Opinión

El abismo y el espejo: Gaza, el mercado de la dignidad y las ruinas del orden internacional

Gaza no pide lástima: exige que elijas de qué lado de la historia estarás.

El teatro de los vasallos

En un mundo donde la geopolítica se reduce a transacciones, Gaza es hoy el escenario de una subasta macabra. Donald Trump, con la arrogancia de un deus ex machina decrépito y carente de autoridad moral, amenaza a Egipto y Jordania —dos pilares históricos de la estabilidad regional— con retirarles la “ayuda” si no aceptan recibir palestinos desplazados. La ironía es obscena: los mismos regímenes que Washington sostiene como muros de contención contra el caos son ahora extorsionados para avalar un crimen de guerra. 

El rey Abdullah de Jordania, atrapado entre la presión estadounidense y la olla a presión de una población a punto de estallar—mayoritariamente palestina—, responde con gestos ambiguos: acepta 2,000 niños enfermos de Gaza, pero evita comprometerse con un “terreno para refugiados”. Mientras tanto, Egipto, cuyo ejército avanza tanques hacia la frontera con Gaza, pospone su visita a Washington. ¿Qué fuerza los empuja? El miedo a un levantamiento popular, la memoria de las primaveras árabes, o el fantasma de Nasser, que desde el pasado clama contra la sumisión. 

La máquina de despojo

Trump no inventó la limpieza étnica; solo le puso precio. Su oferta de “parcelas en Jordania y Egipto” para palestinos no es una propuesta, sino una confesión: Gaza ya no es un territorio ocupado, sino una mercancía en liquidación. El desplazamiento forzado, prohibido por el derecho internacional, se viste de realpolitik. Mientras, un nuevo paquete de ayuda militar a Israel —1 billón de dólares con 4.700 bombas aéreas— confirma que la paz se negocia con misiles. 

HAMAS, como la fuerza más relevante dentro del amplio espectro de la resistencia, opera en el estrecho margen que deja la ocupación: su lucha, inscrita en el derecho internacional a la autodefensa (resistencia) de los pueblos bajo dominio colonial (y opresión), se topa con la paradoja de toda resistencia armada.

¿Cómo evitar que la defensa legítima —ante un poder que durante 76 años ha respondido con balas a las peticiones de diálogo— se convierta en un ciclo de violencia que devora a quienes busca liberar?

Sus comunicados, cargados de invocaciones a la “firmeza”, son tanto un grito de existencia como un reflejo de la desesperación ante una comunidad internacional que normaliza la ocupación y el apartheid. La solución de dos Estados, ese cadáver político, es ahora un mantra vacío que todos repiten, queriendo no ver el devenir histórico que demuestra su inviabilidad. 

La farsa de la “comunidad internacional”

Europa calla. La Corte Penal Internacional se arrastra en burocracias. La ONU, reducida a emitir condenas simbólicas, observa cómo se dinamitan sus principios fundacionales. Mientras, el Sur Global —esa mayoría incómoda— alza la voz, pero carece de poder para actuar. Francesca Albanese lo resume con crudeza: “Ayudamos a las víctimas con caridad, pero no detenemos a los verdugos”

Los regímenes árabes, atrapados entre su retórica antiisraelí y su dependencia de Washington, ensayan una “posición unificada” que nadie cree. Jordania y Egipto, estados-clientes cuya supervivencia depende del dólar estadounidense, bailan sobre la cuerda floja: condenan el desplazamiento, pero temen que Trump retire el salvavidas. Si cae su financiamiento, ¿colapsarán? Quizás, pero el verdadero riesgo no es su caída, sino lo que emergería de sus escombros: pueblos hambrientos de dignidad, dispuestos a quemar el orden colonial que los humilla. 

Cómo mirarse en el espejo de Gaza… Algunas preguntas:

1. ¿Qué valor tiene la “ayuda” estadounidense a Egipto y Jordania?

No es caridad, sino un alquiler: pago por silenciar a sus pueblos, por custodiar fronteras, por traicionar a Palestina. Beneficia a las élites militares y a las corporaciones de defensa, no a los ciudadanos. Si se corta, los regímenes tambalearán, pero ¿acaso no es esa inestabilidad el precio de la soberanía robada? 

2. ¿Puede un “mundo árabe unificado” existir bajo el látigo de Washington?

La retórica panárabe choca con la realidad: monarquías y dictaduras que priorizan su supervivencia sobre la justicia.

Si el rey Abdullah cede, ¿será la gota que desborde el vaso de la paciencia jordana?

Gaza no es solo un enclave: es el espejo donde el mundo árabe ve su propia fractura. 

3. ¿Puede juzgarse la resistencia sin juzgar primero la ocupación?

El derecho internacional reconoce la legitimidad de la lucha contra la colonización (Resolución 37/43 de la ONU, 1982), pero ¿qué formas son admisibles cuando la diplomacia ha sido, durante décadas, un teatro donde Israel amplía asentamientos ilegales?

HAMAS, como otras facciones de la resistencia, emerge de ese vacío: su violencia es hija de la violencia estructural del colonialismo. Criticar sus métodos sin denunciar la maquinaria que los hace posibles, es como acusar al hambriento de robar pan. 

4. ¿Qué queda del derecho internacional?

Cuando un presidente estadounidense promueve abiertamente crímenes de guerra y las cortes internacionales se limitan a “investigar”, ¿no estamos enterrando el proyecto de un orden basado en reglas?

Gaza es el testigo mudo de que la ley solo existe para castigar a los pobres. 

5. ¿Qué costo tiene tu inconsistencia?

Europa consume imágenes de niños bajo escombros, mientras firma acuerdos con Israel.

Tú ¿te indignas en redes sociales, pero apoyas gobiernos cómplices?

Gaza no pide lástima: exige que elijas de qué lado de la historia estarás. 

La dignidad no se transa

Gaza no es una “crisis humanitaria”: es el síntoma de un sistema capitalista, imperialista y colonial podrido. Mientras Trump negocia tierras como un corredor de bienes raíces y los regímenes árabes simulan dignidad, los palestinos —entre la resistencia y la ocupación sistemática— siguen atrapados en ghettos militarizados y campos de exterminio.

Bajo los escombros de Gaza no solo yacen cuerpos. Queda la semilla de un pueblo que se ha atrevido y se atreverá una vez más a levantar sus ruinas y, desde ellas, construir dignidad con su indómita voluntad de existir.

Y entre los escombros, una pregunta retumba: ¿hasta cuándo seguirá la humanidad fingiendo no ver que Gaza es el espejo de su propia barbarie?

El mundo espera que los palestinos se rindan. Pero la dignidad no se negocia y la historia no ha terminado de escribirse.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

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