El duelo: Las elecciones presidenciales frente al fin del régimen
La elección que viene constituirá el ritual con el que enterraremos a un muerto. Un muerto que, quizás, será la democracia “portaliana” que funcionó durante 30 años (la transición) y de cuyo futuro nada sabemos.
El progresismo está muerto. Las cuatro candidaturas intentan revivir a un muerto que carece de un proyecto histórico que, al igual que la derecha, no haya sido el neoliberalismo impuesto en dictadura. Podríamos decir que si las candidaturas de derecha (el piñerismo de Matthei, el catolicismo de Kast y el nacionalismo de Kaiser) pretenden funcionar como el acelerador que apunta al futuro, las del progresismo parecen operar como un freno de mano que se aferra al pasado noventero.
El acelerador y el freno de mano son las dos figuras clave de esta elección. La derecha con el espíritu de la velocidad, inclusive, para dar rápidamente vuelta la página –otra vez- e impulsar la impunidad de sus crímenes o exagerar las cifras, propuestas o denuncias; el progresismo, en cambio, paralizado en los años noventa creyendo que aún el “consenso” y la “razón” puede develar la falsedad de la derecha y movilizar a la esquiva “ciudadanía” al interior de un marco denominado “democrático”cuya legitimidad parece haber desaparecido.
Quizás, el progresismo vive de un mundo que ya pereció. Lo aferra como si aún pudiera darle vida, sin poder hacerlo. Su terminología está muerta, actuando por la inercia del proceso electoral, pero exento no digamos de un proyecto como de un mínimo discurso. Si, como ha visto Miguel Valderrama lo que urde la transición es la “renovación socialista” y si ésta constituyó el modo en que la izquierda podía abrazar al neoliberalismo en medio de la debacle de los socialismos reales, podemos decir que tal “renovación” está agotada, definitivamente destituida por la revuelta de 2019 devenida ruina de otra época[1]. La “renovación socialista” fue la plataforma histórica y política sobre la que se fundó la transición. Esa plataforma hoy está desahuciada, ausente, porque destituida en la medida que destituido fue el pacto oligárquico de 1980 sobre el que descansó el progresismo junto a la derecha.
Digamos que el progresismo de la “renovación socialista” nació apuntalado en un consenso cupular que se llamó “democracia de los acuerdos”. Hoy, tal progresismo ya no sobrevive en el consenso de los años 90 sino en la irrupción de la stásis, una guerra civil de baja intensidad, o a veces, declarada, entre facciones, económicas, políticas y sociales sin que consenso alguno pueda contenerlas por parte del régimen “portaliano”. Este régimen, constituido a partir de la hegemonía oligárquica desde 1833 y renovado por Pinochet en 1973 quedó en vilo desde la revuelta de 2019.
La noción progresista de historia, tejida bajo el manto de una temporalidad cronológica que, originalmente apuntaba hacia el futuro, sufre un impasse que lo vuelve nostálgico del pasado en el que gozó de poder y legitimidad. No comprende el momento stasiológico que vivimos, no entiende su lengua ni tampoco puede leer el nuevo vocabulario que circula. Una lengua que ya no calza con el mundo en que vive, quizás, no sea otra cosa que una lengua muerta.
Si Walter Benjamin había reservado el “freno de mano” al momento revolucionario que podía interrumpir la catástrofe en la medida que ésta coincidía con el progreso de la historia, hoy día, ese freno no resulta ser un momento que suspende al continuum sino un continuum inverso que, en vez de dirigirse al futuro, experimenta una debacle de las fuerzas y las vuelve hacia el mítico pasado de una democracia sostenida en base a los “acuerdos”. Como si con ese freno pudiera detenerse el proceso stasiológico que experimenta el régimen.
La nostalgia concertacionista se respira por todos los poros y sigue rigiendo, aunque siniestrada, los destinos del progresismo: el gobierno de Boric devino el último respiro de tal conglomerado.
Pero pongamos el asunto en la perspectiva de lo que “falta” en este cuadro: el Partido Socialista. Sea, cristalizado en Bachelet que renuncia a presentarse por tercera vez a la presidencial, sea un sustituto proveniente del mismo Partido que simplemente se bajó a días de haberse presentado. El Partido Socialista, aquél que generó la vanguardia de tal “renovación” se ha retirado. Y en su retiro deja un vacío que deja sin piso a las cuatro candidaturas sobrevivientes.
