lunes, julio 15, 2024

Cultura Narco: “A veces hay que escuchar la voz de las palabras”

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La columna de Alberto Mayol, publicada hace unos pocos días en el portal biobiochile.cl  que titula “Peso Pluma en Viña: A veces hay que escuchar la voz del narco” –y que, como él mismo lo señala, es una cita ajustada a los objetivos de su texto de la célebre frase del “Puma Rodríguez” en el Festival de Viña de 1988: “A veces hay que escuchar la voz del pueblo”, hace emerger tensiones que, se piensa, pueden ampliar el debate no solo sobre el fenómeno del narcotráfico que asola a los países de la región (a algunos mucho más que otros) sino que, sobre todo, en torno la idea de cultura.

Partiría preguntando ¿cuál es el origen, la arqueología si se quiere, de la denominada “cultura narco” (en adelante CN)? ¿necesariamente es el resultado de un proceso autonomizado, hacia sí y desvinculado de los imperativos propios de un sistema mayor que podríamos llamar capitalismo en su versión neoliberal? O, más bien, ¿no es la chapa de “CN” la expresión –quizás bizarra y excéntrica– de un modelo económico que canoniza al mercado y santifica el consumo de lo desechable y de lo inmediato?

En principio, se cree que abreviar “la” CN en una sola ya es un desajuste respecto de la pluralidad de CN’s que puedan existir (y esto solo pensando en América Latina). Entiendo que pueden darse elementos transversales, sin embargo, en el mismo sentido, tiendo a pensar que no es lo mismo hablar de una pandilla de traficantes en Ancud que de un cartel centroamericano. De esta forma, lo primero que se debería despejar, es que dentro de la –a mi juicio– mal denominada CN, existen tipos y estereotipos.

Mayol concentra su idea de CN en lo que son las mafias centroamericanas y es a ellas a quien representaría “Peso Pluma” a modo casi de estética corporativa planetaria.

En segundo lugar, podríamos pensar que la CN, siendo efectivamente la manifestación de un estilo de vida particular con sus códigos, estéticas y lenguajes específicos, no es la contracara del neoliberalismo, por el contrario, destila de éste y su consolidación o maduración ha dependido de las extensiones propias del mercadeo global. Por lo tanto, habría que apuntar que lo que preña de sentido al fenómeno narco, aquello que le imprime racionalidad y le permite rebotar con insistencia en las sociedades contemporáneas generando adhesión y también admiración en algunos sectores sociales, es el hecho de que ha asumido para sí el mecanismo neoliberal.

Demos cuenta de este mecanismo muy generalmente: 1. La CN requiere de materias primas; 2. La CN precisa de tecnología para transformar estas materias primas en productos manufacturados disponibles para su consumo: 3. La CN necesita de un mercado (y vaya que lo tiene); 4. La CN demanda distribuidores y representantes. Esto es lo que coordinan y monitorean los “carteles”; 5. La CN rentabiliza, a niveles desproporcionados y morbosos como cualquier transnacional: 6. Como toda empresa transglobal, la CN necesita una estética, es decir de una fisonomía y de artefactos que la evidencien singularizando sus productos.

Aquí aparece la música, “los rostros”, los medios, las redes sociales, en fin, los festivales internacionales de la canción como magnos espacios publicitarios.

Si procesamos los anteriores elementos como constitutivos del engranaje y la razón de ser de la CN, caeremos en cuenta de que en verdad de lo que estamos hablando es de la dinámica neoliberal en todas sus proporciones. La CN plagia al neoliberalismo y no es contra él (no es su diégesis, su reverso) sino que lo emula para coordinar sus estrategias e impactar ahí donde aparecen las zonas sensibles a su influjo, y además donde con toda seguridad se van radioactivizando sus abyectas consecuencias.

La idea de cultura es algo complejo; es una madeja extensiva y relacional a la cual se acoplan comunidades completas compartiendo significados, significantes, plataformas epistemológicas de comprensión del mundo, en fin: cultura es la adherencia fundamental a una fenomenología de lo cotidiano de la cual nos sentimos parte no solo por obligación o por reclutamiento, sino que por la llana inercia de nuestro entorno que nos imanta.

Es por esta razón que la lectura de Mayol es, a mi modo de ver, ríspida, rápida, dérmica, con un pulso moral no menor y penetrantemente publicitaria (hay que reconocer que el título de la columna es muy atractivo –como por lo general son los de sus textos– y con un fuerte pedigrí mediático). Todo esto porque la CN no es, como se apuntaba más arriba, hacia sí; no se consume ni se diluye en su autonomía o en un delirio egoico, no. No se trata de un conjunto de prácticas venidas de la nada que asumen patrones normativos y de estilo puramente endógenos, sino que, como ya se ha dicho, se espejea en el mercado digitando, en tecla ciertamente criminal, los principios más inculcados del neoliberalismo.

Estamos claros que “Peso Pluma” es un adulador de la estética narco, burdo, pero la reverencia. Y puede que hasta sea pagado por un cartel, pero, me pregunto ¿es él el enemigo del Estado? ¿son sus letras y su música –lo que ya es hacerle un favor– una suerte de canon o de flauta mágica que hipnotizará a una sociedad completa haciéndola enrolarse cual tropa tras la partitura del narcotráfico? ¿no será mucho?

Parte del “combate” contra la CN, es lo que pienso, se trataría de saber de qué va su mensaje. “Peso Pluma” es un pésimo cantante y sus letras no salen sino de una burda espectacularización de los villanos. Pero de ahí a pretender tacharlo (distribuyendo desde una tribuna la moral de un tiempo y haciendo caer en él la responsabilidad del impacto del narco mismo) es una mirada algo más que corta.

Entre lo que pasa en el hermano país de Ecuador, por ejemplo, y la polémica por la venida de un pseudo artista que pesa menos, justo, que una pluma, hay trechos y océanos de distancia; en nada se emparentan ambos fenómenos y columnas como las de Alberto Mayol (sin duda una figura que aporta permanentemente al debate en Chile) en esta pasada nada más confunden y organizan el clima para que los medios hagan caja, se pierda el foco y bestias como Bukele se coticen.

A veces hay que escuchar la voz de las palabras (y a la de cultura hay que tenerle respeto).

Javier Agüero Águila
Javier Agüero Águila
Doctor en Filosofía. Académico Universidad Católica del Maule.

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