Diego Maradona, el de cara sucia y pelota sin mancha
Con todas sus mañas, con toda su humanidad y con esa inigualable forma de jugar al fútbol, la vida de Diego Armando Maradona fue una constante de victorias y derrotas, de muertes y resurrecciones, de éxitos y fracasos en los que solo una pelota siempre estuvo a su lado. Preso de sus amagues y gambetas, el día de su despedida de las canchas dijo que “la pelota no se mancha”, porque mientras este pibe cara sucia dibujaba las obras futbolísticas más geniales de la historia dentro de ella, por fuera destruía un cuerpo que el pasado miércoles no soporto más. ¿Con cuál Diego finalmente nos quedamos: con el D10S venido del pueblo, el «barrilete cósmico» campeón del mundo, el ser humano adicto, violento y errático, o el pibe cara sucia que desafió al poder hegemónico?
“Cuando damos el poder
Opus, ‘Live is life’
Todos damos el máximo
Cada minuto de una hora
No pienses en descansar
Luego ustedes tienen el poder
Ustedes tienen lo mejor
Cuando todos lo dan todo
Y cada canción que todos cantan
Entonces es la vida”
No voy a caer en el repaso de Google, Wikipedia ni YouTube para hablar del Diego tras su muerte. Eso prefiero dejárselo a la prensa deportiva especializada que en este momento siguen debatiendo cual fue su mejor gol o repetir una y otra vez los tantos anotados a los ingleses por el fallecido volante argentino campeón del mundo y de cara sucia. Diego Armando Maradona Franco nos deja de la misma manera en que evadía rivales.

Lo que quiero hablar de “Pelusa” –como le decían de cariño en su querido barrio en Villa Fiorito– va en dirección a la estela y no al brillo que dejó su estrellato. Su vida va más allá de lo controversial. Muchísimo más lejos que lo que siquiera podremos alguna vez palpar ni menos comprobar del todo. Una estela de muchísimos cristales que a la vista son maravillosos, pero que al acercarse pueden rasgarte la piel.
Una de las tantas ridiculeces que cometemos los seres humanos cuando se trata del éxito y la admiración del genuino talento es la de atribuir características que no se pueden comparar con el mundo que conocemos. Nos encanta y seduce la idea de ubicar en una altura diferente a quienes alcanzan la gloria, convenciéndonos y de paso convenciendo al ídolo de turno de que efectivamente levita mientras los mortales caminamos.
Pero no para Diego. Diego se elevó a lo más alto. Diego tuvo iglesia, rezo y religión propia. Porque Diego fue «D10S». Porque Diego tuvo que hacerse inmaterial para poder entender que siete ingleses no pudiesen detenerlo ni sujetarlo ni frenar su ímpetu.
¡Hágase su voluntad! “¡Maradona, Maradona!” en las gradas de todas las canchas que pisó, 40.000, 80.000, 45 millones de almas, ¿qué más da? Si con la gorda querida entre los pies jamás se le vio nervioso, ni triste, ni ausente. Era verlo en su total y absoluta plenitud.
Era verlo descalzo, con los cordones desabrochados al sonido de ‘Live is life’, con los botines embarrados, bailando, birlando, escondiendo, creando, engañando con un balón siendo más que cualquiera que haya sido. Jugando mejor de lo que nadie más jugó. Acariciándola como nadie la acarició. Protegiéndola hasta de sí mismo, porque “la pelota no se mancha” no fue un delirio, sino una autofuna. Un reconocimiento público de sentirse y saberse inferior a su más profundo amor: el balón.

Pero su estela pasó muy cerca del suelo. Su principal talento fue la gambeta, la que se veía absolutamente garantizada y favorecida por un centro de gravedad muy próximo al planeta Tierra. ¡Vaya ironía! Su diminuto cuerpo terrestre, de pies pequeños y centro de masa bajo lo hicieron tan amigo del piso que pudo conocer todos sus secretos, por lo que incluso se enteró de como transitar por él tocándolo apenas –¿flotando?– siendo más del cielo que del suelo. O al menos eso creímos y le hicimos creer.
Un niño que vivió tres pisos más abajo de siete capas de mierda de la sociedad, hizo de la conexión estrecha de su cabeza y el resto de su cuerpo, un salvoconducto que le permitió salir de ese infierno, para entrar en otro. Sin saberlo, con la misma velocidad con la que resolvía en la cancha, se aproximó toda su vida hasta el desenlace del que todo el mundo fue testigo.

