Opinión

Democracia medicalizada

¿Es el 85% un síntoma irrefutable e irrefrenable del triunfo de la participación ciudadana que se inoculó a modo de mantra post-dictadura?

En las últimas elecciones municipales y regionales participaron 13.112.090 del total de los 15,4 millones de electores habilitados, lo que representa un 84,87% del padrón. Casi el 85% que daría cuenta de la concurrencia electoral más grande en la historia de Chile.

El dato es impresionante y sin duda los agentes-regentes de la democracia representativa tienen razones para estar de fiesta; para alzar los puños y destilar jubilosos la prédica de que en Chile la democracia es sólida, goza de un perfecto estado de ánimo, de salud y de que, incluso, ha sido capaz de resistir irrupciones populares históricas de corte tan evidentemente “irrepresentables” como la Revuelta del 2019. (Lo que asombra en realidad es que no le haya sacado aún más rendimiento mediático a este “escándalo” de participación).

Las preguntas pueden ser múltiples, y despuntan más bien a revelar una “estructura social” –asistiéndonos del tradicional término de George Simmel– que, a mi modo de ver, es el reflejo de una neutralización y la reposición de un tipo de dinámica cultural y política que en nada se emparenta con “lo” político en el sentido extensivo de la palabra.

Lo que parece ser una impresionante masa democrática (que desde la obligación de ir a votar recubre al país de un tapiz participativo excepcional) puede ser leída también como el colofón de una restauración; la reposición sin necesidad de las ceremonias transicionales ni la santería categorial del aylwinismo; la repactación de las élites de cara a una multitud que parece derrotada; el timbre de un país que ex nihilo recupera el aliento hegemónico en el gargareo democrático-representativo que supo, de nuevo, extirpar la mundología propia del populacho sublevado y que hoy, más allá de las retóricas que podamos levantar para defender a Octubre, no están sino empotradas en el páramo de una desilusión.

El 85% es la expresión, entonces, de una sociedad pasada por el quirófano de las instituciones típicas. O dicho de otra forma, la evidencia porcentual de una democracia medicalizada que a partir de la reconstitución del imaginario representativo/participativo vuelve a generar todas las condiciones de posibilidad para que lo alterno-democrático –aquello que un momento supuró soberanía y casi logra, esta vez en serio, la figuración de un entramado institucional propio de lo popular en el sentido de “multitud” que se le adhiere a esta palabra– sea en espiral histórico clásico, el anti-pulso de la verdadera participación.

Los agentes-regentes tienen razones, insistimos, para dar rienda suelta a la orgiástica electoralista mas, en una misma mecánica imbricada en el tiempo histórico de una restauración, archiva y re-archiva a esa otra masa, la sin forma ni signo político a la vista; la que no tiene emblema ni calcula; masa indeseada por el representativismo porque amenazó, con toda la potencia del acontecimiento que le es propia, la secuencia liberal y consecutiva al interior de la cual el poder queda, nuevamente, en las misma manos, en las mismas arcas, en los mismos padrones, perpetuando el mismo canon.

Hoy la institucionalidad chilena está, tal vez, más erosionada que nunca en su historia. Gangrenada al máximo por la corrupción brutal desplegada en los círculos más conspicuos en los que se trenza el poder. Ministros son potenciales violadores.

Otras ganan morbosas sumas de dinero sin trabajar insultando, con la inescrupulosa estética de quien naturaliza el abuso, a una sociedad casi completa que inspira y exhala en el corazón de sus deudas, de sus angustias cotidianas, de sus futuros inciertos, en fin.

En esta línea ¿es el 85% un síntoma irrefutable e irrefrenable del triunfo de la participación ciudadana que se inoculó a modo de mantra post-dictadura?  ¿o no viene a ser, más bien, la carburación en clave sistémica de la revertebración de una oligarquía que, por un momento, se sintió al límite de su historia rellena de privilegios fijados en la exclusión y el margen de los otros, de ellos, los que estallaron? ¿hay algo que festejar?

 “Yo creo que todo es una mentira” (Charly García).

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.

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