Aparecer y desaparecer en Caracas: ¿Dónde estuvo Carlos Correa?
La noticia de su secuestro y desaparición forzada tenía con el alma en un hilo a su familia, compañeros de trabajo y a la comunidad internacional. A mí también.
La noticia del secuestro del defensor de derechos humanos Carlos Correa en Caracas, a plena luz del día y en una de las principales avenidas de Caracas la víspera de la autoproclamación de Maduro, conmocionó a periodistas, organizaciones sociales, líderes políticos y ONGs latinoamericanas. Su vehículo fue interceptado por agentes encapuchados que se transportaban en un vehículo sin placas, y posteriormente se negó información sobre su paradero. Tras ocho días de reclusión fue excarcelado en la madrugada del jueves 16 de enero, por lo que ahora sabemos que se encontraba en el temido Helicoide, el centro de reclusión política más grande de Venezuela y posiblemente del continente, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin). Estos hechos recuerdan a los años más oscuros de la dictadura de Pinochet.
Carlos Correa ha dedicado su vida a la defensa y promoción de la libertad de expresión, sin la cual no es posible una democracia. Fundó hace más de dos décadas la ONG Espacio Público, desde la cual ha luchado por proteger el vital derecho a informar y a ser informado. Los regímenes totalitarios, como el que actualmente gobierna Venezuela, se basan en la censura y las violaciones a los derechos humanos y ven en personas como Correa a enemigos. Durante ocho días el periodista y académico estuvo secuestrado por el régimen sin información sobre su paradero, aunque finalmente funcionarios de gobierno debieron reconocer que fue arrestado y presentado ante un tribunal de terrorismo sin acceso a sus abogados.
La noticia de su secuestro y desaparición forzada tenía con el alma en un hilo a su familia, compañeros de trabajo y a la comunidad internacional. A mí también. Los hechos me retrotrajeron al año 2014, cuando estuve en Caracas trabajando en TeleSur, canal del que fui despedida en forma injustificada. Las oficinas del canal gubernamental en Boleíta Norte se ubican frente a la Dirección General de Contrainteligencia Militar. Militares armados flanqueaban el ingreso al edificio de la televisora, luego había que pasar una inspección similar a la de los aeropuertos. Si uno ingresaba dispositivos personales, los llevaban a otra oficina para “activarles el acceso a internet”. Ilusamente llevé mi teléfono y computador personal. En febrero de ese año se desataron una serie de manifestaciones callejeras que incrementaron la violencia de Estado, dejando una serie de muertos. Mientras esto sucedía, yo observaba impertérrita cómo Telesur transmitía programas sobre los derechos de los elefantes en África sin pronunciarse respecto a las muertes que ocurrían en las calles de Caracas. Lo anterior me motivó a escribir un par de artículos sobre la situación del país para el periódico Milenio Diario en México, que firmé con seudónimo. Para realizarlo hice llamadas desde mi teléfono celular en el edificio del canal y afuera de este. Un pitido se colaba en las conversaciones telefónicas.
Cuando fui despedida, Carlos Correa decidió que Espacio Público tomaría mi caso. Consideraron que mi despido era un atentado contra la libertad de informar. En estos años han salvado la vida de cientos de periodistas. Por eso y mucho más quienes nos dedicamos a este oficio tanto en Venezuela como en el resto del mundo, necesitamos a más personas como Carlos Correa. Por eso en todo el continente distintas voces se alzaron exigiendo su libertad. Carlos Correa ha aparecido a salvo, sin embargo, nunca debió ser secuestrado ni violentado en sus derechos fundamentales. Mientras él estaba en el Helicoide y se negaba información sobre su paradero a su familia y abogados, circuló una entrevista al ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz de Venezuela, Diosdado Cabello, vistiendo traje militar. En ella Cabello despotricaba contra las organizaciones de derechos humanos y las ONGs, afirmando que estas últimas son “lavadoras de dinero que utilizan recursos de los contribuyentes de Estados Unidos para conspirar contra el gobierno”, y que el mismo Correa era un “activista político”. Eso, sin dar ninguna explicación sobre su detención arbitraria y fuera de toda legalidad.
No es de extrañar entonces que ahora el segundo hombre fuerte del país venezolano intente ridiculizar al presidente Boric, tildándolo de “un mamarracho servil de los gringos” por haber cuestionar desde la izquierda la investidura de Maduro y señalar que su gobierno “se ha convertido en una dictadura que se robó las elecciones”.
Al gobierno chavista le molestan las críticas en general, pero cuando vienen de sectores progresistas les duelen mucho más. Cuando ya no quedan más argumentos, recurren a insultos, al secuestro, la tortura y la desaparición forzada. Pero los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles, y algún día serán juzgados. Eso sí, con todo el derecho de la ley.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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