Opinión

El futuro y el tiempo de Jorge González

La protesta sin anestesia metafórica y el grito de Jorge González es el eco que impacta e impactará a toda nueva generación, la misma que no podrá sino encontrar en su genio y coraje otra denuncia, un gesto radical de rebeldía, una toma de posición, una bajo desafinado pero siempre disidente, para saber y sentir cómo dar cara al tiempo incluso ahí donde la apuesta es a vida o muerte.

  1. No es ninguno

Es seguro que todos podamos cantar de memoria “El baile de los que sobran” del disco de Los Prisioneros Pateando piedras de 1986. Y es probable, igual, que recordemos cada uno de los tantos pasajes de temas que traían consigo una originalidad y una fuerza descomunal. Esta originalidad da cuenta de diferentes estilos y mezcla, con alguna extravagancia y sin orden, el fanatismo por The Clash, Salvatore Adamo, Elvis Presley, los Ángeles Negros, etc. Sin embargo, a todas estas influencias hay que sumarle una contundencia en la denuncia que no hemos vuelto a ver y que era propia del llanto y clamor poblacional, hasta ese momento, con poco o nada de voz.

Pistas directas y a la vena que, más allá del tarrerío y poca virtuosidad musical del grupo en sus principios, daban cuenta de la rabia enganchada a la vida de un muchacho de San Miguel que supo poner en letras toda la frustración y dolor de una generación completa; sacando del paisaje “contestario” de ese entonces a tanta cacofonía poética embelesada y encriptada en recados que, ojalá, la dictadura no pudiera descifrar.

Aquí llegó Jorge, primero con La voz de los 80 y luego con Pateando piedras, que además de dejar en segundo plano a la lírica bonita pero poco “efectiva” del “Café del cerro” –así como a su estética de poncho y vino tinto– puso en órbita a un Chile de los 80 que era  tachado, invisibilizado o derechamente desaparecido por la dictadura de Pinochet; un país sonámbulo de poblaciones infiltradas por la angustia y el desespero del tedio cotidiano, del infierno de lo mismo; recorriendo las mismas calles para ir a un trabajo precario, sempiternamente subalterno o informal; o a los liceos con números que más que entregar educación eran máquinas generadoras de juventudes subordinadas, obligadas a adorar emblemas, mientras se pateaban con las manos dentro de bolsillos vacíos las mismas piedras que, desde su inercia, eran el reflejo no de un país, sino de un páramo obsolescente en el que la desesperanza era el régimen; aquel Chile anfibio que se movía entre la falta total de horizonte y la persecución mortal.

En otras palabras, un país que más que una larga y angosta faja de tierra era una densa costra que escondía la coagulación de millones de voces reprimidas, cuerpos torturados o desaparecidos, y que intentaba mostrarse al mundo como un milagro dolarizado; país que acogía con adulación patética la valoración que las transnacionales (“las industrias”) tenían de esa misma costra con vista al mar, y que venían a “hacerse el pino” al sur del mundo –“al sur”–, en el que el neoliberalismo era genéticamente puro y en donde, como un gratuito valor agregado, era custodiado día y noche por tanquetas que hacían las veces de celadoras de la integridad del sistema, junto a policías secretas que pulverizaban cualquier asomo que amenazara con revelar la verdadera naturaleza del “milagro”.

Aquí estaba el elíxir sagrado del que bebería la empresa extranjera en sincronía perfecta con sus consortes nacionales, arrasando con los recursos naturales; llevándose el 70% de la extracción del cobre y pagando un royalty (impuesto) mínimo al “Estado” chileno. Así, este país era el más bíblico de los paraísos para el expansionismo capitalista sin límites.

Y es en esta suerte de bizarra y patética versión del Manhattan de Latinoamérica, que Jorge González escribe, en El Baile de los que sobran, la frase: “el futuro no es ninguno”. Esto es lo que nos interesa. La idea de tiempo y futuro que Jorge González tiene en este período de su obra (la canción la escribió entre los 21 y 22 años). Todo iría de un tiempo desilusionado, sin expectativas, habitando en el centro de una suspensión que no llevará a ninguna parte. Jorge, en su sensibilidad poética pero también profundamente política, recurre a esta metáfora de “el futuro no es ninguno” para declarar que no se trataría de éste u otro; de uno plagado de éxitos o de un presente aún más agónico.

Si no que su intuición iba de que el futuro no es, no está, no es ni bueno ni malo, sino inexistente. Porque el país que él vive, así como millones de chilenos, es el de un tiempo detenido en su fragilidad, ahí donde de forma diaria la posibilidad de la muerte en manos de mórbidos criminales se trasluce y advierte; un tiempo cruel que nada anuncia, que nada viene, que nada será; y que este imaginario de angustia definido por una inmanente nada, era la herida a su generación y la impronta de un país, su ethos. Tragedia que impone no un exilio sino un insilio del que no se podrá escapar porque el futuro era, justo, no es éste o aquel, sino ninguno.

Es la gran tragedia de Chile. Podemos pensar en un futuro esplendor mas, en definitiva, la realidad, la verdad invariable para los condenados de la tierra, es la ausencia absoluta de porvenir. Jorge González lo sabía, tiene la conciencia política y el genio de época para expresarlo: la mayor parte de su generación, con una altísima probabilidad, seguirá y morirá con la suelas de los zapatos llenas de barro más cemento.

