Opinión

Carlos Lepe ¿Vanguardia y cebolla?

¡Ojo! pero sin llorar, por la razón de tanta cebolla: nuestra nostalgia por el melodrama de esos años, no solo tiene explicación emocional.

Si todos vivimos inmersos en una “sociedad del espectáculo”, ¿por qué no aprovechar algunos de sus recursos en una ampliación participativa de un arte problematizador, de discusión, incluso radical y subversivo?

GERARDO MOSQUERA.

Después de que Pinochet perdiera algo de poder luego de 1988, muchos quienes participaron previamente de la resistencia tuvieron que reinventarse para no quedar afuera de la primera gran vuelta de tuerca del neoliberalismo a la criolla: Transición a la democracia. A varios artistas que tuvieron posicionamiento crítico, político y social después del 73, no les quedó otra que “venderse” al sistema. En ese contexto de alegría que no llegó –a pesar de que hubo un momento en que los morlacos corrían a raudales– el nombre “Carlos Lepe” circuló tras bambalinas en la pantalla chica.

Fue director de arte y publicista. Varias comedias y dramones emblemáticos de los 90 y 2000 pasaron por mano suya; aunque según me he informado, le pasaron más por el pepino. La que más arrasó con el rating, tuvo agazapado al mismo vivaracho de Lepe: Amores de mercado, protagonizada por Álvaro Rudolphy, quien interpretó dos roles.

La obra audiovisual dirigida por María Eugenia Rencoret, fue transmitida en horario vespertino y con locación principal al Mercado Central de Santiago: enclave comercial cuyo plato más cotizado dentro de la ficción, era el curanto de las Peralta. Su secreto se encontraba en la frescura de los moluscos y el sofrito.

Se trataba de una telenovela donde se picaban cebollas, a un horario en que la familia chilena comía platos en base a cebolla, rebanada mayoritariamente por dueñas de casa o empleadas domésticas.

Peleas de cuicos

Fuimos cebolleros; por mucho que en esos años el Estado y el mercado se hayan esmerado en demostrar lo contrario, exportando productos congelados al Primer Mundo. Nunca hemos sido personas tan frías como las escenas de Pablo Larraín, donde los pobres parecen calcados al cine arte polaco. Chile es más huachuchero de lo que las élites locales han cocinado con imágenes mentirosamente sofisticadas de una nación plurisocial que no conocen.

¡Ojo! pero sin llorar, por la razón de tanta cebolla: nuestra nostalgia por el melodrama de esos años, no solo tiene explicación emocional.

El espesor del sufrimiento en esas historias televisadas va mucho más allá del drama pasional entre adolescentes de clase alta, justificado en que sus familias tienen rencillas desde el año de la cocoa, porque el bisabuelo del zorrón humilló en un esquinazo al pariente lejano de la pelolais. La “Época de oro de las teleseries chilenas” no va de banales peleas de cuicos, despojadas de contenido incisivo.

Eran complejas estructuras dramáticas, más cercanas al verso en prosa shakesperiano o a la épica de Bertolt Brecht, que a esos culebrones insufribles en que el guailón no puede abrir la puerta o tiene que volver temprano a su mansión, y prácticamente no hay paisajes diferentes al distrito de las tres comunas.

Una constante allí era la tensión de clases sociales, reflejada en las locaciones principales, en contraste a las secundarias. Para efectos de Amores de Mercado la locación secundaria fue un edificio corporativo del barrio alto: casa matriz de las empresas Ruttenmeyer.

La oficina del gerente general interpretado por Rudolphy –El “Pelluco” y Rodolfo Ruttenmeyer, simultáneamente (eran hermanos gemelos, truculentamente separados al nacer)– lucía una pintura firmada por Carlos Leppe con dos “p”: artista visual de la Escena de Avanzada detrás de Carlos Lepe. Así como El “Pelluco” fue más conocido que su hermano gemelo –ya que el primero era garzón, cantante y futbolista amateur–, Carlos Lepe como álter ego televisivo del Carlitos con dos “p”, fue un nombre masivo, del que nunca ha gozado Leppe.

Dirección de arte desde la cuneta

La pintura de amplias dimensiones y lenguaje pictórico alusivo a la llamada “bad painting” postvanguardista –dada la ausencia de faramalla academicista– es actualmente exhibida en la sala sur de Instituto Tele Arte; espacio de arte contemporáneo ubicado en Serrano a pasos de 10 de julio. Esa pintura fue a parar allí gracias a la colaboración de Enrique Flores y Sebastián Salfate –quienes llevan Tele Arte– con Javier González Pesce, director de Local de Arte Contemporáneo.

