El Chile de “los Mansuy”. Las pasiones oligárquicas por Salvador Allende
Hemos visto un verdadero monopolio cognitivo en un Chile donde la “cultura Mansuy” avanza con pedagogía de poder -pacto y consenso- hacia el nuevo contrato social en el marco de la restauración conservadora.
Corría 1995, y en un conocido libro dedicado a la Unidad Popular, el historiador conservador Gonzalo Vial, subrayaba activamente variadas facetas de la personalidad de Salvador Allende, a saber, la vocación “patriótica”, su consecuencia en la esfera político-social, pues, en tanto Presidente, siguió viviendo la misma vida frugal, con el mismo grupo de amigos y amigas de su edad. Vial no se restó tampoco a la hora de admitir la probidad, pues desde el poder (el líder de la izquierda) no abultó su patrimonio personal. Allende, el viejo demócrata tironeado, merece respeto -escribía Vial. Más aún, “no hizo nada que ni remotamente permite despreciar, aunque pensemos que muchas veces haya estado profundamente equivocado” [1], escribe en las primeras páginas de un antiguo libro. Por momentos pareciera que el Ministro de Pinochet reconociera en Allende los errores propios de toda condición humana, una especie de fracaso respetable. Pero hasta aquí llegan los elogios generacionales.
Ya conocemos el sermón conservador. El discurso del líder de la UP, estaría gravado por la oscilante que va entre el fervor parlamentarista, hasta el guevarismo sesentero, desde el ciudadano virtuoso a la cubanización del Partido Socialista y los Helenos-. Fatídico desenlace (falta de realismo, ausencia de diálogo centrista, etc.). Vial pretende exacerbar la fricción habitual entre las dos almas del personaje Allende, a saber, su meritoria vocación institucional, herencia de la vieja república, adversus su extasiada cubanización. Pese a la intensidad de las tildes, hasta aquí no tenemos diferencias -insalvables- con el retrato que establece Vial. El bicameralismo psicológico es un comodín fastidioso que, el campo (neo)conservador, se encarga de complejizar cada vez más con el ánimo de des-brutalizar el “golpe de Estado” de la mano del “mainstream concertacionista”.
Bajo condiciones materiales muy distintas, este 2023 no ha sido la excepción, si consideramos la crítica contra el mito -personalista- que desarrolla el trabajo -bien logrado- de Daniel Mansuy[2] (Taurus, 2023), quién se encarga de tratar con prosa civilizatoria a la figura de Allende, tanto así, que termina minimizando la intervención norteamericana y las interacciones geopolíticas como si fuesen parte de una rancia teoría del imperialismo. Con una indudable elocuencia cultural -escrituras del centro- el académico del IES, nos recuerda -mediante una cuidada tesis Doctoral- no sólo la miseria histórica del golpismo, sino la ubicuidad del progresismo que, finalmente, ha dejado un lugar vacante que -puntualmente- ocupan los golpes de estado. La canonización de Allende como nombre de lo sublime, y forma de resolver el diferendo político por la vía moralizante de las Grandes Alamedas, sería un pecado capital. Tal estocada al narcisismo mesiánico introduce un virus, que homologa el nombre de Allende con la tragedia histórica del 11 de septiembre. Con todo, convengamos que el analista de la nueva derecha tiene el “mérito de no haber hecho una obsesión de Pinochet”, en cambio Vial consagró una biografía al dictador.
A la sazón Mansuy -que jamás suscribió a ningún Plan Z, salvo el nuevo guión restaurador- tiene una fijación por los “efectos de veridicción de los mitos en la política”, y cuál Rectorado nos dice que “solo es posible pensar la política con conceptos y las metáforas quedan anuladas, desgarbadas por su déficit normativo”. En los límites del debate, los intersticios de la UP no obedecen a una gramática única (géneros literarios, lenguas, y culturas), sino a mezclas de márgenes, bordes, contra el formato desfondado de las ciencias sociales.