2. Se fue

Ahora, así como quizás todos coreamos el Baile de los que sobran, tal vez desconocemos el tema de Jorge González El futuro se fue, del disco homónimo de 1994 y que es el segundo como solista. Este álbum es un desborde maldito, una genialidad sombría, oscura, experimental y ultra intimista de González, y en el que después de haber grabado el álbum súper comercial llamado Jorge González –en donde el sello EMI lo proyectó como una suerte de Chayanne del Cono Sur– el cantautor intenta lavar sus heridas grabando en su casa, volviendo a sus orígenes y buscando lo que él sabía podía decir en el contexto de un país perplejo, que había recuperado la democracia, es cierto, pero una en el que el sistema económico no solo se había heredado de la dictadura como el gran articulador de la sociología de un país, sino que se había profundizado y sofisticado ahora bajo el cuidado de la burocracia concertacionista.

Este álbum fue una revancha no solo contra el sello EMI (que inmediatamente después de escuchar el disco terminó su contrato con el artista) sino que, y quizás con más intensidad, contra un país de sociedades anónimas, de mercaderes y mercadeo, en el que él mismo se sentía parte de un modelo narcotizado por el consumo. Temas como “Culpa”, “Mapuche o español” o el extrañísimo “La muerte de Santiago”, le permitieron dar, primero, con el Jorge extraviado en la gran industria abriéndose a la experimentación y, segundo, hacer un disco (descatalogado hasta el día de hoy) en el que logra condensar un país curatorial respecto de Pinochet y su figura entronizada en el Senado, al tiempo que apuntar al miasma de la desigualdad que comienza a gangrenar a Chile, ahora, dentro de su dinámica de democracia notarial. El disco es durísimo.

Aquí aparece el tema “El futuro se fue” que, se piensa y aunque próximo, no es lo mismo que “el futuro no es ninguno” del Baile de los que sobran. En esta canción el autor especula con el tiempo, porque lo que se va tradicionalmente, en el imaginario occidental de la temporalidad al menos, es el pasado, no el futuro. Es lo que resiente también, por ejemplo, el poeta Jorge Teillier cuando escribe: «Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado pero debiera pasarnos” (Muertes y maravillas, 1971).

Para González, tal vez, en un momento el futuro fue alguno, pero se fue, se deshizo en el éter de las desilusiones, en el de sus propios remordimientos y en el sintético tropo noventero; tan jodidamente plastificado, farandulizado. Horror. Un país de sospechas y lleno de cifras en el que se diluyó cualquier asomo de lo común, y lo colectivo se esfumó en el amniótico de la transa.

Leamos nada más esta estrofa de “El futuro se fue” que, si nos detenemos, es la radiografía

perfecta de una época perforada por la banalidad:

“El futuro se fue desde el año 90

Nadie ha escrito, vuelta, vuelta, vuelta a la tortilla

El futuro pasó,

Muchos trayendo espadas

Salvo los arreglines

El futuro funó, entre pera y bigote

Están los Robocops en Mapocho

Terminators en Paine

Y el futuro no está, el futuro pasó

El futuro se fue”

Sí, puede ser, ya no son solo jóvenes pateando piedras de cara a un destino sin destino, condenados a errar en la herencia incombustible de su clase sin “mérito”. Ahora va de las máquinas que se fueron a Paine o al río Mapocho; ahora los héroes no están acá, están allá; y ese allá es cualquier parte; una zona difusa que partió, se fue junto a la promesa del arcoíris que nunca llegó o, si lo hizo, fue solo para unos pocos dejando para “el gran resto” nada más que pálidos días repletos de hastío, precariedad y maltrato.

Se podría leer algo de nostalgia por las banderas perdidas (o negociadas) de los 80 en las cuales Jorge encontró su mejor versión en la denuncia, lanzando su querella a cara descubierta y en el centro de una tiranía salvaje. Tal vez para él el futuro era eso, un presente contestatario, nunca una promesa de emancipación.

3. Nada más el futuro

Solo marcar esta importancia de la idea de futuro como un “categoría” débil, sin proteína que tiende a emerger en los diferentes momentos de la obra de González. Es un futuro inasible, perpetuado en la desesperanza ochentera o en la disolución de las promesas transicionales de los 90.

Como sea, hoy que Chile se prepara para la llegada del neofascismo al poder en cualquiera de sus versiones, pienso que el futuro no es ninguno o se fue. Pero desde otro lugar, es un futuro que viene con pistolas cargadas y cuchillos en los dientes, es verdad, pero que exigirá nuevas imaginaciones, pulsiones y resistencias, escrituras y voces.

Con todo, la protesta sin anestesia metafórica y el grito de Jorge González es el eco que impacta e impactará a toda nueva generación, la misma que no podrá sino encontrar en su genio y coraje otra denuncia, un gesto radical de rebeldía, una toma de posición, una bajo desafinado pero siempre disidente, para saber y sentir cómo dar cara al tiempo incluso ahí donde la apuesta es a vida o muerte.

Hay piedras que sí se lanzan hacia el futuro, que nos llenan de amor y coraje. Jorge es eso, una hermosa piedra, viva, libre; una piedra que habla y a la que nos podremos aferrar cuando la oscuridad ya no sea una advertencia.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.

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