Cadem mata la política
Comenzar la semana con Cadem o cualquier otra encuesta, todos los domingos, es asesinar la complejidad y bailar al son de analistas de cifras, independientemente de si estas favorecen o no lo que uno quiere o lo que piensa que debería ser.
Foto: Agencia Uno
Como cada domingo, Cadem, la encuesta estrella que medios y opinólogos comparten, puso el ritmo de esta semana en curso; en esta oportunidad, a diferencia de hace unos días, el tema no era la subida de Boric en popularidad o la reforma de pensiones, sino qué es lo que quiere “la gente”, si solucionar los temas inmediatos (principalmente seguridad e inflación) o trabajar en pro de un nuevo proyecto constitucional. La respuesta, como era de esperar, iba en favor de lo palpable, lo urgente.
Es lógico que un tema constitucional, en la inmediatez de la vida, no cause ningún tipo de excitación; pero también lo es que la disyuntiva instalada como base de toda conversación, es ficticia, inexistente realmente. Sin embargo, y luego del plebiscito del 4 de septiembre, grupos de interés como el mencionado (porque suponer que Cadem no tiene ideas políticas detrás no solo es ingenuo, sino también de una torpeza intelectual enorme) han insistido en este supuesto antagonismo, como si una cosa no se pudiera hacer si la otra se desarrolla.
¿Por qué pasa esto? Principalmente porque se ha ido perpetuando en el debate político nacional la excesiva influencia de las encuestas en lo que debe o no hacer la política y, por ende, en la construcción del ciudadano y “lo que quiere”.
¿Se puede realmente saber lo que quiere este sujeto, de manera tan “certera”, en los días que corren? El ciudadano, de acuerdo a sus condiciones materiales, está cada vez más sujeto a los vaivenes del mercado, lo que hace que él también sea un constante e impredecible cambio de opinión, frente a sus circunstancias; por lo tanto, parece imposible seguir cada paso, cada estado de ánimo.
El único antídoto frente a la dañina y excesiva influencia de las encuestas, es la política; pero no una que se mueva de acuerdo a los vientos, a los impulsos, ni a esa vieja novedad que se ha hecho llamar “las necesidades reales de las personas”, sino una que comprenda que hay medidas estructurales y simbólicas o espirituales -como dirían los viejos historiadores conservadores chilenos- que no pueden postergarse.
Eso, al contrario de lo que cree Cadem, sí puede hacerse al mismo tiempo en que se trabajan temas como la inflación y la seguridad. La necesidad de lo inmediato como única manera de resolver conflictos, o tratar de hacerlo, es la postergación de lo urgente, de lo perdurable, de aquello que pueda darle un cauce real al futuro.
Pero eso no se habla en la semana política, precisamente porque reina una encuestología que da como resultado una opinología torpe, rápida, que analiza números de dudosa veracidad, con tal de clavar en el aire ciertos conceptos, verdades a medias y lugares comunes que, si se desmenuzan, no tienen real contenido.
Comenzar la semana con Cadem o cualquier otra encuesta, todos los domingos, es asesinar la complejidad y bailar al son de analistas de cifras, independientemente de si estas favorecen o no lo que uno quiere o lo que piensa que debería ser.
Poner en el centro de la política a aquello que la mata lentamente, es una barbaridad.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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