Al margen del adjetivo cuidado, algo ocurre cuando al autor abraza un discurso histórico-técnico que le permite obtener credenciales de experto en materias de la UP, e inhabilitar la dimensión dramatúrgica-expresiva de las subjetividades y la creación del campo popular (al precio de admitir su opacidad y el riesgo del fetiche). Todo ello sin dejar de mencionar el colosal “corporativismo mediático” que ha ubicado su trabajo como el texto oracular de los 50 años, sin perjuicio del asedio medial que todos los días en el ecosistema agencia en la vida cotidiana. Hemos visto un verdadero monopolio cognitivo en un Chile donde la “cultura Mansuy” avanza con pedagogía de poder -pacto y consenso- hacia el nuevo contrato social en el marco de la restauración conservadora.
Citando a Nelly Richard, es necesario “Refutar la tesis positivista según la cual solo el haber vivido una experiencia en primera persona autentifica la verdad de un suceso o proceso, otorgándole una supuesta ventaja epistemológica al acceso directo a una realidad inmediata”. Aquí existe una diferencia fundamental con aquello que, desde la otra vereda, Rodrigo Karmy introduce como una ontología de la potencia contra las distintas intensidades representacionales e institucionales de las oligarquías. Más allá del déficit gubernamental encarnado en la “crítica politológica”[3]. Karmy establece un contrapunto de tiempos y contratiempos, para abrir el debate a lo intempestivo. La UP, en tanto experiencia ontológica, habría sido la apropiación de una potencia de los pueblos -en plural- donde la singularidad (sujetos políticos) se erigen contra el continuum de la dominación Portaliana (ley y excepción).
Desde allí se organiza un diálogo posibilitador con la «excepcionalidad» de la Unidad Popular, impugnando el archivo de la post-dictadura que aún permanece en vilo. Existe un zumbido vital en las incisiones Karmynianas, para emplazar los contratos gestionales del pacto oligárquico-transicional (1990-2019), interrogando el golpe de Estado (1973) como diagrama -normalizador- de las narrativas modernizantes del progresismo chileno (gobernabilidad, realismo, consumos).
Ahora bien, más allá de la innegable “pulcritud historiográfica”, de la solvencia de su pluma, la tensión expuesta por Gonzalo Vial,desde un psicoanálisis de la prosa, so pena de aporías, busca -al final del camino- retratar al presidente como un sujeto extremadamente consecuente, pero fuera de sí, en sus definiciones políticas, ¿y no será que el historiador, pese a su “agobiadora” erudición, se mantiene entrampado entre conservadurismo ontológico y un nudo parental, para entender las fricciones del cruce entre socialismo y democracia? ¿No habría una onto-política para la Unidad Popular? Solo una pereza cognitiva le permite concluir al autor del “Plan Z”, la tesis de un sujeto poco claro, irresoluto, que se resta a disputar el campo “estriado” y político del campo institucional. El historiador, dibuja un Presidente atribulado entre sus méritos públicos y su proyecto político-transformador que habría perdido de vista que “lo institucional” -y sus fricciones- se pueden cohabitar y que, en virtud de la cubanización, comprendería limitadamente “lo representacional” como “espacio homogéneos y suturado” -sin siquiera mencionar un “guerrilla de posiciones”, en una perspectiva gramsciana-. Vial presenta una síntesis aggiornada entre el ethos reformista-institucional de Allende y, por momentos, da la impresión que lo intenta redituar en el “panteón republicano”, pero luego persiste en sus inexcusables recaídas de cubanización, tendencia que finalmente se impone según el historiador.
El inconsciente escritural de Vial intenta proteger al personaje (personalismo) desde ese registro parental de la oligarquía chilena y descifrar por qué el líder de la izquierda chilena rompió el pacto totémico con el orden constitucional. Me refiero a ese íntimo secreto de las castas. Allende ¿Un honorable extraviado que rompió las filas de nuestras tribus elitarias? ¿Acaso Vial susurra que el pedigrí redime al presidente? El pedigrí redime a Balmaceda. O bien, bajo la discusión entre honorables de la vieja república ¿El Doctor Allende y su afán por la modernidad sería el núcleo traumático que desnuda el inconsciente de Vial?
