El debate presidencial y el mito de la simpatía desbordante de Jeannette Jara
El debate presidencial y el mito de la simpatía desbordante de Jeannette Jara | AGENCIA UNO
Como suele suceder en la opinología nacional, el debate televisivo del miércoles recién pasado fue desmenuzado mediante rankings y una numerología tecnicista que redujo la acción política a un asunto de respuestas, risas y acusaciones al vuelo.
Los días posteriores estuvieron plagados de quienes decían saber quién había perdido o ganado ese encuentro de candidatos con posibilidades de ganar las elecciones, con otros que solamente estaban peleando sus gastos económicos para los próximos cuatro años.
Unos señalaban que había ganado Evelyn Matthei por no hacer absolutamente nada más que llamar a la “unidad” y tomar la posición que debió tomar hace seis meses, cuando lideraba todas las preferencias. Otros, que era Harold Mayne-Nicholls, el exdirigente futbolero, devenido presidenciable, sin nada que perder ni ganar, por hablar generalidades y tirar un par de tallas simpaticonas.
Respecto a Marco Enríquez, Eduardo Artés y Franco Parisi, la opinión es más bien unánime: son personajes casi pintorescos, unos más relevantes electoralmente que otros. Pero fundamentalmente eran la sazón que todo espectador de estos acontecimientos televisivos espera para crear memes o frases para la efímera posteridad de las redes sociales.
En cuanto a José Antonio Kast, la opinión no era tan unánime. Había quienes aplaudían que se hubiera mantenido firme en sus convicciones. Sin embargo, también estaban los que afirmaban que Johannes Kaiser, su costilla política, logró demostrar ser un más fiel representante de lo que el discípulo de Jaime Guzmán debía representar. Y tenían razón.
A lo mejor esto pasaba porque José Antonio se había transformado en una mala copia de sí mismo frente al diputado, quien hablaba fuerte, era tajante, apuntaba a quienes debía apuntar y decía lo que el electorado de Kast quería escuchar. Y esto debe suceder porque el líder del partido que se autodenomina republicano está en ese momento en que debe discriminar entre sus ganas de decir tonteras y su futuro rol de “estadista” debido a su posición en las encuestas, cosa que, como siempre, no logra.
En el caso de Jeannette Jara, se le vio incómoda. Como es quien está más arriba en las encuestas, era el objetivo de todos. Por eso ya no sonreía tanto, y si lo hacía, era con el rostro forzado, casi como intentando disimular una mueca de desagrado. Esto los analistas lo interpretaron como que había perdido la gracia, que era, según repiten, su alegría, es decir, ser la “simpaticona”, la “dicharachera”.
Acá valdría la pena detenerse un poco y ver si es tan así.
¿Jara destacó por ser “buena onda” o fue un atributo que ella y los suyos han tratado de explotar debido a que ciertos medios y opinólogos nacionales lo destacaron por verla bailando cumbia al igual que Michelle Bachelet en el pasado? ¿Efectivamente comenzó a verse como una carta posible a la presidencia por su extraordinaria sonrisa y sus carcajadas intempestivas? Tengo mis dudas.
Si uno hace un poco de memoria, el episodio que comenzó a poner a la entonces ministra del Trabajo en el mapa presidenciable fue un encontrón con Bernardo Larraín Matte, exdirigente empresarial, a raíz de la informalidad y el sueldo que reciben los trabajadores contratados. En ese nada de simpática discusión apareció la frase “paguen mejor” de Jara, quien no la dijo con una sonrisa en los labios ni “amorosamente”. Ni tenía por qué hacerlo.
En el debate de la reforma de pensiones, tal vez el gran logro político y comunicacional de este gobierno, tampoco hubo sonrisas al momento de negociar. Hubo amabilidad y quizás formas menos rígidas que son las que necesitan acciones de tamaño volumen. Pero no esa simpatía desbordante que hoy algunos extrañan como si hubiese sido la principal cualidad de la abanderada del oficialismo.
Su gracia, hasta ahora, era que era menos estructurada dogmáticamente que los carcamales del Partido Comunista y que manejaba, junto a Camila Vallejo y Karol Cariola, la acción contingente, diaria, sin un manual teleológico. Y con ese manejo podía acercarse a un sujeto medio y sus necesidades materiales. He ahí por qué revitalizó a cierta izquierda.
¿Por qué pongo énfasis en esto? Principalmente, porque acentuar el ánimo jolgoriento de la candidata es quitarle espesor, contenido y, por ende, credibilidad para poder conducir un proyecto medianamente serio.
Esta idea comenzó en primarias para despolitizarla frente a una estructurada Carolina Tohá que estuvo demasiado preocupada por demostrar su seriedad gracias a los nostálgicos de la Concertación que andaban ansiosos de otro Ricardo Lagos, sin reparar en que el mayor don de Tohá era la capacidad de adaptación más que otra cosa.
Esa capacidad de adaptación también la demostró Jeannette y ojalá pueda enfocarse en eso, porque un buen político no se no es el más alegre ni el más serio, sino el que puede moverse en un terreno intermedio. Es decir, ser flexible sin que esto signifique renunciar a su principal motivación para asumir tamaño desafío como es el de querer gobernar un país.
Pero jamás podrá verse en un debate de estas características. Como dije en un comienzo, estos programas televisivos son demenuzados mediante lógicas que reducen la acción política: rankings, numerología y acusaciones al vuelo. Tal vez lo último es más propio del debate diario. Pero los números y las posiciones de carrera poco tienen que ver con cómo se ejerce el poder. Porque de eso se trata finalmente, no de ser el o la que mejor le caiga mejor a todos o de decir lo más vistoso. O al menos de eso no debería tratarse.
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