadas más que por su calidad, da cuenta de que la clase está ahí, presente, visible, clara, y que despreciarla cuando se habla del esfuerzo de uno sobre otro, es una deshonestidad intelectual enorme.

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro. Cualquier análisis medianamente exhaustivo deja en claro que hay varias, demasiadas variables, aparte de las ya mencionadas, que derrumbarían su mal discursito de película gringa.

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