Opinión

Del secuestro de personas al secuestro del discurso contra la violencia

Es el abandono y posterior derrota de los sectores de centro-izquierda y progresistas en la disputa discursiva sobre la violencia. Se trata de cómo los sectores que legitimaron y hasta participaron de una de las dictaduras más sangrientas y crueles que haya conocido la historia de la humanidad, hoy levantan, con una autoridad categórica impresionante, la condena de la violencia como uno de sus principales capitales políticos para llegar a transformarse en gobierno.


Paz. Esa es probablemente una de las palabras que más se repite entre quienes defienden votar por el candidato presidencial José Antonio Kast, sin necesariamente compartir todo lo que el abanderado del Frente Social Cristiano le propone hoy al país en caso de llegar a La Moneda.

Y es que el discurso de la “condena a la violencia” funciona a la hora de reclutar votos. Y hay dos formas, a mi juicio, para explicar dicha efectividad: una está relacionada con la cercanía en el tiempo de la radicalización de la protesta vivida tras el estallido social del 18 de octubre de 2019, y que se tradujo en lo que se traduce cualquier proceso insurreccional luego de décadas de abuso y desigualdad en contra de una gran parte de la población: enfrentamiento permanente con la policía y ataques a espacios físicos, parte de ellos representantes justamente de aquel modelo de acumulación de capital individual por parte de la clase alta en desmedro de una mejor calidad de vida colectiva.

Y la segunda explicación tiene que ver con el abandono y posterior derrota de los sectores de centro-izquierda y progresistas en la disputa discursiva sobre la violencia. En otras palabras, se trata de cómo los sectores que legitiman y hasta participaron de una de las dictaduras más sangrientas y crueles que haya conocido la historia de la humanidad, hoy levantan, con una autoridad categórica impresionante, la condena de la violencia como uno de sus principales capitales políticos para llegar a transformarse en gobierno.

En la práctica esto último se ha traducido en que, por ejemplo, hoy el líder de la extrema derecha chilena que ha anunciado que indultará a los criminales de Lesa Humanidad presos en Punta Peuco, que ha informado que acabará con el Ministerio de la Mujer, que es respaldado por jóvenes neofascistas que han herido con armas en la calle a otras personas por pensar distinto, que se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo, que defiende públicamente la honra de un ex militar acusado de quemar vivos a dos jóvenes durante la dictadura y que, de hecho, no tiene ningún problema en defender a esa dictadura, hoy sea visto por una parte importante de la población como el depositario de su anhelo de paz, empoderándolo tanto a él como a sus seguidores, voceros y a su entorno en general, a tal punto que se siente y se sienten capaces de obligar a su principal adversario a condenar públicamente cualquier hecho de violencia política, “venga de donde venga”, independiente de si existe o no una relación entre este y el interpelado.

Es el diablo vendiendo cruces. Es el corralero hablando del “amor” hacia sus animales. Es el sacerdote abusador pontificando en favor de los niños. Es el femicida encabezando la búsqueda del cuerpo de su esposa que acaba de hacer desaparecer. Es la extrema derecha, pasando sin ningún problema, cómodamente, desde la complicidad en la tortura, en el asesinato masivo y en el secuestro de personas, al secuestro del discurso en contra de la violencia. Es la hipocresía. Es el delirio.

¿Cómo es posible que en nuestro país un colaborador y protector de una secta controlada por un funcionario nazi, donde se violaron Derechos Humanos y se abusó sexualmente de niños, hoy ocupe el cargo de ministro de Justicia y Derechos Humanos? ¿Cómo es posible que un ex coronel del Ejército, hoy condenado por aplicar torturas a un detenido, haya sido elegido libremente por ciudadanos para ser alcalde de una comuna durante 16 años? ¿Cómo es posible que un miembro de una familia que participó en el asesinato de campesinos en la localidad de Paine hoy conmine al resto de la sociedad a condenar hechos de violencia, mientras se encumbra en las encuestas como una de las dos opciones para convertirse en la primera autoridad del país?   

A eso se ha llegado, en parte, por los espacios que la sociedad les fue abriendo en sintonía con la lógica concertacionista del diálogo, del consenso, de la incorporación a la vida pública en cargos como comandancias en jefe o direcciones policiacas, de la reconversión de médicos que ayer asesoraban sesiones de torturas a actuales facultativos que “salvan vidas” en clínicas privadas…          

Junto a aquello está también la nula voluntad de la clase política de centro izquierda y progresista para crear cortafuegos sólidos para hacer frente al resurgimiento y empoderamiento del fascismo a través de, por ejemplo, leyes que desincentiven y castiguen el negacionismo y la apología a las violaciones a los Derechos Humanos.

Y tan importante como eso es el evidente abandono por años de parte de los sectores de la izquierda institucionalizada de la imperiosa tarea de problematizar de forma seria, profunda, alejada de la criminalización simplona y populista de los medios de comunicación tradicionales, sobre el fenómeno de la violencia. La violencia como herramienta de visibilización y amplificación de la frustración y el sufrimiento de los sectores maltratados sistemáticamente por el modelo económico que nos rige; de la rabia que provoca observar cómo las faltas y “delitos” del ciudadano común y corriente son perseguidos por el sistema penal, mientras quienes roban y se enriquecen aún más en función del conocimiento privilegiado y de sus posiciones de poder, son enviados a clases de ética cuando se descubre su calidad de delincuentes.

Y en todo esto jugaron, por supuesto, un rol fundamental los medios de comunicación tradicionales durante los últimos 30 años, preocupados convenientemente hasta nuestros días de acusar violaciones a los Derechos Humanos en Cuba y Venezuela, mientras en el panel del principal programa de debate político de los días domingos se le permitía a Sergio Melnick -un defensor de la dictadura y fundador junto al jefe operativo de la CNI de un “partido político”- opinar y ofrecer su visión de la realidad a los televidentes; o a una de las principales pinochetistas del país como Patricia Maldonado, acompañar las mañanas de la población durante años con su presencia en matinales de la televisión.

Una derrota de José Antonio Kast en la elección del próximo 19 de diciembre solo implicará en el corto plazo una derrota de los sectores negacionistas y abiertamente fascistas, como se busca hoy a través del apoyo al candidato de Apruebo Dignidad, Gabriel Boric. No cabe ninguna duda que tomarán aire y regresarán con mucha más fuerza por ese botín, mientras en el Parlamento sus 15 representantes -incluido por supuesto aquel que ha hecho apología de las violaciones a mujeres y ha legitimado el fusilamiento de personas en Pisagua- acumulan fuerzas y legislan para hacer retroceder a este país en lo más esencial del respeto a los seres humanos.

Este país ha creado un monstruo. Es hora de cortar su ducto de alimentación.     

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

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