Opinión

De Alessandri a Boric: Amanece otra vez, de Tarapacá a Magallanes

Muchos han querido comparar el triunfo de Apruebo Dignidad con el ascenso de la Unidad Popular en el año 1970. Nada más lejano a aquel proceso, el cual fue culminación de un ciclo de acumulación de fuerzas iniciado, a lo menos, 50 años antes y el cual perseguía la realización de un programa que aspiraba a la construcción del socialismo en democracia. El actual triunfo, en cambio, enfrenta desafíos distintos.


El poeta norteamericano Jerome Rotenberg dijo en 1990 que a medida que el siglo veinte se desvanecía, el siglo diecinueve comenzaba de nuevo. En efecto, ese siglo XX corto que terminó con la caída de un muro y un plebiscito, nos arrojó como sociedad postdictatorial a una precarización drástica de las condiciones de vida y trabajo que en muchos sentidos son irónicamente equiparables a las del s. XIX.

Todos los retrocesos en derechos y protección, la casi completa desregulación urbanística que sufrieron nuestras ciudades y el nuevo auge de un modelo laboral sin salario ni jornada –con su corolario en el acelerado proceso de uberización del trabajo-, son sólo algunos ejemplos de ello. El neoliberalismo en Chile nos condujo a una regresión decimonónica contra la cual se alzaron nuevas generaciones que hoy contemplan un portentoso avance alcanzado. El arco de movilizaciones de los últimos quince años culmina en la Revuelta Popular de octubre y encuentra su reposo en el contundente triunfo antifascista de la segunda vuelta de diciembre.

Sin la fuerza sindical ni las grandes organizaciones sociales del campo y la ciudad que condujeron las sustantivas transformaciones que tuvieron lugar hasta 1973, hoy celebramos la victoria de un liderazgo que restaura la perdida dignidad del cargo presidencial y que ha recibido el mandato de estar a la cabeza de la inauguración de un nuevo régimen, uno que, de prosperar en su ratificación, arrancará un ciclo histórico abierto a transformaciones radicales por los próximos 50 años.

Muchos han querido comparar el triunfo de Apruebo Dignidad con el ascenso de la Unidad Popular en el año 1970. Nada más lejano a aquel proceso, el cual fue culminación de un ciclo de acumulación de fuerzas iniciado, a lo menos, 50 años antes y el cual perseguía la realización de un programa que aspiraba a la construcción del socialismo en democracia.

El actual triunfo, en cambio, enfrenta desafíos distintos. Algunos de ellos incluso mayores a los que tuvo que enfrentar la otrora gran coalición política de la izquierda chilena. La reestructuración del orden estatal y – muy probablemente- económico que hoy elabora la Convención Constitucional no es una circunstancia a la que se haya tenido que enfrentar el Presidente Allende. Todo lo contrario, su respeto irrestricto a la Constitución y las leyes, difiere angularmente del carácter constituyente –y, por tanto, destituyente- que llevará adelante el gobierno de Gabriel Boric.

Incluso, si consideramos el carácter masivo, democrático, paritario y plurinacional de dicho proceso constituyente, y los resultados absolutos y porcentuales de la última secuencia de comicios, podríamos afirmar que las actuales condiciones importan una ventaja de legitimidad con la que ningún jefe de Estado ha contado en la historia de Chile.

Esta diferencia de coyunturas no quiere decir, sin embargo, que se trate de un gobierno con propósitos inmediatamente revolucionarios. El fin de la larga transición neoliberal es casi un hecho cierto pero indeterminado en el horizonte y su éxito pasará necesariamente por un conjunto de acuerdos y reformas que, en gran medida, se verán forzadas a renunciar a buena parte de su radicalidad inicial y a tener que ceder participación a fuerzas que no forman parte de la coalición vencedora. El gobierno de Gabriel Boric será un comienzo abierto y no una culminación perfecta para las sentidas demandas de los pueblos de Chile.

De ahí que el paralelo con el primer gobierno de Arturo Alessandri Palma, sea un impulso inevitable a la hora de hacer balance de los últimos –y casi exactos- cien años de historia.

