Crítica de la razón odiosa
No suena tan exagerado afirmar que no hay crítica de artes visuales en Chile.
Esta cuestión significa dos cosas: o nos están hueveando en patota, o el enemigo que tenemos es Dios.
JUAN RADRIGÁN.
La literatura del siglo pasado está plagada de actitudes reñidas con la moral y las buenas costumbres. Personas dedicadas a nobles oficios, quienes en su vida social y privada cometieron actos insólitos. Stella Díaz Varín, Enrique Lafourcade y Lihn, firmaron un pacto de sangre tatuándose los tres un tatuaje de calavera, deseando la muerte de un Presidente de la República; más de 20 años después, cuando Neruda vivía en La Chascona, la poeta que escribió Los dones previsibles, fue a lanzarle piedras al Premio Nobel, quien seguramente algo hizo para merecerlas. Quizás fue un gesto crítico, de poeta a poeta: Stella Díaz sabía reconocer a sus pares.
Las artes visuales también cuentan con anécdotas similares, pero se han ido perdiendo en la memoria de los entendidos y han sido escasamente documentadas por escrito. En la Universidad de Chile, todavía es recordado el fantasma de Adolfo Couve, y no solo por sus magistrales cátedras: se cuenta que en el altillo de uno de los talleres de Las Encinas, Couve estaba enfrascado en una discusión con su ayudante y decidió arrojarle las muletas al primer piso para zanjar el asunto. El ayudante quedó imposibilitado de bajar las escaleras para continuar con la disputa. Varias veces dijo que las pinturas de su maestro eran objetos pedestres.
También en las comunidades que hace no tan poco eran llamadas “minorías sexuales” ocurrieron hechos repudiables cometidos por connotadas figuras. Dentro de un largo prontuario, Pedro Lemebel tenía por costumbre escupir a amistades de larga data cuando estaba borracho, incluso dándose ese y otros lujos en casa ajena. A veces pedía disculpas y otras no. ¿Debería la obra literaria y visual de Lemebel dejar de ocupar el lugar donde está y que se merece, por haber sido una mala persona con sus seres queridos en más de una oportunidad? ¿El arte y la literatura debe ser un club de la buena onda, o de autores que comparecen por su trabajo?
Sociedad Arte & Puñete: compañerismo, blasfemia y copete
Es evidente que hoy ningún artista o escritor puede andar así como así ofreciendo combos, tirando pollos o jodiéndole la vida a los lisiados ¡Y qué bueno que así sea! El asunto aquí no es organizar juicios morales post mortem, como suelen hacerlo algunas críticas revisionistas sobre el legado de autores que en vida fueron capaces de golpear hasta a sus abuelitas; sino pensar en elementos subyacentes a dichas malas costumbres que hoy podrían tener rendimiento necesario en un campo cultural saturado de buenas intenciones y obras enclenques, de las que no se habla a calzón quitado como solía hacerse hace no mucho.
No se le puede dejar de reconocer a quienes participaron de escenas culturales buenas para discutir a grito pelado y empinar el codo, su profundo sentido de solidaridad y colectivo, pese a estar compuestas por voces individuales ligadas a la búsqueda de lenguajes autorales muchas veces opuestos. A los funerales de Carmen Berenguer llegaron entrañables amistades con las que no se hablaban hace años, algunas de esas asperezas no alcanzaron a limarse con la poeta en vida. Que se hayan apersonado alrededor del ataúd no significa hipocresía, sino respeto y admiración. Fueron igual, porque a pesar de que no todo haya sido color de rosas, la consideran una gran mujer, y sobre todo, una gran poeta que merecía ser despedida en compañía.
También había una conciencia crítica y reflexiva que está prácticamente extinta. Cuando después de asistir a exposiciones de artes visuales o lanzamientos de libros se iban a tomar en patota, si es que había material suficiente para el pelambre, sacaban sus tejidos sin contemplación ni miramientos: muchas veces con los autores de las obras criticadas en la mesa de al lado. A veces el debate terminaba en mocha, pero la mayoría de las veces el criticado era capaz de asumir la crítica con altura de miras, y el crítico pedía disculpas si su comentario había sido demasiado lapidario. Sabían que no estaba todo perdido porque aún creían en un futuro después de ellos. No eran tan egocéntricos. Toda crítica, por muy negativa que fuera, se la tomaban pensando que lo que no te mata te fortalece. También sabían a quiénes escuchar y a quiénes no.
Un minuto de silencio por la crítica de arte
Hoy, cuando formulas un juicio crítico, no puedes abrir la boca o teclear el computador sin antes pensar bien lo que vas a decir. La hipersensibilidad es tal, que cualquier comentario, por muy honesto que sea, puede ofender porque todo se lo están tomando en forma personal. Si dices que no es el momento de legislar sobre los derechos de la almeja cruda, que hay temas más importantes en la agenda de la Ley de Pesca que anestesiar o no al bivalvo antes de echarle limón, corres el riesgo de ganarte no solo el desprecio, si no que el linchamiento virtual y la censura en los escasos espacios para la circulación del pensamiento crítico y pluralista que aún quedan. Va a llegar un puñado de animalistas –¿o individualistas? – que no te van a dejar pasar tan fácil esa humorada.
En el arte contemporáneo, las pocas voces críticas que todavía existen se deben poner un bozal antes de hablar. Por obligaciones con el Estado o el mercado –ya que prácticamente todo el flujo de dinero para pagar el costo de la vida es controlado desde allí–, quienes practican la escritura sobre arte deben compatibilizar su labor con otros intereses.
¿Es acaso posible la crítica, cuando el juicio de quién la formula está condicionado a la necesidad de posicionar a un artista internacionalmente, por parte de un mercader con redes en el Estado que controla lo que otros escriben?
La crítica de artes visuales está al borde de extinguirse, debido a que la pretensión de objetividad y el sentido de verdad, están sujetos a una agenda de intereses externa a los de la propia crítica; en otras palabras: la crítica actualmente carece de autonomía suficiente para sostenerse como tal. No suena tan exagerado afirmar que no hay crítica de artes visuales en Chile. Lo que si abunda es la genuflexión y el sobajeo sobre exposiciones en espacios institucionales y galerías privadas con fines de lucro. Hay unos que parecen más influencers que críticos de arte: buscan agradar, no abrir debate.
Y como quienes escriben sobre arte deben pasar por caja, lo que leemos son textos altamente codificados bajo modismos importados –principalmente norteamericanos– que describen un montón de desgracias padecidas en el ocaso de la humanidad, y que el artista comentado tematizaría, o incluso podría solucionar a través de la difusión de su obra por cada rincón del mundo (especialmente en la parte occidental del hemisferio norte). Lo curioso de esos textos, es que cuando la estructura del relato exige a gritos que se comente la obra en cuestión, el autor omite referencias directas a las piezas de la exposición, y opta por narrar con lujo de detalles aspectos de la identidad, vida personal y perfil etnográfico del artista.
¿Qué pensarían artistas y poetas de antaño, buenos para la rayuela corta y el cachamal –también dotados de un agudo sentido crítico y político– si pudiesen ver este circo pobre y deshonrado, lleno de unes que se hacen les buenes pero son más malos que piure confitado con mermelada de luche?
En conversación con Claudia Donoso, Stella Díaz dijo: “Reconozco a un poeta a la distancia y es muy triste decirle a una persona que cree serlo que está equivocada”.
Registro documental del tatuaje de Stella Díaz:
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