A este respecto cabe recordar que la plataforma política de la Unidad Popular estaba conformada por laicos, marxistas y la izquierda cristiana. Agnósticos que no necesariamente tienen un derrotero anticlerical. De hecho, sus diálogos con el Cardenal Silva Enríquez dan fe de una relación constructiva, cuestión que Vial también reconoce. En consecuencia, ¿Por qué insistir en que el presidente tenía una inclinación última hacia la violencia revolucionaria? ¿Acaso en sus discursos llamaba a una dictadura del proletariado, o fue la camaradería con el arrogante Debray y Fidel, mirado en perspectiva, aquello que justifica su empecinamiento? No deja de existir una aguda ambigüedad en la biografía de Vial toda vez que reconoce en su “sesudo análisis” que la tragicidad de la UP consiste en un problema estructural (una diacronía), a saber, los gobiernos de Ibáñez, Alessandri, Frei-Montalva y Allende no pueden superar el dilema de las planificaciones globales, a saber, la construcción de itinerarios políticos irreductibles.
Muy probablemente se trata de una idea que está en sintonía con la tesis de Mario Góngora. Según el historiador, pese a sus antiguas pasiones democráticas, Allende utilizaba la vía electoral sólo para abrirse paso a la vía revolucionaria. Habría una relación instrumental con la institucionalidad. Hay trazos donde son las figuras retóricas de Allende, sus silencios u omisiones, una “don” capaz de despertar la furia golpista. La reconstrucción del “fracaso” aparece como ajena a las circunstancias de la “derrota”, generando un relato desbalanceado y abstracto. Con todo, años más tarde la Concertación con su programa de gobernabilidad cinceló un Allende bajo la épica del realismo. La monumentalización –a la cual alude Vial- no fue una casualidad. Por fortuna este agotador expediente es parte de un conservadurismo que vive otros días de la mano de la ultraderecha. Pero a no olvidar. Vial tuvo que “parir” un libro autobiográfico sobre Allende para la temprana transición, ahora Mansuy -con destreza- hace lo suyo para el Chile post-transicional.
Por fin, desde domicilios radicalmente distintos, Vial y Mansuy, encarnan la teológica que el mito –narcisismo mesiánico– le significó un desborde coalicional a Allende, a saber, un argumento personalista que está en el confesionario. Pero en el caso de Mansuy, hay que admitirlo, nos recuerda la estrechez cognitiva de la izquierda para interrogar una gesta inescrutable, a saber, el suicidio. Los “pecados nominativos o agenciales” prevalecen en la teología conservadora, pues el líder de la UP, no habría querido saber de gobernabilidad, pues solo aspiraba a ser “carne de mármol”. Un Presidente que habría derivado mito y que habría olvidado de bruces el realismo reflexivo que abrazó desde los años 30’. Y como todo está orientado a los desbandes del personalismo, luego viene la distribución de culpas. Tal es el guión del post-pinochetismo.
Daniel Mansuy -cual dispositivo- ha devenido infinitamente hegemónico, adultocéntrico. La urgencia de pacto está de su lado, pero tampoco podemos replicar la tesis personalista. Pese a todo lo anterior, y ya colgando de las cornisas, el progresismo exilió del presente la potencia colectiva e imaginal.
[1] Salvador Allende; el fracaso de una Ilusión. Universidad Finís Terrae. Centro de estudios Bicentenario, 2005, p. 94.
[2] Salvador Allende, La Izquierda Chilena y la Unidad Popular. Taurus.
[3] “Nuestra confianza en nosotros. La Unidad Popular y la Herencia del Porvenir. El Fantasma Portaliano II. Ediciones Universidad de la Frontera (2023).
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