El “regalo” de ser pobre
Texto escrito por Lidia Muñoz, pseudónimo.
Al comenzar mis estudios universitarios, yo era quien se levantaba primero en casa. Salía a tomar la micro a las 5:30 desde Padre Hurtado para llegar cerca de las 8:00 al centro de Santiago. Más de una vez no podía almorzar, porque los $1.000 que mi madre lograba darme simplemente no alcanzaban.
Recuerdo también que el calefont no funcionaba, y debía bañarme con agua fría, sin importar si era invierno o verano. Hoy, frente al alza de los combustibles y al costo de la vida, vuelvo a esos momentos marcados por el hambre, la incertidumbre y la sensación de que nada cambiaba.
Pienso en el rostro de mi mamá, en su preocupación constante por cómo íbamos a llegar a fin de mes. Y no es solo una historia personal. Según un informe de Ipsos, cerca del 45% de los hogares en Chile no logra llegar a fin de mes, una cifra que se eleva al 61% en los sectores de menores ingresos.
A eso se suma que la UF sigue subiendo —acercándose a los $40.000—, encareciendo aún más la vida cotidiana y apretando a quienes ya viven al límite.
Por eso, cuando escucho a la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao, decir que uno de sus mejores regalos fue haber sido pobre, no puedo evitar preguntarme desde qué lugar lo dice. Porque para muchos, la pobreza no es una enseñanza ni una anécdota: es una carga diaria, una angustia persistente y una realidad de la que, incluso hoy, sigue siendo difícil salir.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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