El ex presidente Alessandri Palma, un hijo de la elite, un abogado liberal de la Universidad de Chile, portador de una decidida sensibilidad social que lo hizo representante de muchas de las banderas que se levantaron a causa de la dolorosa cuestión social del entresiglos- su tesis de grado es una investigación sobre las habitaciones obreras-, fue la encarnación individual de una crisis institucional que debió enfrentar un cambio de época equiparable al que enfrentamos hoy. En su gobierno se instauraron las primeras leyes laborales sustantivas y tuvo que enfrentar las graves consecuencias sociales de una de las pandemias más devastadoras de la historia: la gripe española. Todo esto al tiempo que firmaba- en medio de exilios y un golpe en su contra – lo que sería la Carta Fundamental del laicismo, el Presidencialismo y el Estado de Compromiso de nuestro siglo XX.

Es evidente que ambas figuras contrastan en un sinnúmero de características y posiciones, no obstante es posible identificar analogías entre estos dos procesos que resultan útiles para evaluar las orientaciones que deberán ir definiendo los pueblos de Chile en el futuro inmediato. El nuevo rayado de cancha que trae consigo este gobierno constituyente abrirá, muy presumiblemente, nuevas condiciones para la emergencia de partidos políticos y formas de organización popular que aún no imaginamos. La enorme diversidad con la que los movimientos sociales y expresiones políticas de izquierda concurrieron a la segunda vuelta del 19 de diciembre da cuenta de una suerte de nuevo crisol histórico para la fisonomía de las fuerzas transformadoras. Tales condiciones sólo suelen darse frente al auge de una nueva hegemonía cultural. Esto hace necesario dar el paso de posiciones de mera resistencia o disputa, a estrategias conjuntas de avanzada y modelamiento de largo plazo.

En este sentido, Chile se enfrenta a un conjunto de riesgos y oportunidades que requieren ser observados con perspectiva histórica y un irrenunciable criterio de realidad. Con un Congreso sin mayorías claras que permitan dar cauce llano al programa de gobierno, la prioridad será el reforzamiento y protección del proceso constituyente y los contenidos troncales que emanen de él. Si asegurar una mayor radicalidad en la constituyente implica conceder parte del programa con tal de asegurar estabilidad política y económica, pues tendrá que ser así. El escenario exige poner las prioridades estratégicas por encima de las urgencias ideológicas, al tiempo que se logra conservar y multiplicar la fuerza popular que lo hizo posible.

Y a esta tarea está convocada el conjunto de las diversidades organizativas del mundo antineoliberal que protagonizó la última década de revueltas y enfrentamientos contra la antigua clase política y empresarial. Toda esa diversidad. Incluso los sectores más radicales de cada una de esas vertientes políticas e ideológicas que la componen. Cada uno en su ámbito y apuesta está llamado a cuidar lo avanzado y pensar nuevas formas de construcción, que se sirvan de la nueva escala estatal, para ampliar y profundizar la superación de las formas de convivencia nacional que nos impuso la Constitución del 80. Esto no es un llamado a formar un bloque homogéneo, tal sería un error gravísimo. La preservación de la diversidad estética, táctica y doctrinaria es imprescindible y debe ir acompañada de un diálogo estratégico efectivo y riguroso. Somos semillero de brotes que no alcanzaremos a ver crecer.

Cien años después del cambio de régimen que sirvió de escenario institucional para el ascenso del poder popular, nos enfrentamos a un conjunto de contradicciones y desafíos

resultantes de más de dos décadas de protesta y organización por transformaciones culturales radicales. Nuevamente vuelve el espiral de la historia a ponernos frente a coyunturas similares y a interrogarnos sobre las lecciones aprendidas. Si bien es posible ver coincidencias y reiteraciones, también existen notorias superaciones. Un siglo nos demoró pasar de un solitario León de Tarapacá a un gobierno constituyente conquistado por el impulso de una multitud proveniente de las pingüinas protestas del cambio de milenio, una generación que junto a la memoria y persistencia de las que le precedieron, puso a la cabeza de la democracia a un joven político de Magallanes para encender el Pachakuti que recién amanece en la cordillera de Chile.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Carlos Godoy
Abogado, militante Apruebo Dignidad.

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