Fue a parar allí, a través de Guillermo Murúa, antiguo colaborador de Lepe & Leppe. Desde hace dos fines de semana que se encuentra en el sur de la comuna de Santiago, es el pivote de la exposición Dirección de arte. El proyecto autogestionado reconstituyó la oficina de El “Pelluco” y Rodolfo Ruttenmeyer; ese puesto de trabajo era ocupado por ambos, ya que el primer gemelo suplantó al otro aprovechándose de su severo cuadro de amnesia.

Salvo detalles –no viene al caso nombrarlos, no es de interés aquí–, la serie de piezas montadas en Instituto Tele Arte logra recrear eficazmente el set de Amores de mercadoLa primera impresión antes de masticar con calma, es que la repetición del bocado no es apetitosa. Sin embargo, la gran diferencia con un refrito hecho solo con nostalgia fetichista por el documento de época, es el factor participativo. La propuesta de Flores, Salfate y González Pesce se distingue de esas exposiciones de artes visuales que recurren al archivo para consagrarlo en la tradición como un pasado que ya fue, en lugar de abrir esos cachureos para contar historias que seguimos padeciendo.

La politización de la cebolla

La explosión de archivos ocurre a través del circuito audiovisual cerrado, que conecta a tiempo real lo que acontece en la oficina montada en la sala sur, con un televisor dispuesto al centro de la sala norte. El cablerío –desnudo, asumiendo el montaje detrás de toda ficción– contrasta con otro televisor, donde el equipo hace circular en loop escenas breves de la teleserie: recortes donde figura la oficina ambientada por Lepe con la pintura de Leppe.

Desde la cuneta, los transeúntes podemos acceder a ese pasado latente tanto como espectadores pasivos o protagonistas de la historia del Pelluco y su hermano gemelo: la disposición de la oficina permite que uno pueda posar sentado en el escritorio que reemplaza el mueble de las empresas Ruttenmeyer, mientras otras miradas te ven cuando miras a la cámara haciendo el chascarro de actuar al gerente general y no al subsalariado, por un lapsus de tu vida; así lo hizo El «Pelluco».

Seguimos siendo un país clasista y cebollento. Esperamos agazapados que los patrones del fundo no miren, para sacar la vuelta tranquilos mirando las telenovelas que más nos gustan. En lo sustancial, es el mismo país de Violeta Parra, Jorge González y Ana Tijoux. Estamos cansados de mucha pega y poca plata. En Instituto Tele Arte, el kitsch del melodrama sudaca se entromete en el Arte –en el sentido elitista de lo artístico–: he ahí la verdadera vanguardia en la obra de Lepe & Leppe.

La pintura figurativa que se escapó de la TV al espacio de arte independiente, a más de 20 años de su debut, recrea un paisaje familiar con la soltura de un niño: el exterior de una casa grande, una nube, un árbol y una silla mirando en dirección a un sendero. ¿Habrá sido una humorada sobre las casitas del barrio alto, de interiores fotogénicos para Vivienda y Decoración? ¿Las mismas mansiones donde a veces aparecen pinturas de artistas connotados en dictadura?

No es sano invocar a los espíritus para resolver pendientes. Pueden recordarse, pero dejándolos descansar en paz. Basta con ir a la exposición, recordar que los gerentes generales todavía suelen distraerse con Vivienda y Decoración en el baño, y que las élites –de derecha a izquierda– que han gobernado este país, con escasas excepciones, han sido poco vivarachas visualmente. Gustan de coleccionar Arte que fue disruptivo en su contexto y no conocen el arte del presente. Arte muchas veces con olor a cebolla, que esas élites desprecian. En el fondo le temen, saben que van a terminar llorando.

El chascarro

A una micro de la Universidad de Hardware se subieron tres pasajeros de diferente nacionalidad: una fresa mexicana, un brasileño caucásico y un chileno cahuinero. Los primeros tenían doctorado, el tercero sacó diploma en estética integral en un instituto. Al final del recorrido, el peluquero se puso a pelar a Carlos Lepe. El verde amarillo preguntó si era el mismo que hizo performance en la Bienal del Mercosur. La cuate puso poker face y el huasito le replicó que en Instituto Tele Arte dan una teleserie donde suenan rancheras.  La que cacha, cacha: no mames, güey… 

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Antonio Urrutia Luxoro
Escritor y crítico cultural.

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