Pero no solo el PS, también resulta decisivo la implosión de la Democracia Cristiana y su “robinsonada” tratando de buscar votos en un “centro” cuyo otrora electorado si bien repartido entre diversos conglomerados, a lo mejor gran parte está definitivamente matriculado en la derecha más fascista. La DC que urdió alianza con el PS para articular el pivote de la Concertación de Partidos por la Democracia está ausente. Como tal, el lugar de mediación que podía ejercer ya no existe y lo que irrumpe es una lenta implosión que, si bien se viene fraguando desde hace décadas, la revuelta de 2019 aceleró su descomposición.
De esta forma, en las candidaturas del progresismo no están las del Partido Socialista ni las de la Democracia Cristiana. Ausencia cuyo vacío se debe a la implosión de la “renovación socialista” que urdió esa histórica alianza y que descansa en una fenomenología que puede caracterizarse de la siguiente manera: progresismo “social” (Jara), progresismo tecnocrático (Tohá), progresismo “joven” (Winter) y progresismo “ecológico” (Mulet).
Todos huérfanos de la “renovación socialista”, flotando en el vacío stasiológico –esa guerra civil que estalla en una ciudadanía enrabiada, sin poder leerla sino en clave de una democracia ya sida. El progresismo no puede leer lo que él mismo ayudó a fundar: el orden político y económico de corte oligárquico, cristalizado en el pacto de 1980. Y no puede leer, por tanto, la rabia de la multitud como una rabia dirigida hacia su propia forma, hacia su misma concepción de la historia.
Pero no nos engañemos: que la derecha mire al futuro y parezca un acelerador no significa que ella no esté menos agotada que el progresismo. En la medida que ambos remiten al pacto de 1980, ambos experimentan de diversa forma la destitución proferida por la revuelta de 2019: la derecha en su forma maníaca cristalizada en sus tres candidaturas; el progresismo en su forma nostálgica representada en las cuatro candidaturas que irán a las próximas primarias del 29 de junio. Manía y depresión, acelerador y freno de mano, quizás, sean la doble expresión de un mismo duelo.
En su deriva fascista, la derecha cree dirigirse a la conquista de Marte (Musk), es exagerada, quiere llenar de policías el planeta y no deja de decir fake news todos los días, indistinguible de su programa. Su programa es fake. En su forma huérfana, el progresismo parece intuir que se dirige hacia un acantilado. Rescata los “acuerdos”, el trabajo comprometido, la exactitud de las cifras, la “seriedad” del gobernar, en suma, impulsa el recato de la “razón” frente a la exageración emotiva del neofascismo.
Pero ninguno de los dos, ni la derecha ni el progresismo logran interpelar, ninguno de los dos, por tanto, son capaces de constituir subjetividad. Eso no significa que uno de los conglomerados no sea votado. Hoy el voto no implica la interpelación porque no implica la subjetivación por parte de un proyecto político que, en general, está totalmente ausente de los mismos actores políticos que piden ser votados.
En este sentido, quizás, la elección que viene constituirá el ritual con el que enterraremos a un muerto. Un muerto que, quizás, será la democracia “portaliana” que funcionó durante 30 años (la transición) y de cuyo futuro nada sabemos. Lo que resta es nada más que la intemperie de un orden cada vez más estrecho, cada vez más dictatorial, cada vez más tecnocrática cuya stásis, al precio de arrasar con la multitud, intenta trazar una nueva cartografía de la Tierra.
No hay que esperar otro “estallido”, ni tampoco pretender que estamos en un momento de “normalización”. El régimen está estallando todos los días, no a la luz de una forma política determinada sino de modos extraños, bizarros, de existencia. El fin del régimen está aquí. Aunque su caída, por cierto, puede durar años, sino décadas bajo la inercia, si acaso ningún movimiento interrumpe su triste camino.
En este plano, quizás, haya que fijarse en los más de 400 postulantes a obtener las 35 mil firmas para presentarse a candidato presidencial independiente de los cuales la prensa no ha dicho casi nada y que, posiblemente, expresan la querella anti-oligárquica pendiente y completamente irresuelta por los tres fallidos procesos constituyentes. Esta es una suerte de fiesta secreta –deforme y monstruosa que habrá que leer como síntoma del estallido del régimen.
[1] Miguel Valderrama Guerra y Democracia. Retrato, Stasis, Anonimia. Ed. Palinodia, Santiago de Chile, 2025.
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