El Estado al servicio del living de Zalaquett
El problema del caso particular no radica en las conversaciones, en la política, ni en que Zalaquett sea el intermediario entre autoridades públicas y empresarios privados. Lo que parece al menos preocupante es que los representantes del Estado, como Carolina Tohá, el ministro Grau y tantos otros, lo lleven a un espacio privado, a un living; es decir, que haya gente con la capacidad de atraer al aparato estatal y todo el simbolismo que ello conlleva a donde quiere y a la hora que quiere.
Foto: Agencia Uno
Quizás podría comenzar este texto mostrando mi espanto y mi indignación por los encuentros entre políticos y empresarios en el living de Pablo Zalaquett. A lo mejor podría manifestar hasta el cansancio que estoy del lado correcto de la historia, en la vereda de “los buenos” y llorar por nuestra democracia, mientras me pego varillazos mentales como sacrificio por el resguardo de nuestro régimen democrático. Pero es muy fácil. Ruborizarse con lo evidente es un ejercicio demasiado simplón.
La política, aunque cueste creerlo (¿a alguien le cuesta?), está repleta de pasillos, de conversaciones y de transacciones con quienes se dice combatir en público. El reverso de la acción pública es la conversación privada, el apretón de manos a regañadientes y la creación de un pacto subterráneo. Sin este pacto, lo cierto es que la gobernabilidad es bastante difícil, sobre todo en sociedades como la chilena, tomando en cuenta el poder empresarial y la dificultad de todo gobierno que no pertenece a las filas ideológicas de quienes manejan el capital.
Debería estar meridianamente claro. O al menos se debería tener mayor conciencia de ello antes de salir a rasgar vestiduras. Pero ¿es por eso que no debe haber críticas a las reuniones en la casa del exalcalde de Santiago? No. No es tan simple la cosa.
El problema del caso particular no radica en las conversaciones, en la política, ni en que Zalaquett sea el intermediario entre autoridades públicas y empresarios privados. Lo que parece al menos preocupante es que los representantes del Estado, como Carolina Tohá, el ministro Grau y tantos otros, lo lleven a un espacio privado, a un living; es decir, que haya gente con la capacidad de atraer al aparato estatal y todo el simbolismo que ello conlleva a donde quiere y a la hora que quiere.
Lo complejo no es tanto la señal que se le da a la “ciudadanía”, como gusta decir a quienes quieren quedar bien con el resto y con su conciencia, sino la que se le da al gran empresariado corriendo a su encuentro sin importar las formas.
Eso es digno de analizar si es que se quiere tener una relación con el mundo privado que establezca claramente que las autoridades públicas y quienes dominan el mercado nacional tienen rangos distintos en la vida patria. Y que para llegar a tener una conversación con personeros de gobierno se necesita mayor esfuerzo y saber ciertas normas implícitas que reconozcan la importancia y el respeto que se debe tener con quienes gobiernan los destinos del país.
Lo que hemos sabido es que no hubo mucho de eso. Al contrario, lo que se desprende de lo conocido son autoridades al servicio inmediato de ciertas personas. Y esto deja la sensación de que hay un poder- el público- que olvida la importancia de sí mismo y lo que representa democráticamente.
Para conversar con el Estado, es éste el que debe poner las reglas. Son sus condiciones, basadas en la realidad y las posibilidades, las que deben primar para iniciar una conversación medianamente clara. Y si se entiende esto, todo es menos vergonzoso. Porque no hay rabia, indignación, ni ninguno de esos sentimientos tan de moda hoy, que superen la vergüenza de ver-o creer al menos- que un Estado corre al encuentro de cierto poder y baila al son de la música que algunos ponen.
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