Despedirse: Enero el mes de los despidos en las Universidades
El vocablo desvinculación es el eufemismo encargado de matizar la crudeza de la palabra despido; un maquillaje ligero que no hace sino confirmar algo que no deja de manifestarse: que el despido es doloroso, impactante, traumático.
Enero se ha vuelto el mes de los despidos en el ambiente universitario. Junto con las postulaciones, matrículas e inscripciones, vienen las re-estructuraciones, los ajustes y recortes que incluyen la separación de grupos de trabajo y la marginación de compañeros.
En estos contextos, el vocablo desvinculación es el eufemismo encargado de matizar la crudeza de la palabra despido; un maquillaje ligero que no hace sino confirmar algo que no deja de manifestarse: que el despido es doloroso, impactante, traumático.
No intento hacer –al menos aquí– una crítica mordaz a los despidos universitarios ni a su racionalidad. Sin embargo, es mucho lo que podríamos decir sobre la precarización del trabajo académico y de la crisis estructural que golpea a la educación superior y su lastimoso sistema de financiamiento.
Mi llamado de atención es mucho más discreto pero no por eso menos urgente: trata sobre la falta de espacios habituales –o rituales–, para enfrentar estos episodios en los cotidianos institucionales y sobre todo en el mundo universitario.
Seamos claros: los despidos son traumáticos. En primer lugar y sobre todo, para quien lo sufre directamente, para quien es echado. Más allá de aquellos casos en que existen razones claras para que ello suceda, también nos encontramos con episodios en que la medida no se esperaba del todo o que obedece a una lógica no tan fácil de comprender.
En estos casos es imposible que una desvinculación no castigue el ego: la pregunta de por qué yo; qué es lo que me faltó, los fantasmas de la eficiencia, de no ser lo suficientemente atractivo ni relevante, de no ser tan bueno ni necesario en aquello a lo que me dedico, son espectros que asechan hasta a los más macizos.
La amenaza de la incertidumbre, de no saber qué es lo que se hará de ahora en más, acosan incluso a aquellos que son los bastante jóvenes como para “re-inventarse”. Si a ello le agregamos que nuestro estilo de subsistencia tiene incorporado el endeudamiento y la dependencia crediticia, el panorama puede ser realmente inquietante, sobre todo cuando compromete proyectos familiares en una mezcla enredosa entre afectos, anhelos y cuotas por pagar a un sistema bancario que prefiere ignorar la inestabilidad laboral a la que hoy asistimos. No debe sorprender entonces que la culpa angustiosa carcoma la emocionalidad hasta puntos preocupantes en quienes tienen que padecer los despidos.
Pero algo no menor ocurre en el entorno laboral. Los despidos se huelen, se anticipan y generan una severa tensión en el ambiente: los desencuentros, las miradas, el ambiente enrarecido, la preocupación y el temor hacen imposible que las tareas se lleven a cabo con relajo. Además, luego del despido reina una suerte de duelo no asumido.
A veces “la culpa del sobreviviente” golpea también a quienes quedan: esos que deben seguir con la tarea y que en ese hacer parecen volverse cómplices de la ruptura. Ninguna partida es fácil. Como sea, el estrés y las sobre-cavilaciones impiden que los quehaceres fluyan. Lo curioso es que, pese a la inquietud y el malestar compartidos, parece imperar el mandato de la indiferencia: la rutina debe continuar y los trabajadores deben hacer de tripas corazón y no hacer caso al remezón del despido. La empatía y las ganas de acompañar deben contenerse y moderarse. Un dictamen de indolencia y de auto-represión se impone como la ruta correcta.
Es en este punto donde me permito ensayar una interrogante: ¿cuál puede ser el efecto de esta indiferencia ante la partida de quienes acompañan nuestro trabajo? ¿ no será prudente acaso darnos permiso para un desahogo, para una condolencia, para manifestar un sentir que ayude a sobrellevar estos episodios? Insisto: aún cuando los despidos e incluso la desmantelación de equipos humanos puede obedecer a razones muy contundentes: ¿no hay algo de saludable en permitir un paréntesis que permita continuar? ¿No es incluso más sano para las instituciones, en términos emocionales, admitir un momento para procesar estas rupturas? ¿Qué más humano que decirse adiós y desearnos suerte?
El hábito social nos enseña que estos ritos son necesarios, por ejemplo, ante la muerte. Su impacto y huella impiden que ese día sea como cualquier otro: es justo llorar, es justo compartir y abrazarse, es necesario marcar ese momento doloroso con todas sus contradicciones y opacidades. En efecto, no hacerlo parece tener costos que después pueden ser más lamentables.
No detenerse ni llorar cuando es necesario alimenta un dolor después perjudicial y que supura en formas más difíciles de manejar. Sin intentar equiparar ambas cuestiones, creo que vale la pena preguntar si acaso ignorar el dolor de un despido no contribuye a un efecto también nocivo: dejar que la angustia transite y se instale en los lugares en que las personas buscan desarrollarse puede tener un costo que tal vez no hemos vislumbrado.
El cuidado atento de los espacios en que los humanos laboran debería tomar esa pregunta. Creería que estamos a tiempo para que esta suerte de indolencia rutinaria no erosione lo que hacemos y los entusiasmos que nutren y dan valor al trabajo.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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