El bingo de Chile
Todo esto es “bingo”. No un simple juego, sino el paradigma que capturó a un país completo y que ha sido destituido por la audacia de un pueblo que no quiso más regirse por la arbitrariedad del azar y la suerte que, curiosa y misteriosamente, siempre terminaba favoreciendo a los poderosos. Si Pinochet traía la seriedad disciplinar, Guzmán la eficacia jurídica, Don Francisco el encandilamiento que ofrece la luz del misterio. Solo la vecina o el caballero “pobre” que asistía a esos concursos que inundaban las tardes de sábado, ellos eran incitados a derramar sus lágrimas para abandonarse al patronazgo pastoral del nuevo y “milagroso” orden.
En los últimos 50 años, Chile ha devenido bingo. El “bingo” no como un simple juego, sino como un paradigma para comprender el modo del funcionamiento de los dispositivos financieros instalados bajo la legalización proveída de la Constitución de 1980 y el Pacto Oligárquico que se materializó en la transición. Comenzando por la Teletón que bajo el relato de la “ayuda” cataliza la circulación del capital al bajar los impuestos de las grandes empresas, hasta la realidad de diferentes familias de Chile que, desde las capas populares hasta las clases medias altas, recurren a formas de “ayuda” por medio de colectas, fiestas, bingos de todo tipo.
La razón neoliberal destruye tres cuestiones decisivas de las formas republicanas de la política: en primer lugar, priva de la soberanía popular y, por tanto convierte a la democracia en un mecanismo puramente procedimental que no puede modificar el núcleo duro de su forma: la libertad económica; en segundo lugar, expulsa del imaginario político la dimensión de lo “social” y, con ello, imposibilita la existencia de salud, pensiones y educación públicas, de tipo universal sustituyéndola por la matriz subsidiaria del Estado; en tercer lugar, garantiza exclusivamente los derechos de la “persona” considerándola como un “individuo” que necesariamente debe ver garantizado su derecho económico.
La triple articulación: democracia restringida, matriz subsidiaria y libertad individual; es decir, “poder”, “economía” y “moral” configuran los tres pilares sobre los que se basa la nomenclatura de la Constitución de 1980 que terminó por convertir al país en un “bingo” justamente porque abandonó a su “suerte” a cada uno de los individuos que, desde ahora, deberán valérselas exclusivamente por sí mismos.
El discurso público condensa los tres pilares en varios términos que circulan y circularon permanentemente durante los últimos 30 años: la “ayuda” del Estado (no el “derecho”), el empresario que “da trabajo” (no “contrata trabajadores”) entre otros términos que se invisten del aura cristiana en el que los poderosos se erigen en benefactores y prestos a la caridad de los que “más lo necesitan”. Cristianismo que calza perfecto con la maquinaria neoliberal (fue el invento de Guzmán) orientada a producir dinero como forma de reproductibilidad infinita.
Si el “bingo” es un paradigma a partir del cual podemos contemplar lo que hemos devenido es porque en él se pone en juego la dimensión de la “suerte” que se identifica con la “fe” que cada quien pueda tener frente al “juego” (la competencia neoliberal). Pero la “suerte” expresa la dinámica arbitraria que expresa el funcionamiento mismo del poder. Como bien comprendió Pier Paolo Pasolini, la estructura misma del poder consiste en su anarquía, en la capacidad de decisión exenta de fundamento o principio alguno porque “los verdaderos anarquistas son los fascistas” (Saló, 120 días de Sodoma). A esta luz, el poder constituye una relación que se activa en las superficies de la vida social y solo ahí y no una “sustancia” que alguien podría o no tener.
En este sentido, el Chile devenido “bingo” significa un Chile sumido en la arbitrariedad del poder que se ha “legalizado” en la forma de la Constitución de 1980. Todo está arrojado a la “suerte” de cada uno, todo parece estar a merced de la “bondad” de quien detenta el poder, a la “ayuda” que puede brindar a quien “más lo necesita”. Que sea un empresario que “da trabajo” o un funcionario que “hace el favor”, o, finalmente, algún político a quien habría que agradecer sus gestiones, da igual: todo redunda en la arbitrariedad que define estructuralmente al poder, a su carácter “bingo” orientado a privilegiar a quienes habrían sido “beneficiados” por la miseria de una política pública sostenida en base a los marcos de la subsidiariedad. El Chile devenido “bingo” expresa el modo en que el poder establecido se relaciona con la ciudadanía, en la que se privilegia el ejercicio del “don”, la “ayuda”, la “bondad” de quien detenta dicho poder por sobre los derechos que tendrían que prevalecer.
Solo los pueblos que esperan un “milagro” –tal como se advierte cada vez que la selección chilena va perdiendo en cancha- son pueblos muertos. Porque, como bien supo Thomas Hobbes, el “milagro” no sucede sin la mediación del Estado desde cuya autoridad decide si un hecho fue o no un “milagro”: es la autoridad y no la verdad la que hace la ley –decía que en el caso chileno, precisamente a propósito de la Constitución recientemente destituida, podríamos decir: es la arbitrariedad del poder y no la verdad la que hace la ley. Así como los pueblos que creen en milagros (no aquellos que los “hacen”) son pueblos sumisos al poder, también los pueblos que pueden gestionar sus vidas a través de los dispositivos del “bingo” son pueblos abandonados a su “suerte”, dejados a su intemperie, tal como sucede con el Chile neoliberal.
Por eso, si bien no se puede pensar a Pinochet sin Guzmán, ninguno de los dos se los puede abstraer de Don Francisco. Este último fue verdaderamente quien hizo posible el sueño de los otros dos, posibilitó el ejercicio de la liturgia que hacía del capital la fórmula mágica que solucionaba todos los problemas. El poder militar y el jurídico requirieron siempre del “misterio” ofrecido por el espectáculo mediático ahí donde, con Don Francisco como paradigma, éste presentaba concursos de todo tipo y cristalizaba la crudeza del “ministerio” en la inmaterialidad del “misterio” y su gloria.
Todo esto es “bingo”. No un simple juego, sino el paradigma que capturó a un país completo y que ha sido destituido por la audacia de un pueblo que no quiso más regirse por la arbitrariedad del azar y la suerte que, curiosa y misteriosamente, siempre terminaba favoreciendo a los poderosos. Si Pinochet traía la seriedad disciplinar, Guzmán la eficacia jurídica, Don Francisco el encandilamiento que ofrece la luz del misterio. Solo la vecina o el caballero “pobre” que asistía a esos concursos que inundaban las tardes de sábado, ellos eran incitados a derramar sus lágrimas para abandonarse al patronazgo pastoral del nuevo y “milagroso” orden.
Imaginar una Nueva Constitución significa, por tanto, proyectar un mundo completamente exento de cualquier “bingo”, donde, por tanto, la legalización del arbitrio en la forma de una Constitución, resulte políticamente imposible.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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