De “El Baile de los que sobran” a “No necesitamos banderas”
Una canción que vaticina el desborde del pathosneoliberal, la desideologización total de una época, el triunfo y coronación del consumo.
Son dos historias (dos en una) expresadas por una misma voz. Sin orden temporal evidenciando, ambas, la tragedia de Chile.
Jorge González fue una fuerza molar, política y suprasensible surgida del margen de una clase media-baja en la que encontró los códigos biográficos, los suyos y los colectivos, para soltar una rabia periférica y adolescente en una escritura tan borde como precisa, tan exaltada como justa y en la que se arriesgaba la vida, sí, tal cual, en cada frase, tono, coro.
Con la mirada cargada de un resentimiento ferozmente creativo, Jorge ecualizó la desesperanza de un tiempo que se veía alimentada por la desolación de lo sin futuro, del sin mañana, del fracaso predestinado de su generación. No solo fue el riff colérico raspado con instrumentos artesanales, ni la voz desafinada que le enrostraba todas las verdades del mundo a la dictadura y a sus instituciones criminales proclives.
Él fue un síntoma devenido del archipiélago olvidado de la “pobla”, el eco de “la cuática” –aquello medio indescifrable al decir de Manuel Canales que, no obstante, es siempre la potencia y la puesta en escena de una rebelión–, marginal pero histórico, decisivo, sin retórica kitsch, ni floreos ni metáforas bien criadas. Él, y la sencillez de una pose al mismo tiempo brutal y amenazante, fue crítica descarnada, sublevada y un navajazo puesto en la yugular del sistema en su totalidad.
Y esto es lo que representa el clásico de la música popular chilena “El baile de los que sobran”. Canción del disco Pateando piedras de 1986 que ha sido entonada en cada uno de los movimientos estudiantiles y sociales desde el 2001 al 2019 y no solo en Chile, sino en diferentes países del continente.
La lírica clara, desafiante en cada línea, inyectada de desilusión, con perros ladrando de fondo y una guitarra fogatera que animaba la fiesta de los “que están demás”, fue más clara y profunda que todo esfuerzo sociológico, filosófico, académico o de cualquier tipo por graficar la sociedad chilena de entonces. El caminar de una generación que no podía sino espejearse en la decepción de su clase, de su origen, y que veía cómo la utopía de un futuro jamás prometido era desahuciada al compás del crimen, las desapariciones y el enriquecimiento de los mismos, del folclor elitario que capturaba el tempo y el fraseo de una sociedad completa, mórbida de tanto “milagro chileno”.
Se trataba, también, de la insoportable “sin novedad”, de los meses iguales, del vagabundeo o del transitar por la ciudad extravagante de Pinochet, trágica, arrebatada de miedo; Santiago plagiado, banal pero mortífero que le enrostraba el fastidio de ser nadie. Todo era horrorosamente idéntico (“el infierno de lo mismo” al decir Jean Baudrillard) estibando en una pantomima rutinaria y desesperante.
Si se quiere, “El baile…” fue el relato biopolítico del aburrimiento; uno sin lamento, solo repetición polvorienta de cara a un futuro escamoteado por la banalidad de ellos, los ricos; nada pasaba, no había excepciones, fuera lo inédito, solo, y al límite, la revelación del páramo asfixiante de la repetición y del que no sería posible salir nunca.
Los naipes estaban marcados y los dados cargados (como escribió alguna vez el poeta Rodrigo Lira); las coordenadas estructurales de un país diseñado desde su más temprana y abyecta vocación por los abusos de todo tipo, polimorfos, que desembocaba en la “formal” y plena superioridad de los que estaban dentro, de los pocos que no sobraban y que eran dueños de todos los futuros pero que, y en su devenir de “herederos”, subalternaban a la mayoría de una masa que solo podía ser espectadora de la orgiástica consumista y la bacanal de una clase.
Mientras, en las poblaciones, el martilleo del desamparo, la ausencia de oportunidades y las promesas vacías de que algo podría ocurrir si es que “se estudiaba”, era opio inyectado en el corazón de un populacho que asumía su postergación y hacía suya la retórica de que, nada más, así eran las cosas. Que la universidad y el más allá de ese presente de mierda no les correspondía, sino que era solo para unos pocos “prometidos” y que ellos, “los condenados de la tierra”, como escribía Frantz Fanon, solo cumplían con su rol de proveer mano de obra barata y, a lo más, obtener algún cartón técnico en un liceo industrial o CFT del barrio (esos espacios bizarros, carenciales, reproductores de una educación tildada para la subordinación y que buscaban, al final de todo, que el margen nunca dejara de ser margen). Una educación que los digitaba solo como elemento útil y dúctil para la dominación y que nada tenía de circunstancial, sino que se activaba en lo más costumbrista del historial chileno.
Pero se venía la cueca concertacionista y la fronda transicional.
Y es aquí que la canción “No necesitamos banderas” pareciera ser mucho más efectiva en su letra y en su querella para pensar los 90’ y de ahí en adelante. Es una canción que quisiera relevar y hacer vívido el pacto no cumplido, la alegría que nunca llegó, las promesas rotas inmediatamente después de sacar a Pinochet del poder e instalarlo en el Senado.
Una canción que vaticina el desborde del pathosneoliberal, la desideologización total de una época, el triunfo y coronación del consumo que devino entonces espíritu y metafísica; así como de la deuda, del crédito, de la elasticidad de un sistema que se mantenía firme en su salud gracias al sacrificio del presente por el futuro (la ritología ceremonial del mercadeo). Es lo que después despunta en el CAE, y la bancarización total de la educación universitaria. En la pauperización aún más salvaje de las capas medias y del enriquecimiento, también, todavía más bestial del grupúsculo de siempre que en cofradía sempiterna con la clase política supo proveerse de un país ad-hoc a sus intereses.
Dice uno de los pasajes de la canción:
No vamos a esperar
La idea nunca nos gustó
Ellos no están haciendo lo que al comienzo se pactó
Lo curioso, es que “No necesitamos banderas” pertenece al disco La voz de los 80’ de 1984, es decir, antes de “El baile de los que sobran”. Es como si González hubiera previsto la tragedia porvenir primero y, después, se dedicara a retratar su época pateando piedras.
Como sea, dos canciones que son inciso, hendidura brutal en el continuo de un país cercenado y autocomplaciente. Ya fuera como clamor frente a la brutalidad del crimen o en el corazón del júbilo desbordado de las glorias neoliberales.
Siempre es otra noche más de caminar.
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