¿Qué tan cerca estuviste de la miseria? ¿Cuánto hambre pasaste? ¿Te codeaste con la mafia italiana? ¿Ganaste una copa del mundo? ¿Tuviste el mundo –literalmente– a tus pies alguna vez? ¿Tuviste alguna enfermedad asociada a alguna adicción? ¿Cuántas veces pusiste tu integridad a disposición de tu país? ¿Cuántas veces defendiste tu camiseta frente a todo un estadio en contra? ¿Cuántas veces te le plantaste de frente a la FIFA, a los poderosos, al capitalismo? ¿Te pusiste alguna vez del lado del bloqueo de Cuba, de Evo, del oprimido cuando todos eran unos tibios? ¿Cuántas veces “vengaste” a tu bandera frente a esa otra que algo le quitó? ¿Cuántas veces te echaste un grupo de personas al hombro y los guiaste al éxito no una, sino varias veces? ¿Cuántas veces tuviste que reconocer algún hijo o hija? ¿Cuántas veces viviste la gloria y el ocaso?
¿Diego vivió en una dimensión diferente? No. ¿Diego fue sobrenatural? No. ¿Diego fue un dios? ¡Claro que no! Diego fue el más humano de los humanos. Solo que este ser imperfecto y lleno de contradicciones, como tú y como yo, la tuvo que remar desde una época, costumbres, oportunidades, discurso y sociedades absolutamente diferentes como para sentir genuinos los distintos esfuerzos por amarlo hasta la santificación u odiarlo hasta la cancelación. Una época que disfrazó de épica su lado más humano, ese lado que hasta el mismo Diego seguro odiaba, siendo uno más en la inquisición. Tal vez el más agresivo.

La figura del Diego propende a los extremos. De colores que se van destiñendo desde el verde pasto hasta el negro espanto. Los claroscuros de su vida batallan unos con otros dejándonos ahora ese tribunal imaginario a los que nos quedamos acá debatiendo si es la persona indivisible de su obra, mientras su espíritu al fin encuentra descanso.
“Nos equivocamos, y a veces pagamos y a veces no. Un poco como él mismo, que se hace cargo de los errores. Y compartimos estas ideas porque nuestro feminismo se construye en el barro y en la contradicción; en la colectividad y en la celebración; en el llanto y en el dolor cotidiano por la injusticia. Lo queremos cambiar todos los días y, mientras tanto, gritamos gol y nos abrazamos” reza el texto titulado ‘¿Por qué queremos tanto al Diego si somos feministas?‘ publicado en un medio trasandino que vale la pena leer.
Diego no era ni Dios ni santo ni nada parecido. No fue un buen padre, ni buen marido ni buena pareja. Ni siquiera fue bueno consigo mismo. Tampoco debió ser idolatrado hasta el hartazgo –convertido en deidad– ni abandonado a su suerte. Maradona es un espejo de todo lo mal que está nuestra sociedad. Todos te abrazan después de marcar goles y te destruyen cuando muestras tu vulnerabilidad. Aprovechamos esa rendija para colar nuestras frustraciones y dejar que esa bomba no se detone cerca de mí. ¡No! Por ningún motivo mi moralina carece de sustancia, pero con la tuya me puedo hacer un lulo. “Yo nunca quise ser un ejemplo”, alguna vez alegaría. Pero a un mesías no se le admiten fallos.

Maradona reemplazó una adicción por otra. “Ser humano es una condición que requiere un poco de anestesia” dice el Freddy Mercury de Rami Malek en la exitosa Bohemian Rhapsodhy.
Existe una serie de fotografías icónicas en las que un veinteañero Maradona posaba junto a Queen con una polera de vistoso diseño de la bandera británica, el año en que la banda británica visitó Argentina. Un año más tarde (1982), con la Guerra de Las Malvinas a cuestas, esas imágenes jamás habrían sido posibles. Iconos que se encontraron por única vez en el momento y tiempo preciso, como un pase del Diego, como la ironía de la vida del 10.
‘Bohemian Rhapsody’ es una carta de confesión en la que Mercury busca la redención ante su inminente final. Quienes han tenido el privilegio kármico de convertirse en ícono – como Freddy, Diego y tantos otros – han bailado, besado y sido digeridos por los distintos estómagos del éxito. Un purgatorio terrenal del que las fintas y los amagues no le permitieron librar. Pelusa no tendría tiempo de redimirse del todo.

Diego no fue más que un pibe de cara sucia, que nació, vivió y murió en el abandono de su propio éxito y talento, dejando una huella imborrable en un fútbol que hoy lo inmortaliza. Se podrán seguir diciendo muchas cosas y, quizás, gran parte de su vida privada fuera de la cancha no sea ejemplo de nada. Sin embargo, su pelota está libre de manchas. Chau, Diego.
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